miércoles, 15 de abril de 2015

LEONARDO PADRÓN: OLVIDADOS



Salvador y Manuela ni sospechan que sus padres han tenido que pedir dinero en la calle para alimentarlos. Salvador tiene dos años y medio de vida. Su hermana, un año menos. No, sus padres no son indigentes. Son estudiantes venezolanos que viven en España para realizar una Maestría en Criminalística. Pero se quedaron sin divisas.
A finales del año 2014 los estudiantes venezolanos residentes en el exterior encontraron en su bandeja de correo una información escalofriante. El Cencoex (antiguo CADIVI), ente oficial encargado de otorgar las divisas para pagar sus estudios, les notificó que sus recursos no serían aprobados. Debajo de la hojarasca verbal latía la sentencia: no tenemos más dólares para ustedes. Una multitud de estudiantes fue arrojada al limbo económico. El efecto de la medida ha sido devastador.

Mónica, la madre de los niños, dice que hasta se le acabaron las lágrimas. Miguel Angel, el padre, da los detalles: “Ya no pudimos pagar más la universidad, el seguro médico, ni los servicios básicos. Estamos hasta el cuello de deudas. Para pagar la renta de febrero tuve que vender mi laptop y mi celular. Para pagar marzo vendimos la cuna de mi hija y su ropa usada. El dueño del apartamento me dice que aún no me ha botado por los niños”. Este itinerario de la humillación lo cuentan con miedo. “Tememos las represalias por habernos atrevido a alzar la voz. Ya mi familia ha sido objeto de amenazas”, remata Miguel Angel.
Salvador y Manuela, sus hijos, aún no entienden lo que pasa a su alrededor. Menos mal. No merecen ser salpicados por la indolencia de la revolución bolivariana.
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Son más de 25 mil estudiantes venezolanos en el mundo. Diez mil de ellos en los Estados Unidos. Cuatro mil en la tierra de Cervantes. El resto esparcido por Europa y Latinoamérica. Se estima que el 80% está a la deriva. Sin dinero para continuar sus estudios. Parecen náufragos. Sobrevivientes en proceso. Estudiantes que salieron del país a ser mejores, a formarse académicamente, a profesionalizar su vocación. No pidieron becas ni dádivas. Iban a pagar sus estudios con sus propios recursos. Pero estamos en un país extraño. No somos libres para disponer del dinero propio a nuestro antojo y albedrío. El socialismo construyó una alcabala para controlar nuestras divisas. El tema exhibe ribetes de agravio superlativo cuando hablamos de educación. Según la lluvia de testimonios, la realidad ha alcanzado cotas de drama y crisis humanitaria.
Andrea Balzan intentaba un Master en Dirección y Planificación de Turismo. El Cencoex ha hecho que su maestría se convierta –vaya paradoja- en un doloroso turismo laboral: lavar platos en una cafetería, cuidar a una señora mayor, pasar horas en la calle entregando volantes bajo el frío invernal. “Con lo que te pagan, te da a duras penas para comer tres días”, precisa. Ya fue dada de baja en la universidad por incumplimiento de pago. Un sueño en escombros. Otros estudiantes han tenido más suerte en sus universidades. Les amplían el lapso de espera, hacen eventos benéficos, son compasivos. Ya saben de la situación venezolana. Tratan de no apagarles el último bombillo en la sala de espera.
Son miles los estudiantes que están a punto de perder su estatus migratorio y, peor aún, su carrera, su tiempo invertido, su dinero. Andan aferrados a ese hilo cada vez más delgado que algunos llaman esperanza.
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Una estudiante me confiesa que tuvo que vender las dos últimas prendas de oro de su madre para alimentarse. Algunos han tenido que pasar noches en el Metro de Madrid, dormir en un McDonald’s, recibir el año en una plaza pública. El inventario es abrumador: ser desalojado de tu casa, vivir de la caridad de amigos y desconocidos, ir a centros de acopio de ropa, vender lo que tengas en Venezuela para intentar resistir, chequear el correo cada media hora esperando la reconsideración del Cencoex, buscar trabajos ilegales, ser rechazado por estar sobrecalificado, recibir una miseria por ser extranjero, limpiar baños, lavar carros, pedir ayuda en las calles. Mendicidad en unos casos, temple en todos, dignidad en muchos, agobio y entereza en partes iguales. Más de una muchacha ha llegado a decir que lo único que le falta es prostituirse. La desesperación tiene muchos rostros.
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Le han escrito cartas a Insulza, a Maduro, al director del Cencoex, al Defensor del Pueblo. Este último habla de solicitudes fraudulentas (aquí alude al ya antiguo caso de los cursos de idiomas en Colegios de Irlanda, caso ya cerrado, por cierto), jura que mediará, que instalará comisiones de enlace. Juega con las cifras. Dice que son sólo 18 mil estudiantes. Que el 83% lo que hace es estudiar idiomas (¿Los 4 mil estudiantes venezolanos que residen en España estarán tratando de aprender el idioma?). Que el 60% no vuelve al país. En fin, habla como un fiscal que investiga a una red de delincuentes. Su tono es tan enfático que se vuelve sesgado, tendencioso. Una vez más, Tarek William Saab demuestra su vehemencia para defender al gobierno, no precisamente al pueblo. Porque los estudiantes también son pueblo, ¿o no?
Mientras tanto, la crisis está allí. Los estudiantes se han organizado, han protestado por las redes, han procurado todas las formas posibles para exponer el abandono en el que están. Se sienten varados. Anclados. Olvidados.
Estudiantes que, sin querer, han arruinado a sus padres por tratar de cubrir sus gastos con el excesivo dólar negro. Estudiantes que no tienen cómo comprar el pasaje de regreso. ¿Se merecen tanta humillación unos ciudadanos que sólo aspiran a cultivarse académicamente? Vale insistir: el dinero que esperan no es del gobierno. Son sus ahorros, sus bienes. Pero así es el socialismo venezolano. Así de irresponsable.
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El letal artículo 8 de la Providencia 116 del Cencoex establece que el otorgamiento de divisas está sujeto a la disponibilidad del Banco Central de Venezuela y a las prioridades que establezca el gobierno venezolano. Ya hemos visto que una carta de Maduro en el New York Times es prioridad. Una campaña multimillonaria para recoger 10 millones de firmas contra Obama también. O una ostentosa fiesta en Madrid para celebrar los logros de la revolución. Pero la salud hospitalaria no es prioridad. Ni la inseguridad. Y, por supuesto, tampoco la educación. Aquí la única prioridad es el poder. Mantener el poder a como de lugar.

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Laura Díaz tiene apenas 23 años, los estudios interrumpidos y una deuda de 30 mil dólares: “Vendimos los cuatro corotos que teníamos, la cama, la televisión, y una mesa que habíamos encontrado en la basura. Pasamos de estudiar en una de las mejores universidades del mundo a limpiar los carros de otras personas. Nos arruinaron la vida emocionalmente y, patrimonialmente, nos dejaron en la calle”.
Yenai Avendaño es la coordinadora de los estudiantes de la Universidad de Texas. Destila rabia: “Hemos sido víctimas del escarnio y la descalificación. Hemos tenido que ahogar nuestras frustraciones agrupándonos y exigiendo una respuesta. La respuesta ha llegado pero con sarcasmo, cinismo y con el firme propósito de anular la importancia que un estudiante tiene para un país en vías de desarrollo”.
Esta penuria colectiva viene antecedida por “la más dura experiencia de senderismo que jamás me pude imaginar”. Así resume en una frase Irene Trequattrini, una odontóloga que aplicó para un Master en Murcia, España. Alude al vía crucis del papeleo para estudiar en el exterior. Legalizar y apostillar títulos, notas, programas de estudio, colas –en la siniestra madrugada caraqueña– a las puertas del Ministerio de Relaciones Interiores y Cancillería, esperar la carta de aceptación, pedir la aprobación de divisas, comprar el boleto aéreo (aquí cabe una carcajada o un insulto, da igual), demostrar que se tiene suficiente dinero para costear los estudios en el exterior y un etcétera fatigante. Casi siempre los estudiantes terminan viajando sin aún recibir las divisas. Casi nunca las reciben a tiempo. Comienzan a endeudarse con la universidad, con el casero, con la vida. Vertiginosamente.
A la travesía se le agrega ahora la funesta disposición del artículo 8. Las divisas ya no van a llegar. Piden reconsideración. Esperan. Preguntan. El Cencoex los ubica en un estatus que llaman “EA” (En Análisis), durante meses, y así van corriendo la arruga de su negligencia, mientras los estudiantes llegan al borde de sus posibilidades.
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Hablo con Laura Ortiz. Representa a los estudiantes venezolanos en Barcelona: “no sé si aguante más, no puedo concentrarme en los estudios, es insoportable esta situación”. Aun así, es la depositaria de las angustias de los estudiantes de su comarca. La llaman a cada hora. Piden su consejo, su asesoría, su optimismo. Le dicen: “me van a sacar del piso, Laura, ¿qué hago?; “Dónde puedo buscar comida el lunes, Laura”; “nos han convocado a la escuela para que expliquemos por qué dormimos los cuatro en una habitación”; “se me enfermó el chamo de lechina y la seguridad social no me atiende”; “no podemos usar la calefacción porque la luz es cara, así que debemos pasar frío”; “salgo a vender cuchillos de colores todo el día y nadie me compra, qué frustrante, yo un administrador de empresa”; “me dijeron en la universidad que si no pago, que no vuelva, Laura”; “me puse en la puerta del Consulado de Venezuela a pedir dinero porque no podía asumir la enfermedad de mi hija”.
Se le caen los ejemplos de la boca. Me habla de sus lunes en colas para buscar la comida que le dan en un Banco de Alimentación. De la degradación. Y, entonces, se le quiebra la voz. Nos callamos los dos. Baja la mirada. No puede más. Pero tendrá que poder. Porque el resto de los estudiantes confía en ella, en su temple. Igual que en el de Carlos Moreno quien, desde Utah, es el coordinador general de la Organización de Estudiantes Venezolanos en el Exterior: “Tengo 1 año y 5 meses buscando respuestas, no solo para mí, sino para los más de 20 mil estudiantes que están igual o peor que yo”. El mismo afán lo tiene Henrry Narveiz, el coordinador de los estudiantes residentes en España y quien no admite hundirse en la derrota.
Todos esperan que algo ocurra. Que el gobierno venezolano asuma su compromiso. Que dejen de ser los olvidados.
Mientras tanto, la indignación no cabe en el idioma. 

(*) Publicado originalmente en El Nacional el domingo 12 de abril de 2015

lunes, 2 de marzo de 2015

TRUFFAUT NOS PERTENECE

       
                                                                                       JONÁS TRUEBA (*)







François Truffaut (1932-1984) supo convertir su biografía en películas y cambió para siempre nuestra forma de ver a algunos cineastas. Una de sus lecciones es la importancia de apreciar a los maestros.
Cuando entro en la exposición que la Cinemateca francesa dedica a François Truffaut, me sorprende la cantidad de gente que transita de una sala a otra y se detiene unos instantes a mirar fotografías, manuscritos o fragmentos de películas especialmente seleccionadas para la ocasión. Hay personas de todas las edades: algunas de ellas, las que tendrán más o menos la edad que tendría Truffaut hoy, están visiblemente emocionadas, parecen rememorar escenas de su propia vida a través de la obra de un cineasta con el que crecieron y vivieron parte de su educación sentimental. Distingo también a jóvenes solitarios, chicas y chicos que deambulan de una sala a otra; sospecho que algunos serán estudiantes de cine y a otros prefiero imaginarlos como simples curiosos que no saben muy bien lo que se les ha perdido allí; quizá van en busca de otros o al encuentro de sí mismos. Hay también parejas que acuden con sus hijos pequeños, y algunos empujan carritos con bebés dormidos, mecidos por las hermosas melodías de George Delerue. Unos niños se arremolinan en el suelo, frente a una pared en la que se proyecta un fragmento de Los cuatrocientos golpes (1959), mientras un joven guía trata de engatusarles con preguntas y acertijos: “¿Cuántos de vosotros habéis visto esta película?” Algunos levantan la mano tímidamente y otros permanecen en un silencio pudoroso. El guía se emplea en hacerles ver las similitudes entre las peripecias del joven protagonista, Antoine Doinel, y la infancia de su creador, François Truffaut. Al final de todo el recorrido encontraré un pequeño libro que lleva por título Truffaut para los niños y que repasa su vida de manera sucinta y entretenida. No deja de ser sorprendente y emocionante este afán por acercar el arte y la personalidad de un cineasta al mayor número de gente posible, por corresponder a un hombre que siempre aspiró a ser popular y querido a través de sus películas, aunque muchas veces esa relación con el público, así como con la prensa y la cinefilia, estuviera llena de malentendidos. La vida de Truffaut se parece más a una novela de Dickens o Balzac que a un cuento de hadas; y la personalidad y el mundo propio que nos ha legado a través de su filmografía, así como los testimonios y los numerosos archivos que van saliendo a la luz, no hacen más que enriquecer la historia y desbaratar cualquier intento de simplificación.
Serge Toubiana, director de la Cinemateca y comisario de la exposición, escribió junto a Antoine de Baecque una voluminosa biografía que se acercaba mucho a esa posible novela sobre Truffaut. Tuve la ocasión de coordinar la edición española, publicada por Plot en 2005, de esa obra repleta de detalles y revelaciones, pero sigo teniendo la sensación, como tantos otros admiradores suyos, de que hay un misterio insondable en él, algo que nunca llega a revelarse del todo y que nos hace seguir rondándole treinta años después de su muerte.



Los 400 Golpes
Aquella biografía contenía el relato de un acontecimiento fundamental en el corazón de la vida del cineasta. Truffaut en realidad era hijo de padre judío, algo que no descubrió hasta la primavera de 1968.
 Mientras toda Francia se conmocionaba con las revueltas en las calles del centro de París, el ya icónico cineasta vivía su particular revolución interior. Truffaut aprovechó el contacto que había establecido con un detective privado en calidad de asesor del guion de Besos robados (1968) para encargarle una investigación confidencial sobre la identidad y el posible paradero de su progenitor. El informe y las pesquisas pertinentes le revelaron que su verdadero padre sería un hombre llamado Roland Lévy, odontólogo de profesión y residente en la ciudad de Belfort, al noreste de Francia, donde habría ido a parar durante el tiempo de la Ocupación pocos años después de mantener una relación con su madre, a la que abandonó por razones que no están claras, tras dejarla embarazada. Truffaut quedó conmocionado por esta revelación, pero solo confesó su origen judío a unas pocas personas de su círculo más cercano. Según uno de esos testigos, Truffaut viajó a Belfort en el otoño de ese mismo año. En sus archivos privados se conserva un plano de la ciudad con el trazo meticuloso del cineasta, el camino que debía conducirle hasta su verdadero padre y al origen de muchos de sus fantasmas e inquietudes. Al parecer, una vez allí, frente al portal indicado y ante la figura de un hombre que respondía a la descripción del informe confidencial, Truffaut decidió dar media vuelta y refugiarse en un cine de la ciudad, al calor de uno de sus viejos maestros, pues el azar dictó que en ese momento se estuviera proyectando La quimera del oro (1925), de Chaplin. La escena podría pertenecer a la saga Doinel u otra película con el inconfundible sello Truffaut; pero ese gesto repentino y contradictorio funciona también como metáfora perfecta de un estilo, de una manera de ser, de toda una vida. No sería la primera vez que Truffaut encontrase refugio en una sala de cine, como tampoco sería fácil encontrar un caso tan paradigmático de alguien que haya sido salvado, literalmente y en más de una ocasión, por el cine.

Aquel secreto familiar quedará archivado ahí, pero solo aparentemente. Su madre falleció pocos meses después y no consta que llegaran a intercambiar información de este episodio crucial. Habían cortado relaciones muchos años antes, cuando se estrenó Los cuatrocientos golpes, donde Truffaut convirtió en materia cinematográfica muchos aspectos infelices de su infancia. Aquella primera película lo consagró como cineasta, pero causó una gran indignación en su madre y también en su padre adoptivo, del que había tomado el apellido. Truffaut argumentaría después que en realidad no había hecho otra cosa que dulcificar, cuando no eludir directamente, los hechos más desoladores de sus primeros años de vida. Podemos encontrar nuevas huellas, en forma de flashbacks, dentro del relato de El hombre que amaba a las mujeres (1977), donde Truffaut aprovechaba para regresar a su primera juventud con pinceladas aún más certeras. De la misma forma, podríamos mirar El último metro (1980) desde la perspectiva de la secreta filiación judía que Truffaut escondía cuando rodaba una de sus películas más exitosas y a la vez más cargada de secretos y malentendidos.
La noche americana


Desde su primera película a la última, Truffaut fue construyendo una especie de autobiografía más o menos velada a base de pequeños detalles, gestos, repeticiones, guiños y afinidades electivas. Dijo en más de una ocasión que “una película debe ser un reflejo del director y sus circunstancias”, pero la imagen que Truffaut proyectaba de sí mismo más allá de la pantalla no siempre era tan clara. Ante los ojos de una gran mayoría, Truffaut transmitía la idea de un hombre realizado y cómodamente instalado, burgués y algo conservador, no solo como cineasta sino también en cuestiones ideológicas. Sin embargo, su tendencia natural era más bien libertaria, cuando no anarquista. Se declaraba apolítico y cuestionaba el sistema, aunque estaba perfectamente al día de los cambios y movimientos sociales. Solo al final de su vida participó en una campaña, pidiendo el voto para François Mitterrand en las elecciones de 1981, porque consideraba que era necesario un cambio después de muchos años de gobiernos conservadores en Francia, pero siempre prefirió mantenerse alejado del poder, incluso cuando el poder se acercaba a él. A pesar de que su entorno habitual se decantaba hacia posiciones izquierdistas, Truffaut desconfiaba de todo tipo de compromiso hacia partidos y movimientos, a los que consideraba maniqueos. Cuando muchos de sus allegados se aprestaron a celebrar el décimo aniversario de la Revolución cubana, él se negó de manera rotunda, consciente de la falta de libertades que había en la isla, pero poco después se implicó en las manifestaciones a favor de La Cause de peuple, un periódico maoísta que había prohibido el gobierno francés, y acabó repartiendo ejemplares por la calle, junto a Jean-Paul Sartre, en señal de protesta. En su comparecencia ante los tribunales por participar en aquel acto ilegal, se justificó así: “Nunca me he dedicado a la actividad política y no soy más maoísta que pompidouista, porque me siento incapaz de sentir simpatía alguna por ningún jefe de Estado, sea el que sea. Lo que sucede es que me gustan los libros y los periódicos, y que estoy muy comprometido con la libertad de prensa y con la independencia de la justicia.” Es el mismo compromiso con la libertad que le había llevado a ser uno de los firmantes del Manifiesto de los 121, un llamamiento a favor de los soldados franceses que desertaban durante la guerra de Argelia. Aunque esto lo colocase de nuevo al lado de Sartre, en realidad Truffaut se asemejaba más a Albert Camus. Era un hombre moral antes que un hombre político, y guardaba estricta fidelidad a las personas con las que se sentía en deuda antes que a las ideas.Tampoco le importaba aparecer a un lado u otro de la línea enemiga, a ojos de los demás; quería estar allí donde era justo y necesario. Su territorio era más amplio, y había sido construido con experiencias propias, heridas profundas y sentimientos 
Farenheit 451


irrenunciables, pero también gracias a lecturas compulsivas y visionados de películas maratonianos.
Los libros constituyeron una primera forma de evasión frente a la dureza y la soledad de su infancia, su manera de aislarse de su entorno más hostil, cuando no estaba vagando por las calles o practicando diferentes formas de delincuencia. Las películas constituyeron una segunda forma de evasión, todavía más audaz, pues entraba en las salas de cine de forma clandestina, fugándose de clase o cuando lo dejaban solo en casa y aprovechaba para salir sin que lo vieran, envuelto en la angustia de ser descubierto al regresar. Los cuatrocientos golpes muestra y sacraliza algunos de estos episodios, pero, como casi siempre en Truffaut, la película esconde un trasfondo algo más oscuro, y el recuerdo íntimo de su juventud permanece teñido de negro. El París de la Ocupación en el que creció Truffaut se parece más al de algunas novelas de Patrick Modiano, de ambiente sórdido e inmoral y sin duda más ingrato que el de finales de los años cincuenta, en el que decidió ubicar las semblanzas de Antoine Doinel. Truffaut mezclaba sus pasiones literarias y cinéfilas con cartillas de racionamiento, malos tratos en casa, fugas constantes, mendicidad callejera, hurtos y detenciones. Acabó internado en un centro para menores delincuentes, y solo la intervención providencial de André Bazin permitió que saliera de allí. Bazin fue quizá el crítico de cine más importante de toda esa época, pero es aún más crucial en la vida privada de Truffaut. Se convirtió en su verdadero padre adoptivo y espiritual. Le devolvió la confianza en el ser humano y en la vida, y le dio un primer trabajo como asistente suyo, durante las sesiones de cine que organizaba en fábricas y lugares del extrarradio parisino, allí donde las películas no llegaban, acompañando las proyecciones de charlas y conferencias pedagógicas. Para entonces Truffaut ya era un joven cinéfilo sin causa; a partir del contacto con Bazin aprendió a canalizar y transmitir su pasión, encontró un lugar en el mundo y se alejó de sus tentativas más disparatadas o asociales. Bazin le animó también a escribir de las películas que veía y le dejó ocupar un lugar preferente en los Cahiers du cinémala revista que cambiaría la manera de pensar y entender el cine, esencialmente a partir del propio Truffaut. Otros escriberon de forma más teórica o rigurosa, pero no creo que ninguno haya sido tan influyente como él. En apenas dos años, entre 1953 y 1955, Truffaut revoluciona la historia del cine a través de una serie de textos fundamentales para comprender lo que todavía hoy, con todas sus tergiversaciones y malentendidos, seguimos denominando cine de autor. Suelen ser más citados sus textos de ataque contra cierta tendencia del cine francés y la “tradición de la calidad” imperante en aquel entonces, pero su verdadero legado no será el de joven turco que quiere abrirse paso, sino el del discípulo apasionado que reivindica a los maestros. Años después, él mismo reflexionaba sobre si había sido buen o mal crítico y decía: “la única certeza que tengo es que siempre estuve del lado de los que recibían pitadas”. En aquella época, eso significaba estar del lado de Abel Gance, Roberto Rossellini, Jean Renoir, Max Ophüls, Robert Bresson o Alfred Hitchcock, cineastas que hoy son considerados maestros indiscutibles, pero que entonces despreciaba gran parte de la crítica o del público. Truffaut encontró la manera de escribir sobre ellos desde la pasión más absoluta, y también cegadora. Encontraba belleza en los errores, los excesos o las tentativas frustradas de aquellos cineastas; era ahí donde percibía sus señas de identidad, lo que los hacía humanos y únicos. La Nouvelle Vague no trataba de matar a los padres, sino de encontrarlos. Solo había que sumergirse en la pantalla y habitar en aquellas películas para sentir el verdadero calor de un hogar ideal.
Las dos inglesas y el amor



Durante muchos años se ha cultivado la idea de Truffaut como un cineasta que se traicionó a sí mismo, pues empezó dictando las leyes de un cine libre y rompedor, alejado de los clichés y los convencionalismos de su época, para acabar convirtiéndose en un director académico y fácilmente asimilable. Es una idea que nace en Francia, pero que se ha ido extendiendo en diferentes espacios cinéfilos hasta convertirse casi en otro cliché que sirve para no ver más allá. En realidad Truffaut siempre fue fiel a sus pasiones, y estas son el único y verdadero hilo conductor de su obra: la pasión por los niños, por las mujeres, por la literatura y el cine, volviendo una y otra vez sobre estas mismas cosas. Se puede admitir que nunca filmó lo que se entiende por una película perfecta u obra maestra, pero es autor de varias “grandes películas enfermas”, término que inventó él mismo para hablar del Hitchcock más incomprendido, el de Marnie, la ladrona (1964), y que se puede aplicar a películas suyas como Tirad sobre el pianista (1960), La piel suave (1964), La sirena del Mississippi(1969), Las dos inglesas (1971), Diario íntimo de Adela H. (1975), La habitación verde(1978) o El último metro (1980). Había aprendido de sus maestros que todo gran cineasta elige sacrificar algo para llegar a ser verdaderamente él mismo, y que ese sacrificio muchas veces se convierte en la marca de estilo. De Truffaut podríamos decir que sacrificaba la perfección técnica: en ocasiones llegaba a parecer descuidado o incluso chapucero, pero asumía ese riesgo en busca de un sentimiento que pudiera con todo, una especie de agitación contenida que solo a veces se desbordaba, produciendo una clase de emoción única. Sus películas son como cartas escritas a mano y a la luz de una vela, irregulares, íntimas e intransferibles, con una caligrafía urgente. Cuando Truffaut se convertía en espectador de las películas de otros, lo que trataba de apreciar era “si el hombre que la hizo estaba violento, tranquilo, feliz, malhumorado”. En su caso, quería que sus películas pareciesen haber sido rodadas con cuarenta de fiebre. Quizá por eso estaban llenas de gestos repentinos, como latigazos, movimientos de cámara inesperados, cortes de plano insólitos, finales de secuencia abruptos, música excesiva pero arrebatadora. Era intransigente con el ritmo, por eso le gustaba decir que antes que desarrollar una idea en cuatro minutos prefería mostrar cuatro ideas en un minuto. No quería detenerse, aspiraba a que sus películas fueran rápidas y armoniosas, como trenes en la noche. Aun así le faltó tiempo. Sus películas lo atropellaron algunas veces y hasta se adelantaron a sus peores presagios, incluida su propia muerte.


El último metro
Truffaut es el cineasta romántico por excelencia; pero romántico en el sentido más puro o primigenio, en la línea que Isaiah Berlin le atribuía a Johann Gottfried Herder, considerado el padre de aquel movimiento: “Para ellos una obra de arte es la expresión de alguien, siempre es una voz que nos habla. Es la voz de un hombre dirigiéndose a otro hombre.” Truffaut es el cineasta que mejor ha encarnado esa idea del cine, pero más aún de la transmisión de ese amor por el cine. No es casualidad que los tres protagonistas que decidió interpretar él mismo en sus películas fueran personajes directamente relacionados con la transmisión. El doctor Itard de El pequeño salvaje (1970), el director Ferrand en La noche americana (1973) o el escritor de necrológicas Julien Davenne de La habitación verde son en realidad tres clases de maestros distintos, heterodoxos pero aplicados en ayudar a los demás, conduciéndoles si es necesario, pasándoles un testigo, transmitiendo una pasión. Nos enseñan formas de comportamientos, pero también la importancia de los gestos y los rituales, un saber estar y una forma de ser razonables. Había mucho de ellos en Truffaut, un maestro que fabricó todo tipo de filiaciones y pasiones cinéfilas, repartidas por el mundo a través de generaciones, espectadores y cineastas que lo reivindican o se sitúan directamente bajo su influencia. Se le profesa un culto alegre y sincero, también íntimo, propio de cada uno. Yo mismo participo de él, lo confieso, y por eso acudo a visitar la exposición que le consagra la Cinemateca. Rodeado de cada vez más personas que van llenando las salas según avanza el día, no puedo dejar de pensar que el tiempo corre a su favor y que la justicia poética acabará por enmendar algunas causas pendientes. Demasiadas veces escuché hablar de Truffaut en términos condescendientes, leí artículos donde se reconocía su importancia en un momento dado para luego rebajársela. Truffaut habría desempeñado un papel relevante en la iniciación al cine, pero después quedaría relegado tras otros cineastas más radicales y rompedores. Ese olvido es injusto y constituye una metáfora de nuestra mentalidad más utilitarista, como cuando nos desprendemos de objetos y personas que ya no nos sirven por mucho que nos hayan acompañado. O como cuando uno deja de escuchar a un grupo de música al que ha sido adicto por el simple hecho de que se ha hecho famoso. Los gustos pueden cambiar y evolucionar, pero uno no debe traicionar aquello que le ha sido fundamental. Es una relación parecida a la que mantenemos con nuestros padres, que no tienen por qué ser los verdaderos padres sino los que uno reconoce como tales, aquellos que nos han educado realmente, como le sucedía a Truffaut con Bazin y con tantos otros a los que fue encontrando por el camino, a los que siempre guardó fidelidad y defendió cuando fue necesario, incluso después de muertos. La frase que pronunciaba él mismo interpretando a Julien Davenne al principio de La habitación verde se convierte así en un imperativo, un dogma de fe: “Los muertos nos pertenecen si aceptamos pertenecerles a ellos.” ~



Como actor en "Encuentros Cercanos del Tercer Tipo" de Spielberg



(*) Reproducido de:  http://www.letraslibres.com/revista/convivio/truffaut-nos-pertenece

domingo, 18 de enero de 2015

¿LA HISTORIA SE REPITE?


"El pueblo se encontró por primera vez con suficiente dinero para cubrir sus necesidades básicas y comprar algunas cosas que siempre deseó, pero no podía hacerlo, porque los almacenes estaban casi vacíos. Había comenzado el desabastecimiento, que llegó a ser una pesadilla colectiva. Las mujeres se levantaban al amanecer para pararse en las interminables colas donde podían adquirir un escuálido pollo, media docena de pañales o papel higiénico. El betún para lustrar zapatos, las agujas y el café pasaron a ser artículos de lujo que se regalaban envueltos en papel de fantasía para los cumpleaños. Se produjo la angustia de la escasez, el país estaba sacudido por oleadas de rumores contradictorios que alertaban a la población sobre los productos que iban a faltar y la gente compraba lo que hubiera, sin medida, para prevenir el futuro. Se paraban en las colas sin saber lo que se estaba vendiendo, sólo para no dejar pasar la oportunidad de comprar algo, aunque no lo necesitaran. Surgieron profesionales de las colas, que por una suma razonable guardaban el puesto a otros, los vendedores de golosinas que aprovechaban el tumulto para colocar sus chucherías y los que alquilaban mantas para las largas colas nocturnas. Se desató el mercado negro. La policía trató de impedirlo, pero era como una peste que se metía por todos lados y por mucho que revisaran los carros y detuvieran a los que portaban bultos sospechosos no lo podían evitar. Hasta los niños traficaban en los patios de las escuelas. En la premura por acaparar productos, se producían confusiones y los que nunca habían  fumado terminaban pagando cualquier precio por una cajetilla de cigarros, y los que no tenían niños se peleaban por un tarro de alimento de lactantes"...

Tomado de la novela 
La casa de los espiritus de Isabel Allende, escrita en el año 1982

martes, 21 de octubre de 2014

EL PATRIOTA COOPERANTE

                                                                                                      Juan Guerrero (*)


 No existe algo que sea más degradante a la condición humana que un
individuo traicionando, delatando a un semejante. Esta oprobiosa
actitud se vivió de manera dantesca en los años de la Europa dominada
por el nacionalsocialismo o como generalmente se le ha conocido;
nazismo.
El Mariscal Pétain saluda a Hitler

Fueron tiempos terribles, momentos cuando no era posible confiar en
nadie ni mucho menos en quienes se acercaron al poder para protegerse,
adulando a sus jefes. A esos individuos se les llamó de varias
maneras: colaboracionistas, comisarios culturales o delatores.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la gran mayoría de ellos,
intelectuales, artistas, académicos o simples políticos, comerciantes
y parroquianos, fueron tomados por las turbas, linchados y colgados
entre los escombros que dejó semejante torbellino bélico.
Esa práctica del individuo transformado en agente colaboracionista de
un régimen fue adecuándose para poder sobrevivir con los nuevos
tiempos.
Los regímenes totalitarios, autoritarios y militaristas, tanto de


derecha como de izquierda, han sabido valerse de estos tristes y
grises personajes quienes, una vez ut
ilizados, son desechados como
podredumbre humana que no tiene más valor para su uso.
Los más osados han sabido encontrar protección de padrinos, quienes
les ubican casi siempre fuera, lejos del país de origen mientras el
resto es sentenciado, generalmente asesinado con tiros de gracia.
A esta gente nadie le tiene confianza ni menos respeto, pues han
vendido su honor por dinero, por un cargo público o por favores
financieros.




Casualmente el laureado Premio Nobel de Literatura 2014, Patrick
Modiano, aborda en su obra literaria la temática de los
colaboracionistas en la Francia ocupada por los ejércitos hitlerianos.
En Venezuela siempre hemos tenido estos seres grises, anodinos y
vendidos al mejor postor, sea por dinero, por cobardía o por
resentimiento, bien social o político.
El caso más emblemático fue el del marqués del Toro, quien cambiaba de
bando según la intensidad del conflicto independentista. Unas veces se
las jugó con los patriotas mientras otras, con carta de súplica ante
el mismísimo rey pidiendo clemencia, se pasaba al bando realista.
Terminó enterrado en el Panteón Nacional.



El Marqués del Toro



Ahora en la Venezuela del siglo XXI al régimen de turno le ha dado por
denominar a estos agentes del deshonor humano “patriotas cooperantes”
con pago, bono o gratificación incluida.
Varios de ellos desde hace algún tiempo, intelectuales y artistas, se
han ganado un cargo en el servicio exterior mientras otros,
fablistanes y llamados académicos, medran alrededor del régimen
esperando su mendrugo a cambio de información.
Quienes conocen a estos individuos les dicen popularmente “sapos” y
también “chupamedias”.
Triste terminar señalado por los ciudadanos decentes de un país de
manera tan deleznable. Despreciado. Es humillante para un hijo, un
nieto, saber que su padre, su abuelo se le conoce de esa manera porque
una vez inclinó la cabeza y fue débil ante el Poder.





(*) Este artículo fue censurado previamente por el "Consejo Consultivo" de El Universal, y según correo recibido de fuente confiable, el autor retiró su firma como colaborador de dicho diario. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

CÓMO Y CUÁNDO


                                            ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ (*)




Es natural que mucha gente se sienta desconcertada, sorprendida e indignada con lo que está ocurriendo en el país. No entienden por qué tanta  gente –la mitad de la población, al parecer– apoya al peor gobierno que hemos tenido a lo largo de la historia. Es inexplicable que toda esa gente no vea lo que ven los demás, la desastrosa conducción política de los últimos dieciséis años. Una gestión gubernamental que, de manera visible e imposible de ocultar, ha llevado el país a la ruina, o muy cerca de ella, de suerte que todos los graves males de la llamada cuarta república no solo se han mantenido, sino que se han agravado considerablemente. Esto es en particular notorio en algunos aspectos, como la corrupción, que hoy ha alcanzado unos niveles inauditos. Y es solo un ejemplo, mas no es el único flagelo de la actual administración pública.

Lo que sí me parece injusto es que se pretenda echar sobre los hombros del pueblo la culpa de lo que ocurre, por “aceptar” la presencia de un gobierno de tal tipo. Hay quienes dicen que el pueblo venezolano es cobarde, inmoral, irresponsable, por haber permitido la permanencia de tal gobierno sin hacer nada por quitárselo de encima.

     
                               

La historia desmiente esas apreciaciones. Quienes así opinan olvidan que el gobierno,  cualquiera que sea su signo, tiene todos los recursos para mantenerse en el poder. A partir de noviembre de 1952, cuando la dictadura pérezjimenista cometió el más grande fraude electoral que hayamos conocido, el pueblo venezolano entró en una etapa de inmovilidad ante los desmanes de la dictadura, de modo que cualquiera podría pensar que estaba conforme con ella y la apoyaba. El 1º de enero de ese año nadie sospechaba que el gobierno estaba en  dificultades, y por eso sorprendió a todo el mundo el alzamiento de la Aviación, rápidamente frustrado. Aunque todo el pueblo lo celebró en sus casas, nadie salió a apoyar a los aviadores insurrectos. Sin embargo, veintiún días después, el 21 de enero, el pueblo de Caracas –el resto del país permaneció alerta, pero en paz– se lanzó a las calles, declaró la huelga general y obligó a los militares opuestos a Pérez Jiménez a manifestarle su repudio, ante lo cual el dictador no tuvo otra salida que huir del país.

La política tiene su dinámica propia, y en ella los hechos no ocurren cuando la gente  quiere que ocurran o cree que deben ocurrir. Pero ocurren, a su debido tiempo y dentro de sus  circunstancias. Si de algo puede estar seguro el pueblo venezolano es de que un gobierno como el actual no puede durar indefinidamente. Su caída, de una u otra manera, es inevitable. Lo impredecible es cómo y cuándo.
(*) Publicado originalmente en Tal Cual. Viernes 12/9/13 


miércoles, 10 de septiembre de 2014

DE COMO ESTUVIMOS A PUNTO DE QUEDARNOS SIN DESCARTES

                             

                                                                   


No es de asombrar que se asesine a príncipes y estadistas. A
menudo hay cambios muy importantes que dependen de sus
muertes, y en vista de la eminencia en que se encuentran se
hallan particularmente expuestos a la mano de cualquier
artista a quien anime el deseo de lograr un efecto escénico.
Pero hay otra clase de asesinatos que ha prevalecido desde
comienzos del siglo diecisiete y que sí me sorprende: me
refiero al asesinato de filósofos. Señores, es un hecho que
durante los dos últimos siglos todos los filósofos eminentes
fueron asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal
punto que cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y
no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar
seguros de que no vale nada; por ejemplo, creo que una
objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera
falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo
durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a
cortársela. Como estos casos de filósofos no son muy
conocidos y, en general, los tengo por interesantes y bien
compuestos en sus detalles, procederé ahora a una digresión
sobre el tema, cuyo principal objeto será mostrar mi propia
erudición.








El primer gran filósofo del siglo diecisiete (si exceptuamos a
Bacon y Galileo) fue Descartes, y si alguna vez se dijo de
alguien que estuvo a punto de ser asesinado —a una pulgada
del asesinato— habrá que decirlo de él. La historia es la
siguiente, según la cuenta Baillet en su Vie de M. Descartes,
tomo I, págs. 102-3. En 1621, Descartes, que tenía unos
veintiséis años, se hallaba como siempre viajando (pues era
inquieto como una hiena) y al llegar al Elba, ya sea en
Gluckstadt o en Hamburgo, tomó una embarcación para
Friezland oriental. Nadie se ha enterado nunca de lo que podía
buscar en Friezland oriental y tal vez él se hiciera la misma
pregunta ya que, al llegar a Embden, decidió dirigirse al
instante a Friezland occidental, y siendo demasiado impaciente para tolerar cualquier demora alquiló una barca y contrató a unos cuantos marineros. Tan pronto habían salido al mar cuando hizo un agradable descubrimiento, al saber que se había encerrado en una guarida de asesinos. Se dio cuenta, dice M. Baillet, que su tripulación estaba formada por «des scélérats», no aficionados, señores, como lo somos nosotros,
sino profesionales cuya máxima ambición, por el momento, era degollarlo. La historia es demasiado amena para resumirla y a continuación la traduzco cuidadosamente del original francés de la biografía: 

«M. Descartes no tenía más compañía que su criado, con quien conversaba en francés. Los marineros, creyendo que se trataba de un comerciante y no de un caballero, pensaron que llevaría dinero consigo y pronto llegaron a una decisión que no era en modo alguno ventajosa para su bolsa. Entre los ladrones de mar y los ladrones de bosques hay esta diferencia, que los últimos pueden perdonar la vida a sus víctimas sin peligro para ellos, en tanto que si los otros llevan a sus pasajeros a la costa corren grave peligro de ir a parar a la cárcel. La tripulación de M. Descartes tomó sus precauciones para evitar todo riesgo de esta naturaleza. Lo suponían un extranjero venido de lejos, sin relaciones en el país, y se dijeron que nadie se daría el trabajo de averiguar su paradero cuando desapareciera «(quand il viendrait à manquer)». 
Piensen, señores, en estos perros de Friezland que hablan de un filósofo como si fuese una barrica de ron consignada a un barco de carga. 
«Notaron que era de carácter manso y paciente y, juzgándolo por la gentileza de su
comportamiento y la cortesía de su trato, se imaginaron que debía ser un joven inexperimentado, sin situación ni raíces en la vida, y concluyeron que les sería fácil quitarle la vida. No tuvieron empacho en discutir la cuestión en presencia suya
pues no creían que entendiese otro idioma además del que empleaba para hablar con su criado; como resultado de sus deliberaciones decidieron asesinarlo, arrojar sus restos al mar y dividirse el botín.»






Perdonen que me ría, caballeros, pero a decir verdad me río siempre que recuerdo esta historia, en la que hay dos cosas que me parecen muy cómicas. Una de ellas es el miedo pánico de Descartes, a quien se le debieron poner los pelos de punta, como suele decirse, ante el pequeño drama de su propia muerte, funeral, herencia y administración de bienes. Pero hay otro aspecto que me parece aún más gracioso, y es que si los mastines de Friezland hubieran estado «a la altura», no tendríamos filosofía cartesiana y, habida cuenta de la infinidad de libros que ésta ha producido, dejaré que
cualquier respetable fabricante de baúles explique cómo nos hubiera ido sin ella.





Pero sigamos adelante: a pesar de su miedo cerval,
Descartes demostró estar dispuesto a luchar y con ello
intimidó a la canalla anticartesiana. «Viendo que no se trataba
de una broma» —dice M. Baillet—, «M. Descartes se puso de
pie de un salto, adoptó una expresión severa que estos
miserables no le conocían y, dirigiéndose a ellos en su propio
idioma, los amenazó con atravesarlos de parte a parte si se atrevían a ofenderlo en lo que fuera.» Sin duda para los viles rufianes hubiese sido honor muy superior a sus méritos el quedar ensartados como pajaritos en una espada cartesiana, y me alegro que M. Descartes no cumpliera su amenaza, robándole así sus presas a la horca, sobre todo cuando pienso que, tras asesinar a la tripulación, no hubiera conseguido regresar a puerto: habría quedado navegando eternamente en el Zuyder Zee para que los marineros lo tomaran por el Holandés Errante que volvía a casa. 
«El valor que mostró M. Descartes» —dice su biógrafo— «obró como por arte de magia sobre los bribones. Lo súbito de la sorpresa los hundió en la más ciega consternación, por fortuna para él, y lo llevaron a su lugar de destino sin más molestias».
Tal vez, caballeros, crean ustedes que, siguiendo el ejemplo del discurso de César a su pobre barquero «Caesarem vehis et fortunas eius»— M. Descartes no tenía sino que decir:
 «¡Perros, no podéis cortarme la garganta, pues lleváis a Descartes y a su filosofía!», después de lo cual ya podía desafiarlos a que hicieran lo que se les antojase








Thomas De Quincey
Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes.
Literatura. Alianza Editorial. Madrid 1985
Traducción de Luis Loayza

lunes, 1 de septiembre de 2014

CARTA DE UN COLEGA QUE REGRESA


Estoy llegando de una muy sabrosa y descansada semana en el estado Sucre, sin radio, periódico ni Internet. Mi colon irritable se corrigió. No más llegando a Caracas y sometido al bombardeo informativo, comenzó la ansiedad y el colon a echar varilla.





Fuimos a una posada en el Golfo de Cariaco. El dueño y chef es un ex piloto de aviación francés, originario de la Borgoña ("los parisinos son muy antipáticos") casado con una local. Ella, además del español orientarrrrrrr,  habla francés e inglés, al igual que la hija de 11 años, la cual estudia en una escuela de Fe y Alegría en Cariaco. Son unas personas increíbles. La comida, alucinante.
Él opina: "Ésto está tan mal que no puede durar".
No es la primera vez que escucho este tipo de opinión, y llama mi atención cuando proviene de un extranjero. Su deducción es lógica, pero, ¿será que se olvidó que Cuba existe y que en este país no hay nada lógico?





Mi optimismo ya no es el mismo. El "bravo pueblo" está anestesiado y parece que ya no hay extremo, tan extremo como el hambre, que lo haga despertar.
La ignorancia nos está acabando como país y sociedad. Me atrevería a decir que en esta última fase nos hunde un pueblo retrechero que no quiere reconocer que se equivocó.
Hace poco, en la consulta privada, el esposo de una paciente, universitario de clase media baja,  después que le doy el récipe con cuatro opciones de medicación, me dice: 

- "Al principio yo creía que lo del desabastecimiento era puro cuento, pero ahora debo admitir que era un problema serio".

Puedo asegurar que éste no me va a llamar cuando no encuentre la medicación.
Parece que necesitamos un padre confesor que nos exculpe de nuestros pecados, de lado y lado, y nos reúna en una comunión por el país.
¿Reconciliación?
Pero mi corazón se pregunta:
¿Perdón sin justicia?

Saludos
M. A. A.