domingo, 18 de enero de 2015

¿LA HISTORIA SE REPITE?


"El pueblo se encontró por primera vez con suficiente dinero para cubrir sus necesidades básicas y comprar algunas cosas que siempre deseó, pero no podía hacerlo, porque los almacenes estaban casi vacíos. Había comenzado el desabastecimiento, que llegó a ser una pesadilla colectiva. Las mujeres se levantaban al amanecer para pararse en las interminables colas donde podían adquirir un escuálido pollo, media docena de pañales o papel higiénico. El betún para lustrar zapatos, las agujas y el café pasaron a ser artículos de lujo que se regalaban envueltos en papel de fantasía para los cumpleaños. Se produjo la angustia de la escasez, el país estaba sacudido por oleadas de rumores contradictorios que alertaban a la población sobre los productos que iban a faltar y la gente compraba lo que hubiera, sin medida, para prevenir el futuro. Se paraban en las colas sin saber lo que se estaba vendiendo, sólo para no dejar pasar la oportunidad de comprar algo, aunque no lo necesitaran. Surgieron profesionales de las colas, que por una suma razonable guardaban el puesto a otros, los vendedores de golosinas que aprovechaban el tumulto para colocar sus chucherías y los que alquilaban mantas para las largas colas nocturnas. Se desató el mercado negro. La policía trató de impedirlo, pero era como una peste que se metía por todos lados y por mucho que revisaran los carros y detuvieran a los que portaban bultos sospechosos no lo podían evitar. Hasta los niños traficaban en los patios de las escuelas. En la premura por acaparar productos, se producían confusiones y los que nunca habían  fumado terminaban pagando cualquier precio por una cajetilla de cigarros, y los que no tenían niños se peleaban por un tarro de alimento de lactantes"...

Tomado de la novela 
La casa de los espiritus de Isabel Allende, escrita en el año 1982

martes, 21 de octubre de 2014

EL PATRIOTA COOPERANTE

                                                                                                      Juan Guerrero (*)


 No existe algo que sea más degradante a la condición humana que un
individuo traicionando, delatando a un semejante. Esta oprobiosa
actitud se vivió de manera dantesca en los años de la Europa dominada
por el nacionalsocialismo o como generalmente se le ha conocido;
nazismo.
El Mariscal Pétain saluda a Hitler

Fueron tiempos terribles, momentos cuando no era posible confiar en
nadie ni mucho menos en quienes se acercaron al poder para protegerse,
adulando a sus jefes. A esos individuos se les llamó de varias
maneras: colaboracionistas, comisarios culturales o delatores.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial la gran mayoría de ellos,
intelectuales, artistas, académicos o simples políticos, comerciantes
y parroquianos, fueron tomados por las turbas, linchados y colgados
entre los escombros que dejó semejante torbellino bélico.
Esa práctica del individuo transformado en agente colaboracionista de
un régimen fue adecuándose para poder sobrevivir con los nuevos
tiempos.
Los regímenes totalitarios, autoritarios y militaristas, tanto de


derecha como de izquierda, han sabido valerse de estos tristes y
grises personajes quienes, una vez ut
ilizados, son desechados como
podredumbre humana que no tiene más valor para su uso.
Los más osados han sabido encontrar protección de padrinos, quienes
les ubican casi siempre fuera, lejos del país de origen mientras el
resto es sentenciado, generalmente asesinado con tiros de gracia.
A esta gente nadie le tiene confianza ni menos respeto, pues han
vendido su honor por dinero, por un cargo público o por favores
financieros.




Casualmente el laureado Premio Nobel de Literatura 2014, Patrick
Modiano, aborda en su obra literaria la temática de los
colaboracionistas en la Francia ocupada por los ejércitos hitlerianos.
En Venezuela siempre hemos tenido estos seres grises, anodinos y
vendidos al mejor postor, sea por dinero, por cobardía o por
resentimiento, bien social o político.
El caso más emblemático fue el del marqués del Toro, quien cambiaba de
bando según la intensidad del conflicto independentista. Unas veces se
las jugó con los patriotas mientras otras, con carta de súplica ante
el mismísimo rey pidiendo clemencia, se pasaba al bando realista.
Terminó enterrado en el Panteón Nacional.



El Marqués del Toro



Ahora en la Venezuela del siglo XXI al régimen de turno le ha dado por
denominar a estos agentes del deshonor humano “patriotas cooperantes”
con pago, bono o gratificación incluida.
Varios de ellos desde hace algún tiempo, intelectuales y artistas, se
han ganado un cargo en el servicio exterior mientras otros,
fablistanes y llamados académicos, medran alrededor del régimen
esperando su mendrugo a cambio de información.
Quienes conocen a estos individuos les dicen popularmente “sapos” y
también “chupamedias”.
Triste terminar señalado por los ciudadanos decentes de un país de
manera tan deleznable. Despreciado. Es humillante para un hijo, un
nieto, saber que su padre, su abuelo se le conoce de esa manera porque
una vez inclinó la cabeza y fue débil ante el Poder.





(*) Este artículo fue censurado previamente por el "Consejo Consultivo" de El Universal, y según correo recibido de fuente confiable, el autor retiró su firma como colaborador de dicho diario. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

CÓMO Y CUÁNDO


                                            ALEXIS MÁRQUEZ RODRÍGUEZ (*)




Es natural que mucha gente se sienta desconcertada, sorprendida e indignada con lo que está ocurriendo en el país. No entienden por qué tanta  gente –la mitad de la población, al parecer– apoya al peor gobierno que hemos tenido a lo largo de la historia. Es inexplicable que toda esa gente no vea lo que ven los demás, la desastrosa conducción política de los últimos dieciséis años. Una gestión gubernamental que, de manera visible e imposible de ocultar, ha llevado el país a la ruina, o muy cerca de ella, de suerte que todos los graves males de la llamada cuarta república no solo se han mantenido, sino que se han agravado considerablemente. Esto es en particular notorio en algunos aspectos, como la corrupción, que hoy ha alcanzado unos niveles inauditos. Y es solo un ejemplo, mas no es el único flagelo de la actual administración pública.

Lo que sí me parece injusto es que se pretenda echar sobre los hombros del pueblo la culpa de lo que ocurre, por “aceptar” la presencia de un gobierno de tal tipo. Hay quienes dicen que el pueblo venezolano es cobarde, inmoral, irresponsable, por haber permitido la permanencia de tal gobierno sin hacer nada por quitárselo de encima.

     
                               

La historia desmiente esas apreciaciones. Quienes así opinan olvidan que el gobierno,  cualquiera que sea su signo, tiene todos los recursos para mantenerse en el poder. A partir de noviembre de 1952, cuando la dictadura pérezjimenista cometió el más grande fraude electoral que hayamos conocido, el pueblo venezolano entró en una etapa de inmovilidad ante los desmanes de la dictadura, de modo que cualquiera podría pensar que estaba conforme con ella y la apoyaba. El 1º de enero de ese año nadie sospechaba que el gobierno estaba en  dificultades, y por eso sorprendió a todo el mundo el alzamiento de la Aviación, rápidamente frustrado. Aunque todo el pueblo lo celebró en sus casas, nadie salió a apoyar a los aviadores insurrectos. Sin embargo, veintiún días después, el 21 de enero, el pueblo de Caracas –el resto del país permaneció alerta, pero en paz– se lanzó a las calles, declaró la huelga general y obligó a los militares opuestos a Pérez Jiménez a manifestarle su repudio, ante lo cual el dictador no tuvo otra salida que huir del país.

La política tiene su dinámica propia, y en ella los hechos no ocurren cuando la gente  quiere que ocurran o cree que deben ocurrir. Pero ocurren, a su debido tiempo y dentro de sus  circunstancias. Si de algo puede estar seguro el pueblo venezolano es de que un gobierno como el actual no puede durar indefinidamente. Su caída, de una u otra manera, es inevitable. Lo impredecible es cómo y cuándo.
(*) Publicado originalmente en Tal Cual. Viernes 12/9/13 


miércoles, 10 de septiembre de 2014

DE COMO ESTUVIMOS A PUNTO DE QUEDARNOS SIN DESCARTES

                             

                                                                   


No es de asombrar que se asesine a príncipes y estadistas. A
menudo hay cambios muy importantes que dependen de sus
muertes, y en vista de la eminencia en que se encuentran se
hallan particularmente expuestos a la mano de cualquier
artista a quien anime el deseo de lograr un efecto escénico.
Pero hay otra clase de asesinatos que ha prevalecido desde
comienzos del siglo diecisiete y que sí me sorprende: me
refiero al asesinato de filósofos. Señores, es un hecho que
durante los dos últimos siglos todos los filósofos eminentes
fueron asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal
punto que cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y
no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar
seguros de que no vale nada; por ejemplo, creo que una
objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera
falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo
durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a
cortársela. Como estos casos de filósofos no son muy
conocidos y, en general, los tengo por interesantes y bien
compuestos en sus detalles, procederé ahora a una digresión
sobre el tema, cuyo principal objeto será mostrar mi propia
erudición.








El primer gran filósofo del siglo diecisiete (si exceptuamos a
Bacon y Galileo) fue Descartes, y si alguna vez se dijo de
alguien que estuvo a punto de ser asesinado —a una pulgada
del asesinato— habrá que decirlo de él. La historia es la
siguiente, según la cuenta Baillet en su Vie de M. Descartes,
tomo I, págs. 102-3. En 1621, Descartes, que tenía unos
veintiséis años, se hallaba como siempre viajando (pues era
inquieto como una hiena) y al llegar al Elba, ya sea en
Gluckstadt o en Hamburgo, tomó una embarcación para
Friezland oriental. Nadie se ha enterado nunca de lo que podía
buscar en Friezland oriental y tal vez él se hiciera la misma
pregunta ya que, al llegar a Embden, decidió dirigirse al
instante a Friezland occidental, y siendo demasiado impaciente para tolerar cualquier demora alquiló una barca y contrató a unos cuantos marineros. Tan pronto habían salido al mar cuando hizo un agradable descubrimiento, al saber que se había encerrado en una guarida de asesinos. Se dio cuenta, dice M. Baillet, que su tripulación estaba formada por «des scélérats», no aficionados, señores, como lo somos nosotros,
sino profesionales cuya máxima ambición, por el momento, era degollarlo. La historia es demasiado amena para resumirla y a continuación la traduzco cuidadosamente del original francés de la biografía: 

«M. Descartes no tenía más compañía que su criado, con quien conversaba en francés. Los marineros, creyendo que se trataba de un comerciante y no de un caballero, pensaron que llevaría dinero consigo y pronto llegaron a una decisión que no era en modo alguno ventajosa para su bolsa. Entre los ladrones de mar y los ladrones de bosques hay esta diferencia, que los últimos pueden perdonar la vida a sus víctimas sin peligro para ellos, en tanto que si los otros llevan a sus pasajeros a la costa corren grave peligro de ir a parar a la cárcel. La tripulación de M. Descartes tomó sus precauciones para evitar todo riesgo de esta naturaleza. Lo suponían un extranjero venido de lejos, sin relaciones en el país, y se dijeron que nadie se daría el trabajo de averiguar su paradero cuando desapareciera «(quand il viendrait à manquer)». 
Piensen, señores, en estos perros de Friezland que hablan de un filósofo como si fuese una barrica de ron consignada a un barco de carga. 
«Notaron que era de carácter manso y paciente y, juzgándolo por la gentileza de su
comportamiento y la cortesía de su trato, se imaginaron que debía ser un joven inexperimentado, sin situación ni raíces en la vida, y concluyeron que les sería fácil quitarle la vida. No tuvieron empacho en discutir la cuestión en presencia suya
pues no creían que entendiese otro idioma además del que empleaba para hablar con su criado; como resultado de sus deliberaciones decidieron asesinarlo, arrojar sus restos al mar y dividirse el botín.»






Perdonen que me ría, caballeros, pero a decir verdad me río siempre que recuerdo esta historia, en la que hay dos cosas que me parecen muy cómicas. Una de ellas es el miedo pánico de Descartes, a quien se le debieron poner los pelos de punta, como suele decirse, ante el pequeño drama de su propia muerte, funeral, herencia y administración de bienes. Pero hay otro aspecto que me parece aún más gracioso, y es que si los mastines de Friezland hubieran estado «a la altura», no tendríamos filosofía cartesiana y, habida cuenta de la infinidad de libros que ésta ha producido, dejaré que
cualquier respetable fabricante de baúles explique cómo nos hubiera ido sin ella.





Pero sigamos adelante: a pesar de su miedo cerval,
Descartes demostró estar dispuesto a luchar y con ello
intimidó a la canalla anticartesiana. «Viendo que no se trataba
de una broma» —dice M. Baillet—, «M. Descartes se puso de
pie de un salto, adoptó una expresión severa que estos
miserables no le conocían y, dirigiéndose a ellos en su propio
idioma, los amenazó con atravesarlos de parte a parte si se atrevían a ofenderlo en lo que fuera.» Sin duda para los viles rufianes hubiese sido honor muy superior a sus méritos el quedar ensartados como pajaritos en una espada cartesiana, y me alegro que M. Descartes no cumpliera su amenaza, robándole así sus presas a la horca, sobre todo cuando pienso que, tras asesinar a la tripulación, no hubiera conseguido regresar a puerto: habría quedado navegando eternamente en el Zuyder Zee para que los marineros lo tomaran por el Holandés Errante que volvía a casa. 
«El valor que mostró M. Descartes» —dice su biógrafo— «obró como por arte de magia sobre los bribones. Lo súbito de la sorpresa los hundió en la más ciega consternación, por fortuna para él, y lo llevaron a su lugar de destino sin más molestias».
Tal vez, caballeros, crean ustedes que, siguiendo el ejemplo del discurso de César a su pobre barquero «Caesarem vehis et fortunas eius»— M. Descartes no tenía sino que decir:
 «¡Perros, no podéis cortarme la garganta, pues lleváis a Descartes y a su filosofía!», después de lo cual ya podía desafiarlos a que hicieran lo que se les antojase








Thomas De Quincey
Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes.
Literatura. Alianza Editorial. Madrid 1985
Traducción de Luis Loayza

lunes, 1 de septiembre de 2014

CARTA DE UN COLEGA QUE REGRESA


Estoy llegando de una muy sabrosa y descansada semana en el estado Sucre, sin radio, periódico ni Internet. Mi colon irritable se corrigió. No más llegando a Caracas y sometido al bombardeo informativo, comenzó la ansiedad y el colon a echar varilla.





Fuimos a una posada en el Golfo de Cariaco. El dueño y chef es un ex piloto de aviación francés, originario de la Borgoña ("los parisinos son muy antipáticos") casado con una local. Ella, además del español orientarrrrrrr,  habla francés e inglés, al igual que la hija de 11 años, la cual estudia en una escuela de Fe y Alegría en Cariaco. Son unas personas increíbles. La comida, alucinante.
Él opina: "Ésto está tan mal que no puede durar".
No es la primera vez que escucho este tipo de opinión, y llama mi atención cuando proviene de un extranjero. Su deducción es lógica, pero, ¿será que se olvidó que Cuba existe y que en este país no hay nada lógico?





Mi optimismo ya no es el mismo. El "bravo pueblo" está anestesiado y parece que ya no hay extremo, tan extremo como el hambre, que lo haga despertar.
La ignorancia nos está acabando como país y sociedad. Me atrevería a decir que en esta última fase nos hunde un pueblo retrechero que no quiere reconocer que se equivocó.
Hace poco, en la consulta privada, el esposo de una paciente, universitario de clase media baja,  después que le doy el récipe con cuatro opciones de medicación, me dice: 

- "Al principio yo creía que lo del desabastecimiento era puro cuento, pero ahora debo admitir que era un problema serio".

Puedo asegurar que éste no me va a llamar cuando no encuentre la medicación.
Parece que necesitamos un padre confesor que nos exculpe de nuestros pecados, de lado y lado, y nos reúna en una comunión por el país.
¿Reconciliación?
Pero mi corazón se pregunta:
¿Perdón sin justicia?

Saludos
M. A. A.






domingo, 10 de agosto de 2014

LAS CARAOTAS NEGRAS Y EL HIPOTÁLAMO

                                                     Carlos Rojas Malpica (*)






Eso de que en todas partes se cuecen habas  no pasa de ser una vaga generalización que admite muchos matices. La facilidad con que se acepta el dicho entraña un peligro descomunal y poco advertido. Por estar cociendo habas los europeos de varios siglos han conocido verdaderas epidemias de fabismo. Trabajo para los médicos y dolor de tripas para los enfermos. Con ese mismo dicho se desliza ante el inadvertido un poroto maléfico conocido como “caraota negra”, que hace más estragos que una guerra en el intestino de los inocentes. Debo decir que nunca supe que pueblos inteligentes como judíos, japoneses y alemanes tuvieran en algún altar culinario a las dichosas caraotas negras.

Que las caraotas no se comen por instinto lo demuestra el comportamiento de los niños, quienes deben ser “enseñados”  a comerlas para que sólo después de mucha insistencia maternal lleguen a una relativa aceptación del grano y de su caldo.  En un comienzo, el bebé la escupe con un chasquido característico, pero algunos mas avispados, siguen el escupitajo con una sonrisa irónica. Sin embargo, algunas madres se muestran orgullosas cuando logran la perversión del gusto en sus retoños: ¡Freddy ya come caraotas!.

Nunca oí a ningún herbolario recetar la caraota. En los textos de botánica jamás se le describen propiedades medicinales, como sí sucede con el limón, la sábila, la pettiveria aliácea y tantos otros fitoterápicos. Apenas algunas madres de niños hiperkinéticos han descrito que estos mudan su inquietud en preocupante estupor después de hacerles beber el caldo del poroto. Sin embargo, el Dr. Matute logró aquietar un maníaco dándole  un destilado de caraotas con ñame.

Mientras tanto, la intoxicación aguda por caraotas se caracteriza por una severa meteorización de las vísceras huecas del tubo digestivo. El abdomen se alisa, se distiende, y al percutirlo emite un sonido timpánico. El diafragma se eleva tornando la respiración suspirosa y difícil. La facies se torna vultuosa, mientras los ojos desorbitados acompañan a la nariz en busca de más aliento. Jamás vi a nadie sonreir después de un atracón de caraotas.
Las investigaciones realizadas hasta ahora, demuestran que es la concha quitinosa del poroto la responsable de su indigeribilidad. Los gastrónomos avezados han tratado de ablandarlas en soluciones de bicarbonato, con lo que apenas logran una atenuación de los síntomas agudos. Por su parte, los gastroenterólogos, médicos al fin, actuando cuando la intoxicación ya es un hecho, indican enzimas digestivas para atacar con proteasas, lipasas y amilasas a las terribles enemigas del pobre colon humano. Como resultado, solo logran una lamentable flatulencia antisocial. El cebo para seguir comiendo las caraotas es el sabor que le añaden los aliños. Insisto en que el mejor remedio es no comerlas jamás.





El rostro de los Consumidores Crónicos de caraotas es patognomónico: la falta de brillo y salud epidérmica, con verrugas que son auténticas gemaciones en la piel, y que junto a los párpados caídos y el halo violáceo alrededor de la nariz, conforman la impresión de un crónico estupor. El resto del cuerpo refleja una hipotonía general, como una modorra coagulada en la vitalidad, con un empastamiento de las iniciativas, pérdida de la líbido, ginecomastia y atrofia adiposo genital. Todos los síntomas inducen a pensar en una disfunción tálamo-hipotalámica de respetable consideración. Investigaciones recientes han logrado demostrar que trazas de la concha quitinosa son absorbidas sin digerir y llevadas por el torrente circulatorio hasta el cerebro, donde atraviesan la barrera hematoencefálica adhiriéndose a la superficie del tálamo óptico, transformando este núcleo ovoideo de materia gris, en otra caraota dentro del cerebro, todo lo cual contraría aquel principio homeopático de similia similibus curentur. La alteración de la función trófica y hormonal del hipotálamo sería la responsable de las displasias ya descritas.




Un vaho caluroso y espeso delata en la distancia a los habituados, como una especie de ectoplasma antisocial. Los deportistas se tornan lerdos y los músicos, aunque conservan su oído musical, van perdiendo su gracejo. Los que fueron entusiastas profesores se enferman de aburrimiento vital. Puede ser pavoso para un equipo de beisbol, que un aficionado vea el juego, incluso por televisión, si antes se ha metido un atracón de caraotas o garbanzos, pues la flatulencia no va bien con el deporte.

Los resultados del tratamiento para la enfermedad crónica por caraotas negras son ciertamente discutibles. El Carminativo Carrasco logra aliviar la distensión intestinal, el Astringente Orellana y el Pectoral Matute mejoran la respiración disolviendo el rejalgar que se forma en los pulmones, pero sus efectos no son más que sintomáticos. Un conocido apotecario ha preparado el Cordial Padilla según la misma receta del Amargo de Angostura, con el cual deslíe el betún que la caraota forma en el cerebro a través de efusiones y transpiraciones de gran provecho para el intoxicado. Son los mejores resultados que la ciencia ha logrado hasta el momento.

He dicho             





(*) Valencia. Venezuela.

viernes, 1 de agosto de 2014

DOS GRANDES LECTORES


                                        RICARDO GIL OTAIZA   (*)








Leer debería representar para todos una necesidad interior, un anhelo profundo que busque llenar ese vacío que necesariamente conlleva la cotidianidad, el día a día, la repetición mecánica de actividades que llega a ser una insoportable carga anímica. El verdadero lector no se aflige por las páginas y los libros pendientes, ni busca excusas para postergar la actividad, como quien escurre el bulto frente a una pesada tarea escolar. Nada de eso.  El lector de veras asume el proceso de la lectura como parte de su ser; como esa energía que es inherente a la vida misma y no se puede dudar entre hacerla o dejarla para otro día.

La lectura se convierte entonces en parte de nosotros mismos; en una representación de aquello que somos y ante lo cual no existe vacilación ni extravío.  La historia de la literatura nos presenta extraordinarios de casos de lectores que han dejado su aliento en las páginas de los libros, que han hecho de la relación con el texto un binomio, una dupla perfecta, hasta alcanzar cimas elevadas de completud intelectual y espiritual sin las que no podrían definirse como tales. Borges es en este sentido el lector por antonomasia; el lector voraz que estableció con los libros una empatía más allá de lo terreno hasta profundizar en el plano de lo metafísico. Borges y la lectura (o el libro) son, por decirlo de alguna manera, una misma cuestión, una misma esencia; una individualidad sólo escindida por la compleja postura  intelectual ante lo leído, que implicó  hasta su muerte, eso sí, su única distancia. 





Borges era sus libros y sus lecturas y jamás pudo comprender su existencia más allá de las páginas y de la letra impresa; traducida luego en lectura a medida en que fue perdiendo la visión hasta quedar completamente ciego (cuestión que le venía de familia ya que su padre perdió la visión en la edad madura). Y esta realidad la comprendieron todos quienes formaron parte de su círculo íntimo, de su mundo de relaciones, y no osaron desvincular jamás esa amalgama perfecta dada entre un lector puro y su razón de ser libresca, porque hubiese sido sencillamente impensable, inaudito en una personalidad como la de Borges: fundida, entendida, sopesada y sojuzgada desde la lectura y el libro.

Tal fue la realidad borgeana en el hogar, que Leonor, la inefable Leonor (su madre) se erigió en complemento, en apoyo para la pasión libresca del hijo, en lectora contumaz, en crítico, en analista de sus textos, en factor desencadenante de sus demonios internos que lo impulsaron siempre a ser como fue: una inteligencia prodigiosa entregada por entero a la palabra. Fany, su mucama, también ayudó mucho en esto, y hasta Beppo, su gato siamés, solía dormir en el regazo del escritor mientras su amo se perdía en los insondables senderos de la literatura. Toda la estancia que por muchos años constituyó el hogar de Borges giraba en torno al libro, y a las posibilidades de acceso que el esteta podía tener a ellos desde cualquier ángulo: desde el ininteligible concierto de sombras que llegó a vivir mucho antes de la vejez.

Como buen borgeano que fue, Augusto Monterroso hizo del libro y la lectura su mundo de relación. Tan profunda llegó a ser la pasión de este genial guatemalteco por los libros, que alguna vez, en una de sus brillantes (y temidas) ocurrencias, llegó a afirmar que lo único que le acontecía era los libros. Hablar de Monterroso es hacerlo de libros y de palabras, porque su periplo vital giró en torno a las letras; ese fue su verdadero y único mundo, y eso lo hizo grande a pesar de su disminuida corporeidad; cuestión que en su juventud fue tal vez un inconveniente, pero que en plena adultez, sostenido por la fuerza inconmensurable de la palabra y de las lecturas, se transformó de pronto en risible anécdota.







Tan consustanciales llegaron a ser los libros en la existencia de Augusto Monterroso, que le ayudaron a paliar los normales temores que a todas las personas nos abaten frente a las oscuras circunstancias del vivir. Cuenta que el escritor viajaba en los aviones abrazado a un voluminoso diccionario de filosofía, que era tan grande como su propia humanidad. Eso sin olvidar que en su juventud trabajó en una carnicería y en los tiempos libres, cuando no había clientes, se arrinconaba a devorar los clásicos hasta que fue pillado por el dueño, quien en lugar de echarlo de su trabajo supo reconocer su "extravío" y lo recompensó obsequiándole importantes libros, que a decir del autor enriquecieron su pasión lectora y lo sacaron de la tinieblas de la ignorancia hasta hacer de él un consagrado escritor autodidacto; un gigante de la palabra escrita.















@GilOtaiza

(*) Publicado en EL UNIVERSAL
viernes 1 de agosto de 2014  12:00 am