sábado, 22 de septiembre de 2012

INCERTIDUMBRE

(El autor de este poema es  médico psiquiatra, natural de la Isla de Margarita, donde ha desarrollado una larga y fructífera actividad profesional.  Con profunda sensibilidad social, ha dedicado muchos de sus afanes a la dimensión social y comunitaria de la medicina y de la psiquiatría, así como su colaboración como laico comprometido en la pastoral social de la Iglesia Católica. Publicamos este texto, arraigado en la poesía popular, entendiendo que se trata de sus primeros pasos como poeta. Esperamos que este inicio se vea continuado por el compromiso de seguir escribiendo, seguro de que en esta bitácora encontrará un espacio para publicar sus trabajos).



                                                       INCERTIDUMBRE              
 

A Franklin Padilla

 

                                                                        Adelante señor Guerra

dígame usted lo que siente

que con mi arte y la ciencia

para servirle estoy presto.

 

_Se le agradece doctor

pero debo adelantarle

(palabras de su Maestro)

yo soy un toro toreado

y por tanto ya son muchos

psiquiatras que me han tratado.

 

_Así es más interesante

y un reto que me complace

señor, poder ayudarlo:

diga entonces, señor Guerra

cuáles y desde cuando

han comenzado sus males.

 

_Mas que físicos o mentales

mis problemas son sociales.

 

_Sociólogo yo no soy

mas debo saber de todo

para ayudar al humilde

al artista, al poderoso

y ayudarme a mi mismo

con la guía experta del otro.

porque quien crea estar sano

es el verdadero loco…

 

_Saber esto satisface

porque no es hombre orgulloso

que tiene humildad de sabio.

y así, juntos trataremos

de aproximarnos doctor

a la verdad que buscamos.

 

_Yo escudriño con la ciencia

realidades, señor Guerra

que a la verdad sencilla

y pura no llegan.

 

_Con todas mis experiencias

de ser un toro toreado

comprendo las realidades

que por la ciencia, expuestas

no alcanzan esa verdad

diáfana de la existencia.

 

_´¿Por qué insiste, señor Guerra

en decir que es un toro toreado?

 

_Porque por lo ya explicado

sé, que ustedes por la ciencia

muy profundo han llegado

así, lo oculto de la genética

la intimidad de los cambios

bioquímicos de la célula

y el misterio de la mente

es por todos estudiado

y hasta se han vulgarizado

con la ayuda, por supuesto,

de medios tecnificados.

 

_Y usted ¿conoce todo esto?

 

_La internet me pone al día

de lo que ustedes explican

con términos sofisticados.

pero queda un elemento

primordial en la existencia

que ustedes no han tocado.

lo espiritual, mi doctor

como si este ser humano

fuera un gran laboratorio

físico-químico, sin alma

que vive en un mundo aislado.

 

_pero el médico no es Dios

busca del morbo las causas

que rompen el equilibrio

de la salud del humano.

 

_Dios, para mi es otra instancia

que a lo espiritual rebasa

y así, dejo el capítulo cerrado.

 

_Entonces, ¿usted no tiene

nada nuevo que explicar?

 

_Nada nuevo, usted lo ha dicho

porque es vieja toda historia

que produce el malestar

que estoy viviendo actualmente

junto con otros humanos

en esta cruel realidad.

 

_Ahora, usted me confunde

porque se aleja de cuadros

patológicos conocidos

que nos puedan acercar

a enfermedad conocida

en la universidad, los libros

la experiencia del país y más allá.

 

_Lo que sufro es por crueldad

de quienes tienen poder

para hacer leyes injustas

y al opuesto castigar,

al inocente negarle

vivienda, trabajo y pan.

son ellos quienes reprimen

el derecho a protestar

el sistema donde todos

podemos vivir en paz.

Ellos son quienes producen

síntomas de angustia y llanto

de impotencia, miedo letal.

 

_Con sus juicios señor Guerra

me he sentido conmovido

porque son la reflexión

de una arista de la vida

que no se escribe en los libros

de nuestra ciencia galénica.

 

_Y esa ciencia, señor, ¿para qué sirve?

si intelectuales, poetas

músicos y pintores

escultores, escritores

se encierran en sus talleres

o en sus bufetes de leyes

y olvidan de donde vienen

y los médicos que son

quienes más cercano  están

del miserable que implora

remedio en el hospital

lo ayuda con los escasos

recursos que allí se dan

pero todo queda allí

en la impotencia del diván.

Ciencia para hacer las armas

que justifiquen la guerra

para al hombre destruir

en vez de enseñar la ética

con prácticas de moral

y ejercitar el amor

para en armonía vivir.

Ciencia si, pero con arte

para el mundo redimir

de tantas enfermedades

angustias y ansiedades

para que el ser no sucumba

y sea su existir feliz.

 

_Entonces nos encontramos

en un túnel sin salida

 

_No, si todos tenemos

nuestra lámpara encendida

para alumbrar la tiniebla

como luz del pebetero

hasta llegar a la meta

donde nos hemos propuesto.

 

_Diga usted: ¿Cuál es su meta?

 

_Conviene antes mi doctor

una breve aclaración:

nos han gobernado tantos

ineptos, hombres corruptos

que son la causa primera

de tantos males sociales

por los que hemos llegado

a la situación actual

por todos hoy conocida.

 

_Diga entonces señor Guerra

cuál es su agenda concreta.

 

_Que exista una comisión

formada por un sociólogo,

un  psiquiatra y un neurólogo,

un político de altura

un ex presidente probo,

un militar de alto rango,

un economista sabio,

un honesto comerciante

un abogado sin manchas

y un buen padre de familia.

 

_¿Y qué haría esa comisión?

 

_Estudio pormenorizado

de todos los aspirantes

a dirigir el país

e informar públicamente

de ese test el resultado

que sería guía para el pueblo

al tomar la decisión

de proponer con su voto

al mejor jefe de estado.

 

_Me parece interesante

su propuesta señor Guerra…

pero ya debo atender

a una dama en emergencia.

 

_Buenas tardes mi doctor…

 

_Buenas tardes señor Guerra.

 

En el muy breve descanso

el psiquiatra, en soliloquio

Se preguntaba:

¿Será este señor Guerra

un clásico delirante

o un atormentado hombre

que quiere ser escuchado?


 

 

 

EMIRO MARCANO MAZA

Margarita, agosto de 2012

 

 

 

 

lunes, 10 de septiembre de 2012

PODER Y VIOLENCIA (I)


 
Nelson Hamana

 

         En los tiempos que vivimos, se han producido en Venezuela gran cantidad de manifestaciones en contra de la actuación arbitraria de su gobierno, todas ellas justas y respondidas con un “porque me da la gana” triste y patético porque piensan que la única postura legítima es la de la clase gobernante  que tiene derecho a cualquier actuación, de acuerdo o en contra de la ley, particularmente en lo que se refiere al bienestar económico, con lo que ponen en evidencia la debilidad de su sin razón.

 

         Como esta situación no es novedosa y no es extraña entre nosotros, sino que se trata de una reducción al absurdo, es conveniente preguntarse si se trata de un fenómeno particular o universal esta relación de poder y violencia.

 

         En esta relación se nos muestra, a nuestro entender, una verdad “clara y distinta” y es así porque todos los ejercicios del poder involucran la violencia, en este sentido es importante destacar los conceptos del  Sociólogo  Max Weber [1]: “ … un Estado es una comunidad humana que se atribuye (con éxito) el uso legítimo de la fuerza física dentro de un territorio dado”. Sin duda es una visión liberal, pero es el retrato de las formas en la que este ha sido organizado por los controladores de la sociedad desde tiempos inmemoriales. “El Estado es una relación de hombres que dominan a otros hombres”.[2]

 

         La Biblia da cuenta de estos instrumentos de dominación particularmente en el pueblo judío, oprimido desde fuera por pueblos con mayor capacidad militar y desde adentro por sus propios gobernantes; esta sumisión se extendió a todos aquellos pueblos débiles militarmente, pero con recursos  o con población competente para el trabajo que se tomaba y se toma en términos de esclavitud, aun cuando se disimulan en el tiempo con los llamados “privilegios laborales”.

 

Nuestra visión más influyente y concreta, en la historia “culta” de occidente, es la del Imperio Romano, dominador de pueblos e individuos, que se extendió hasta sus hijos feudales y monárquicos, quienes  mantuvieron las formas de la dominación como instrumentos explícitos, con una intención civilizadora sin duda, pero con las visiones particulares de los ungidos por los dioses.

 

Esta orientación se mantiene hasta la Revolución Francesa, quien proclama que todos los hombres nacen iguales y que debe producirse una “relación racional de pueblos e individuos”.

 

         Aun con esta proclama, los argumentos fundamentales de los grupos de poder eran o bien la fuerza militar, como imposición abierta, donde no se daban razones, o el poder de la ley, donde se daban razones pero no se atendía  a los hombres, en tanto que solo pretendían garantizar la estabilidad del Estado, en contraste con la sociedad llana que no lograba funcionar en base a conceptos sino en medio de las necesidades humanas de la vida diaria.

 

          El dominio era necesario para el aumento del poder económico y del prestigio militar, ambos ídolos de los Estados que aún sobreviven en nuestra civilización; los ciudadanos son reducidos a siervos del progreso, donde las relaciones inter-personales se rigen por la voluntad del amo a quien sirven y por los parámetros de una sociedad que era y sigue siendo jerarquizada, particularmente en los privilegios las posesiones y los derechos.

 

         El resultado de la violencia contra la vida cotidiana, sumergida en la dominación, la humillación y la explotación, con ciertos rasgos de permisividad a la acción popular, pero sesgada hasta en sus más altas esferas por las contribuciones imperiales de las confesiones religiosas, que protegían más sus intereses económicos y su poder terrenal que la verdad del Dios que proclamaban. Sobre este tema ha sido escrita una hermosa novela: “La Catedral del Mar” [3], que relata hechos acaecidos en la Barcelona, del Siglo XIV, cuando se construyó esa maravilla de Arte Gótico, atribuida a Berenguer de Montagut, en memoria de Santa María del Mar; en ella se narra no solo el sufrimiento popular, sino la motivación y el substrato económico de la conquista y la dominación monárquica, que no respetaba ni siquiera los lazos familiares.

 

         Lo que quiso cambiar la Revolución Francesa no solo fue esa relación de los Estados entre sí, tanto más guerreros en tanto que eran más diversos y con economías mas precarias.. Pero las relaciones del poder interno del Estado, fueron pensadas en término de individuos, limitados por el pensamiento ilustrado, a la posibilidad única de la razón reflexiva, convirtiendo al hombre en una máquina que solo atendía  a las leyes de la lógica y a los métodos matemáticos lo que les permitía la dominación del mundo y la eternidad; excluyendo otras formas de conocer, con lo que dejaban afuera aspectos de la constitución de la persona, como era el amor en la relación que no puede ser reducida a los términos del conocimiento reflexivo. Se dirigieron solo al hombre como individuo, capaz de integrarse a la sociedad por sus capacidades lógicas, dejando afuera los componentes estéticos del conocimiento que corren desde los no instruidos hasta los artistas, que son capaces de construir en sus expresiones esa relación de amor con el otro y con lo otro y  la posibilidad de la fe confiada, en medio de sus limitaciones humanas. Excluyeron la constitución fraternal y filial del hombre.

 

         Esta construcción del gobierno y de la relación social, sobre un fundamento más ideológico que universal, soportado sobre intereses sectoriales, que aun cuando se sostienen menos en privilegios de cuna y de sangre noble no llegaron a ser más justos y generosos, y además no resolvieron los problemas que hoy seguimos padeciendo. En resumen, se construyó una sociedad en torno a la materialidad del espacio y el tiempo, teórica y conceptual.

 

         Esta limitación del hombre a su materialidad racional lo puso ante una falsa disyuntiva, o la razón de la Ciencia o la sin razón de la Fe fundados en el supuesto de unas  Idolatrías del Universo, determinantes para el hombre, que se hacían veraces por  un arrollador progreso de la ciencia cuyo método era el de las demostraciones y validaciones, con lo que se construyó una oligarquía del conocimiento, que aún hoy en día se niega a percatarse de que los fundamentos de legitimación de la verdad científica parten de Paradigmas que son fulguraciones estéticas que nos hacen cambiar la mirada.[4], que actúan como una red donde se van tramado los fundamentos de la evidencia. [5]

 

         La introducción de la concepción de Pueblo al manejo del poder y el problema de la opinión independiente, cambió el rostro, no de la justicia y el servicio, sino por la necesidad de manejar la opinión, utilizando la fuerza coercitiva, o la seducción del bienestar, generando nuevas formas de esclavitud, mediante la ilusión del progreso indefinido de la organización social o con el progreso eterno de la ciencia, con lo que se reavivaron los ídolos que siempre han estado en el centro de la sumisión de la sociedad débil y están claramente señalados en el evangelio (Lc 32,22) [6] en la narración de las tentaciones en el Desierto.:

        

         La idolatría de los bienes materiales: No solo de pan vive el hombre.

         La idolatría del poder: Adorarás al Señor tu Dios y solo a el darás culto.

         La idolatría de Dios mismo: No tentarás al Señor Tu Dios.

        

         Ya puede hablarse de la muerte de uno de las idolatrías, la de la organización social, la del poder material, representado por el marxismo, que de acuerdo a palabras de Américo Martín, en un programa de radio: “fue la utopía del siglo XX y donde quiera que se aplicó se convirtió en una tiranía” (Citado de memoria).

 

         Pero esta muerte le ha dejado el camino expedito a la otra idolatría, la del liberalismo, que proclama los derechos pero los respeta de una manera muy limitada.

 

         Con estos derechos proclamados se construye la mitología del bienestar ecuménico, que logra una nueva dominación a través de la ilusión del desarrollo, impulsado por la ciencia, terriblemente costosa, en función del dominio y no del servicio, donde se ha desprestigiado lo nobiliario, pero se practica de una manera más sofisticada con la posesión del conocimiento y la tecnología, pero aun con el soporte muy anticuado del prestigio militar y el poder económico, que aún hoy en día provocan guerras de conquista, mezcladas con guerras religiosas. [Alkaeda con el terrorismo y la mentira vs. U.S,A, con la tecnología militar y la manipulación internacional de la verdad. Se trata del Islam contra el Cristianismo  atado al liberalismo; se trata de la “energía de la fé” (más presumida que real) contra la creatividad científica e idolátrica del mundo progresista con su poder de fuego].

 

         Cuando observamos la persistencia de los paradigmas del poder nos resultan duros y dolorosos y tan pronto avanzan en lo humano, vuelven a retroceder no en forma de los ciclos griegos, sino en la depuración de la maldad; se parece al título de una colección de ensayos de Humberto Eco, [7] avanzamos  “a paso de cangrejo”.

 

         Estas idolatrías son patéticas en Latinoamérica[8], donde llegamos a ser esclavos de esclavos, ya que nuestros instrumentos de poder son dependientes, porque lamentablemente la creatividad de la ciencia se nos ha escapado y no podemos pensar en términos universales y nos restringimos a una reflexión de lugareños. Esta perspectiva es bastante injusta, pero no solo estamos limitados en el contacto universal,  sino que tampoco podemos aprovechar las ventajas de nuestro arraigo en lo cotidiano, y por eso nos hemos convertido de manera extraña más en protagonistas del desquite, la envidia y la violencia, que cualquier pueblo “avanzado” que vive de la capacidad de competir y separar.

 

         Llegados a ese extremo, pienso que se está develando un problema de paradigmas, los que se han asumido con las doctrinas liberales economicistas no resuelven los problemas que pretenden resolver en la categoría humanidad y la ineficiencia es la razón por la que se abandonan los paradigmas de la ciencia [9] y también los de los gobernantes, quienes lamentablemente se limitan tan solo con pretensiones de palabras vacías, a defender una alternativa de intereses, para crear nuevas oligarquías, siempre competidoras pero nunca alternativas de las anteriores.

 

El progreso de un nuevo paradigma es lento y tedioso, y solo pequeños grupos logran tenerlo en la mirada, avanza en interminables ensayos y vacilaciones, mientras que la comunidad se mantiene en su visión idolátrica y competitiva, y no bastan palabras  de justicia. El cambio no es un proceso con elementos de evidencias y legitimaciones, se consuma como una fulguración repentina, se trata de entender las necesidades que nos hacen realmente humanos.

 

         Los grupos marginados, no deberían estar deslumbrados por el confort, porque su cultura es de sobrevivencia, sin embargo es patético en Venezuela, donde la carencia de escrúpulos de sus gobernantes y su escasa capacidad para el desarrollo político, convierten los productos de la naturaleza, a los cuales tienen derecho por justicia, en proyectos de mentiras, esperanzas e ilusiones que funcionan de manera semejante a las viejas idolatrías. Sin embargo en el llamado tercer mundo lo que aparenta resignación y entrega, pueden ser las vacilaciones de lo nuevo, pero en algún momento fulgurará el cambio cuando la idolatría se convierta en un riesgo insoportable.

 

         Desde hace tiempo se está hablando del Apocalipsis, pero es tan solo el anuncio del final de un tiempo y puede tratarse de la insuficiencia de los paradigmas del modernismo, que se resisten a ser superados y se debaten en el mundo “global” donde colapsan hasta las economías ejemplares, que agonizan en la defensa de sus sistemas financieros, sin pensar en los dolores de sus ciudadanos. Parece que la “toxicidad” del dinero está asesinando a los ciudadanos y no a los especuladores financieros.

 

         Son problemas que no se resuelven con la resurrección de doctrinas fracasadas, que al fin y al cabo son más doctrinas económicas que humanas y que inevitablemente devienen en tiranías más o menos atenuadas por eufemismos populistas, como lo demuestra la dolorosa historia reciente de América Latina.

 

         Es un problema de realidades y no de verdades o certezas. No se trata de pensar desde afuera del hombre, sino vivirlo desde la aceptación de los sentimientos. Entender que la naturaleza humana se da no solo en la razón, sino también en los afectos, en las pasiones, en las creencias y también en sus prejuicios y sus temores, que nada en el hombre debe ser desperdiciado a riesgo de arrinconarlo en la naturaleza, sin darle la opción de proyectarse hacia la eternidad.

 

         El profetismo no resulta de anunciar el futuro, sino de denunciar el presente, como hacían los profetas de Israel y como hizo Jesús. Los cambios deben tener su propia dinámica y ellas debemos estar atentos para ser creativos. Debemos ser convocados al optimismo que confía en los hombres y en sus formas de vida, no solo en sus razones.

 

         Todo lo podemos resolver en la medida en la que logremos substituir los valores del poder y los privilegios por los del servicio, que no se regula o se legisla, sino que tiene que nacer de un cambio de la mirada, de una transformación humana, destinada a reinar y no a sufrir en la tierra.

 

Podemos finalizar con expresiones de los dos últimos pontífices católicos:

         “No tengáis miedo” (Juan Pablo II a los jóvenes). No tengáis miedo de ser humanos.

         “Soy siervo de los siervos de Dios” (Benedicto  XVI, cuando definió su pontificado). No es una deshonra enjugar las lágrimas de los débiles. No estamos obligados al éxito, el mundo se hará humano cuando nos obliguemos al servicio.

        

         Nuestro destino es El Reino y no la condenación.

 

 




[1] WEBER, MAX. “Ensayos de Sociología contemporánea” , traducido en España, por Mirilla Bofill y editado en Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1972, p. 98
 
[2] WEBER, MAX. Op. cit. p. 99
 
[3]Cf  FALCONES DE LA SIERRA, IDELFONSO. La Catedral del Mar. Plaza Ediciones, Barcelona, 2006
[4]cf. KUHN, TOMAS S. The Structure of cientific revolutions. University of Chicago Press. 1970. 
 
[5]cf  POPPER, KARL R.  Búsqueda sin término. Traducción de Carmen García  Trevidiano. Editorial Teknos. Madrid. 1994
 
 
[6]EVANGELIO DE LUCAS. Biblia de Jerusalén. Descleé de Brouwer. Bilbao, 1998
 
[7]  cf  ECO, UMBERTO. A paso de Cangrejo. Traducción de María Pona Irazazábal. Colección DEBATE.  Random House Mondadori. Caracas. 2007
 
[8]  cf.CELAM  Fe Cristiana y Compromiso  Social. Editado por el Departamento de Acción Social de la CELAM. Lima, 1981
 
[9]  cf. KUHN, TOMAS S. Op. cit.

martes, 4 de septiembre de 2012

EL OTRO TIEMPO DE LA AUTOPISTA

                                                                 Mercedes Muñoz (*)


Fumar, tomar cerveza, comer pizzas en la Vesubiana, leer a García Márquez, a Vargas Llosa o a Julio Cortázar, era parte del disfraz de adultas que llevábamos todas a los 19 años. Leímos a estos autores desde la más absoluta candidez y sin conciencia alguna de qué los había convertido en los héroes del Boom latinoamericano. Desde ese lugar virginal nos enamoramos de ellos.

   

    Sobre Julio Cortázar corría el mito de que padecía una enfermedad muy rara, por eso no dejaba de crecer ni envejecía. Todavía no sé si fue el mito de su enfermedad, o la lupa con la que revelaba el microcosmos de la cotidianidad lo que más me gustó de él. Una mosca que vuela al revés, un hombre que se queda atascado poniéndose un pullover y se cae por la ventana,  microorganismos y estrellas vistos desde el observatorio y el capitulo 7 de Rayuela: Toco tu boca… Son recuerdos de la misma intensidad que los primeros besos. 


GUILLERMO MENESES
   A los 19 años conocía algo de la obra de Cortázar, pero casi nada de la de Guillermo Meneses. Él era apenas el señor viejo e inválido que vivía en el PB debajo de mi casa. Más conocía a Rosa Ortega, la enfermera que lo cuidaba. Una mujer que pasaba los sesenta años aunque lucía más vieja, fumaba muchísimo y compraba los cigarros por cartones. Sus vulgares ocurrencias me hacían mucha gracia. Cuando se nos acababan los cigarros, iba yo de emisaria a pedirle dos.
"¡No joda, chica, tu mamá y tú como que creen que yo soy la tabacalera nacional! ¡Compren sus cigarros, pendejas!"-  respondía, mientras me hacia pasar a tomar un cafecito y a fumarme un cigarro con ella.


   Un día, camino a mi casa, en el parque que dividía las dos torres, oí que Cortázar iría esa noche al edificio. Llegué a mi casa y comenté extrañada. Rápidamente mi mamá ató cabos y supo que la visita sería a casa del señor Meneses. Corrí a preguntarle a Rosa y quedé cordialmente invitada con mi novio para la tertulia esa noche.


  Cuando llegamos, la siempre vacía casa del señor Meneses estaba llena. Apabullados con tanta gente famosa, nos sentamos en una esquinita con el  güisqui que Rosa nos ofreció. Éramos los más jóvenes y sólo Rosa nos conocía. No había razón alguna para que Cortázar se fijara en nosotros. Yo lo miraba absorta, disfrutaba el tono suave al hablar, sus manos largas y suaves, la mirada profunda y la ternura y respeto con que trataba al señor Meneses a quien, según supe, el mismo Cortázar había solicitado visitar. En un momento caminó hacia nosotros, pensé que se dirigía a la cocina, pero no, venía a hablarnos a nosotros, el par de párvulos. Fue cosa de segundos, con tono de maestro nos preguntó si escribíamos, a lo que  logramos responder que si, pero que casi todo lo rompíamos, entonces nos aconsejó no romper, más bien guardar, después visto con otros ojos lo escrito nos podría servir, nos dijo. Él mismo se había sorprendido de cosas escritas años atrás que luego le sirvieron para desarrollar nuevos proyectos, -"¡Mucha suerte¡"-  nos deseó y volvió con los otros.


   Diez años después, después de varias semanas de encierro en mi casa dedicada al cuidado de mi primer hijo acabado de nacer, sucedió el segundo encuentro con Cortazar.


   Este encuentro ocurrió en ese tiempo en que una se aísla del mundo y la única noción de tiempo que percibe es la que transcurre entre una amamantada y otra. Son esos días en los que una se debate entre lo  sublime de la maternidad y el tedio de existir sólo para darle al otro; es esa época en que se alberga en el pecho una rabia secreta hacia el padre del niño porque él sí puede entrar y salir  del otro mundo a su antojo.


   Una noche de esas, mientras mi hijo y su padre dormían, aproveché y prendí la televisión. Para mi suerte estaban repitiendo en el canal cinco una entrevista a Julio Cortazar conducida por Joaquín Soler Serrano, que agarré empezando. Este hombre que me había enamorado hacía diez años con sus cuentos, su rara enfermedad y su humildad, me conquistó de nuevo con la historia de su vida.  Tenía preferencia por los detalles, hurgaba en los misterios de la cotidianidad y desde allí contaba sus historias. Como en el libro que escribió con su último amor, Carol Dunlop, Los astronautas de la cosmopista, prefería acampar en 65 paraderos de la autopista que va de Paris a Marsella para asombrarse con cualquier cosa pequeña que lo guiara por el otro tiempo de la autopista.


   La entrevista fue larga, dos amamantadas completas y todavía pude disfrutarla sola un rato más. Para mi sorpresa, cuando terminó, salió un locutor explicando que debido a la muerte de Cortázar ocurrida el día anterior habían decidido repetir esa entrevista realizada unos meses atrás, completa, sin editar. Lloré mucho y por largo rato. Al acostarme quise compartir mi pena, pero al padre del niño le dio mucha risa que yo lo despertara con esa tragedia por la muerte de Cortazar que había salido en todos los periódicos el día anterior. Y es que el tiempo del amamantamiento es como el otro tiempo de la autopista.  

JULIO CORTÁZAR
   La primera vez que leí el cuento La autopista del Sur de Cortázar, fumaba, tomaba cerveza y comía pizza en la Vesubiana, pero no sabía manejar ni me importaban los carros, sería por eso que de todo lo que aconteció en esa interminable cola me interesaron principalmente los amores. La segunda vez que leí La autopista del Sur, ya asistía a la universidad y manejaba, por eso conocía la tragedia que significa no poder distraerse en el tráfico, también entonces me identifiqué con la muchacha del Dauphine, y aunque  no tenía idea de como luce un Dauphine, a la muchacha la imaginaba claramente. Ahora, en mi tercera leída, es un hecho que en mi vida los carros no tienen lugar afectivo, pero me siguen cautivando las relaciones que ocurren en el otro tiempo de la autopista, sobre todo los enamoramientos. En mi tercera leída de La autopista del Sur, confirmé que también sigo enamorada de Cortazar como el primer día.  



(*) Licenciada en Educación. Presidenta de la Junta Directiva de AVESA (Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa). Defensora de los derechos de la mujer. Actualmente escribe una columna semanal en un diario de circulación nacional.


   

sábado, 1 de septiembre de 2012

CÁNTICO DE JAJÓ

                                                                                               Adriano González León (*)

Palabras pronunciadas el 23 de junio de 1991 con ocasión del Homenaje de los Escritores de Venezuela a San Juan de la Cruz en el IV Centenario de su muerte.  El texto fue tomado del libro 
El Verbo Iluminado. Los Escritores de Venezuela a San Juan de la Cruz en el IV Centenario de su muerte.  Sesenta años de la Asociación de Escritores de Venezuela.  Fondo Editorial "Orlando Araujo". Federación de Asociación de Escritores de Venezuela. Caracas 1995.  pp. 31-38
Para mayores detalles sobre la participación del autor ver enlace





                                                                                                                Con la licencia de Ernestina Salcedo Pisani

Una tierra obstinadamente solitaria, con dos o tres árboles próximos a desfallecer, polvo y arena para formar el dibujo de la lejanía, algo inevitable y triste, en su eternidad de piedra y ruinas, está en una vieja imagen de la infancia, contemplada entre los papeles que tenía un hacedor de santos llamado Pedro Colmenares. Dijo que esas casas dispersas y esos muros comidos por el abandono, eran la aldea de Duruelo, el lugar donde un fraile llamado Juan de la Cruz había fundado, con cuatro compañeros, el convento de los carmelitas descalzos.  Yo tenía alguna idea de lo que podría ser un convento, por las noticias de las tías, pero me fue difícil entender por qué andaban descalzos. Más tarde, en el colegio, me explicaron que se habían lanzado así a la tierra, por los caminos más duros y espinosos, para hacerse merecedores de Dios. Tampoco entendí mucho, porque hasta ese momento Dios era para mí el esplendor de la capilla, el lujo de las lámparas, los papeles brillantes que colgaban de las velas, ciertos olores que salían del altar mayor, un sabor a harina, a pan fresco, a campanas resplandeciendo en el viento y muchos rayos de luz que estremecían los cielos en una estampita del
catecismo. Dios era la alegría de la fiesta patronal, los cohetes enardeciendo las copas de los árboles, las muchachas con vestidos nuevos, y sobre todo, los muchachos que estrenábamos zapatos para aquella ocasión.
    Después, en la medida que fue pasando la noche oscura del alma, entendimos que aquel fraile había trocado el sufrimiento y la muerte en una forma de alegría.  Cuando se llamaba Juan de Yepes, ya era pobre y doliente de solemnidad, flaco como un barraño en los matorrales de Fontiveros. el pueblo donde nació, entristecido en las miserables casas de barro y piedra, en las callejuelas tortuosas, en los caseríos donde según dicen las crónicas, "no se hallaba pan".  El hambre, entonces abre los primeros pasos en la ruta hacia Dios: los dolores, lo que él llamaría más tarde "la llaga", los sufrimientos, el escarnio, la tolerancia, la llama de amor viva, el cauterio suave, todo el mensaje luminoso que nos permite escuchar hoy, después de cuatrocientos años, su cántico espiritual.
    Poetas y devotos nos hemos reunido en este pueblo, también de calles tortuosas, sosegado como a él le hubiera placido, sin el horizonte pleno de sus lugares de prédica y escritura, pero con una neblina de ciertas tardes y unos páramos cercanos donde crece la hierba de la eternidad. El díctamo real saluda a sus flores esmaltadas y los venados reciben a su ciervo vulnerado.  Estas montañas saben escuchar los maitines que se fue a cantar al cielo, a las doce de la noche, sin congoja, el día 14 de diciembre de 1591.
    Juan de la Cruz logró su propósito. Trocar la muerte en vida.  Ahora nos explicamos plenamente lo que no entendimos al comienzo.   Andaba descalzo y mal comido y mal vestido porque los ropajes y las viandas no servían para cubrir y alimentar su enherbolado corazón.  La palabra la inventó Teresa de Jesús, como inventó ella también esas  maneras peculiares de acercarse a Dios que ejecutó su compañero de padecimientos y trabajos, pero también de esa riqueza de la palabra  que ejercitaron juntos y de esa constancia para atrapar la divinidad más allá de las apretadas proposiciones teológicas, más acá del simple juego de las visiones fáciles, pero sí con la ardiente pasión de tener un mano a mano con Dios, una morada pura para recibir a Dios, una elaboración interior de Dios, un camino que Teresa llamó de perfección y Juan llamó de aprendizaje. Mediante el recogimiento y la meditación se llega a la unión transformante, según Teresa.  Mediante el fervor se llega a lo candente y lo inflamado, según Juan.  Ambos lograron la síntesis de lo humano y lo divino.  Teresa quizás logró mejor sus explicaciones prácticas, su ordenamiento, su organización.  Juan de la Cruz, el santico, como ella lo llamaba, se fue a buscar a Dios por la poesía. por la pura poesía, por el verbo germinal, como el otro Juan, el del Evangelio, lo había dicho, y a pesar de las teorizaciones y los textos explicados del santo, la palabra resplandece sola, va más allá del símbolo.  Y en su aspiración por convertirse en divina, desde su escala humana, una vez que toca las fronteras se desenvuelve y suena única, como si se pareciera a Dios, como si se pareciera al hombre, con el absoluto y lo transitorio a la vez, con el día y la noche, con el creyente que se busca y el pecador que que aflora, y sobre todo, con la verdad singular de su música, ese acento, esas pausas, ese compás, la precisión de los ritmos, las cadencias, las variaciones en el tono y la inteligente composición que obliga a todos, fervorosos o incrédulos, a postrarse ante ese misterio del alma que él llamó, con una brillantez que cubrirá los siglos de los siglos, la soledad sonora.

    Juan de la Cruz, en realidad no se quedó permanentemente en el cultivo de la soledad.  Fue más bien, como su amiga y maestra, un activista del espíritu.  Por ello las penas y miserias que corrió.  Por ello su presencia en las fundaciones, en los campos, en los poblados, en los caminos.  Pero también por ello su altivez intelectual, sus conocimientos, sus lecturas, su paso por el Colegio de Humanidades en Medina del Campo, sus cursos en la Universidad de Salamanca.  Hubo una búsqueda teórica de Dios.  Quizás se le recuerde, en su faz de religioso, más por sus momentos exaltados, por su apasionada necesidad celeste que por sus meditaciones.  Como pudo haber ocurrido al principio con su actividad poética.  Él las llamó canciones y en muchos versos recogió una presencia popular.  Pero hizo que el madero, como él quería, tomara más fuego para que se hiciera llama pura.  Aplicó el rigor a la inversa de como lo aplicó en su religión.  El éxtasis, el arrebato, el enamoramiento de Dios, mejoraron sus ideas.  En cambio, una teología de la palabra mejoró la simpleza inicial de su canto.  Es ello lo que conmueve, lo que fascina, lo que nos deja asombrados, lo que todavía no nos podemos explicar, porque todo está hecho con sabiduría y pasión a la vez, cuando escuchamos hablar a la Amada:


Mi Amado las montañas
los valles solitarios nemorosos
las ínsulas extrañas
los ríos sonorosos
el silbo de los aires amorosos
La noche sosegada
en par de los levantes de la aurora
la música callada
la soledad sonora
la cena que recrea y enamora.

    Juan de la Cruz divinizó lo humano. Juan de la Cruz humanizó lo divino. ¡Se ha dicho tántas veces! Y también, como ningún otro, desacralizó las palabras. Y como ningún otro, les dio carácter sobrenatural a los vocablos de la calle. Su canonización, y después su rango de doctor, prueban que logró lo primero. La resonancia universal de su voz prueba que logró lo segundo. Así podemos entender mejor los versos de Manuel Machado:

¡El más poeta de los santos todos...
y el más santo de todos los poetas!...

¡Santo, poeta y hombre! Tres condiciones para ganar la memoria después de cuatrocientos años. La última tiene pruebas irrefutables. Firme ante los padecimientos, trabajador sin fatigas, vital y animoso, abierto a todas las aventuras y desventuras posibles, tenaz frente a la tortura, incorruptible contra las paredes de su celda, inteligente y sagaz para buscar la posibilidad última de conseguir la libertad. Su fuga espectacular de la prisión de Toledo, después de largos meses de hambre, vejámenes y castigos, mostró que era indoblegable. Estudió reja a reja, muro a muro, las idas y venidas del guardián, la situación de la celda con relación a la ciudad, la altura de la muralla y fabricó con su sayal y su candil la cuerda que le serviría para la fuga.
    El conjunto de testimonios que hay sobre su aventura, convierten su tiempo carcelario en una patética narración de horrores y suspenso. Juan de Santa Ana, Inocencio de San Andrés y Juan de Santa María dejaron extraordinarias declaraciones de cómo la agudeza del prisionero logró saltar la muralla y huir por las riveras del Tajo.
    Semejante peripecia agrega una gloria más para Juan de la Cruz.  Arrojado y valiente, a la vez que lleno de imágenes y portentos, evitó la muerte que querían imponerle los otros para escoger la propia. Cuando recuerda los días de la cárcel dice: cada vez que comía entendía que comía la muerte. No se sabe si aquí habla literalmente o vuelve a los símbolos.  Para el caso de juntar santo, poeta y hombre, el asunto es el mismo.  Ese juego que une muerte y vida es frecuente, casi obsesivo, en su poesía. Mejor diríamos: el juego que junta todos los contrarios:

Estábame en mí muriendo
y en tí sólo respiraba.
En mí por tí me moría
y por tí resucitaba.
Moríame por morirme
y mi vida me mataba...

    Entre la existencia y la nada, entre la palabra corriente y el vocablo poblado de luz nueva, entre el recinto interior y la febril actividad, transcurre la vida y la muerte de Juan de la Cruz. Todo en él se hace válido para merecer la eternidad que hoy le consagra el mundo, le consagramos los poetas reunidos en este pueblo, quizás hecho a la medida de su espíritu.


    La esposa saldrá a buscar al Amado y dirá:


¡Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido!
Como el ciervo huiste
habiéndome herido;
salí tras tí clamando, y eras ido.


    Esperaremos la noche, porque, según él, es allí cuando se llega al "alto estado de la perfección".  Diremos:

¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
amado con Amada
amada en el Amado transformada!


    Después, y ya a sabiendas de su totalidad, de su condición de santo, poeta y hombre, de su sentido amplísimo, de su constante atar las luces y las sombras, va esta:

              ORACIÓN PARA QUE SAN JUAN DE LA CRUZ PERDONE A LOS POETAS.

    Señor de la lámpara de fuego, Señor que has inventado las llamas que besan, Señor que escuchaste un aire extraño en el bosque de los cedros, no olvides en tu resplandor a los que aquí se congregan, los que esperan verte entre las nieblas, mirarte cuando juntes frailejones y oteros.  Señor, aquí hay hierbas frescas y aguas que suenan para tus pies descalzos.  Hay unas hondonadas que harán eco y repetirán mil veces tus palabras.  Señor, habla y sonarán los árboles.  Señor, respira y subirán los ríos... Juan de Yepes, Juan de la Cruz, Santico, San Juan de la Cruz, escribe por nosotros, ayuda nuestro aprendizaje, mejora nuestro camino, y sobre todo, perdona nuestras palabras, porque como tú dices: también se habla mal en las entrañas del espíritu.

    Juan de la Cruz, San Juan, te pedimos que perdones a Lucrecio por su excesivo descaro, porque él sólo tenía un gran terror a la muerte.

    Perdona a François Villon por sus delitos, porque fabricó la insolencia de la palabra y tú has dicho: ¿Por qué no tomas el robo que robaste?

    Perdona al Marqués de Sade, porque él mismo pidió perderse en los escombros de su nada y que su nombre se borrara de la memoria de los hombres.

    Perdona a Quevedo por sus desmesuras, porque después se convirtió en polvo enamorado.

    Perdona a Cervantes por sus deudas, porque el mundo ha contraído una más grande con él.

    Perdona a Baudelaire, porque sus flores del mal son como las flores que no cortaste.

    Perdona a Rimbaud, porque su temporada en el infierno fue para hacerse vidente como tú.

    Perdona a Edgar Poe, porque sus borracheras iluminaron las calles de Baltimore.

    Perdona a George Sand, porque sus desparpajos eran para buscar amores.

    Perdona a Emily Brontë, porque su pasión era una especie de continencia.

    Perdona a Henry Miller, porque su descenso a los pantanos fue una forma de purificación.

    Perdona a Anaïs Nin, porque sus excesos fueron tantos como las quince mil páginas de su diario.

    Perdona a André Breton, porque él concibió un punto del espíritu donde la vida y la muerte, lo real y lo irreal, lo comunicable y lo incomunicable, dejan de ser percibidos como contradictorios.

    Perdona a César Vallejo, porque los viernes santos siempre estuvieron ligados a un beso.

    Perdona a José Antonio Ramos Sucre, porque su acto suicida aconteció en la búsqueda de un cielo de esmalte.

    Perdona a los poetas y a los fieles aquí congregados, porque quieren celebrar tu vida, tu muerte, tus visiones, tu cantar.

    Y, finalmente, creo que a mí no me podrás perdonar.  No sé... No sé... He tratado de decir muchas cosas en tu honor... He tratado de hablar de tu presencia milagrosa...He tratado de dejarte unas palabras...y sólo queda un no sé qué que queda balbuciendo.




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(*)  (Valera, 14 de noviembre de1931- Caracas, 12 de enero de 2008).