En la entrada de mi blog Mi colcha de retazos del 23 de noviembre de 2011, titulada WILLIAM FAULKNER: EL GRANJERO EN VENEZUELA, mencionaba entonces la imposibilidad de acceder al texto original de este cuento o novela corta de William Faulkner. Posteriormente, como lo aclaré en un post-scriptum, este deseo se hizo realidad. Gracias a los buenos oficios de la Licenciada Oriana Efigenia Pérez hoy puedo transcribir la versión digital, publicada en el portal Literatura.us, con algunas modificaciones.

Pete y yo bajábamos
a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena,
a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del
Viejo Killegrew, y la escuchábamos porque la mujer del Viejo Killegrew estaba
sorda como una tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el volumen que la
podía poner, y por eso Pete y yo la escuchábamos igual de bien o mejor que la
mujer del Viejo Killegrew, o a mí me lo parece, pese a estar allí de pie,
fuera, con la ventana cerrada.
Y aquella noche le dije:
— ¿Cómo? ¿Japoneses? ¿Y qué es una bahía de
perla? [1]
Y Pete me dijo que me callara.
Y así que allí nos quedamos, y vaya si
hacía frío, escuchando hablar al tipo de la radio, sólo que para mí aquello no
tenía ni pies ni cabeza. El tipo de la radio dijo entonces que no habría más noticias
hasta pasado un rato, y Pete y yo volvimos caminando hasta casa, y Pete me
explicó de qué iba todo aquello. Porque él ya frisaba los veinte y había terminado
de estudiar en el colegio de la Concentración Escolar el mes de junio anterior
y sabía que no veas si sabía: me contó que los japoneses habían tirado bombas
en Pearl Harbor y que Pearl Harbor estaba al otro lado del charco.
—¿Al otro lado del charco? —dije—. ¿Al otro
lado del embalse del Gobierno que hay en Oxford?
—Qué va —dijo Pete—. Al otro lado del
charco grande. El océano Pacífico.
Nos fuimos para casa. Mamá y papá ya se
habían ido a la cama, y Pete y yo nos fuimos a la cama, y yo seguía sin
entender dónde estaba aquello, y Pete me volvió a decir que era el Océano
Pacífico.
—Pero… ¿a ti qué te pasa? —dijo Pete—. Vas
para nueve años. Estás en el colegio desde septiembre. ¿O es que no has
aprendido nada aún?
—Pues es que aún no hemos llegado tan
lejos, no hemos llegado al Océano Pacífico aún —dije.
Todavía estábamos sembrando las algarrobas
que tendrían que haber estado plantadas ya mediado noviembre, porque papá
todavía iba muy atrasado en todo, como lo estuvo siempre, desde que Pete y yo
lo conocimos.[2] Y además, nos quedaba la leña por llevar a casa, pero todas
las noches Pete y yo nos largábamos a la casa del Viejo Killegrew y nos
plantábamos ante la ventana de su salón para escuchar su radio; luego nos
volvíamos a casa y nos tumbábamos en la cama y Pete me contaba de qué iba todo
aquello. Mejor dicho, durante un rato me lo contaba. Luego ya no me contaba
nada. Era como si no quisiera hablar más de todo aquello. Me decía que me
callara la boca de una vez porque tenía ganas de dormirse, pero es que nunca
tenía ganas de dormirse.
Se quedaba tumbado, hecho un montón más
quieto que si estuviera dormido, y algo había, yo bien que se lo notaba, casi
como si estuviera furioso conmigo, sólo que bien sabía yo que no estaba
pensando en mí, sino que era más bien como si estuviera preocupado por algo,
pero tampoco era eso, pues nunca tuvo de qué preocuparse. Nunca se retrasaba,
como papá, y menos aún tuvo atrasos tan grandes.
Papá le dio diez acres cuando su graduación
en el colegio de la Concentración Escolar, y Pete y yo calculamos los dos que
papá en el fondo se alegró que no veas de quitarse de encima por lo menos diez
acres, menos preocupaciones para él; Pete sembró los diez acres de algarroba y
luego los labró bien y dejó los surcos bien trazados para el invierno, así que
no podía ser eso.
Pero algo tenía que ser. Y con eso y con
todo allá que nos íbamos todas las noches a la casa del Viejo Killegrew a
escuchar su radio, y allá que andaban entonces en las Filipinas, aunque el
general MacArthur los aguantaba aún.[3] Y luego nos volvíamos a la casa y nos
tumbábamos en la cama y Pete no me contaba nada, no me hablaba de nada. Se
quedaba tumbado y tan quieto como si estuviera emboscado, y cuando yo lo
tocaba, en el costado o en la pierna, lo encontraba tan duro y tan quieto como
el hierro, y así era hasta que pasado un rato me dormía yo.
Una noche, y fue la primera vez en que no
me dijo nada, además de regañarme por no haber cortado leña suficiente en el
tocón donde teníamos el hacha, me dijo:
—Me tengo que marchar.
—¿Marchar? ¿Adónde? —le dije.
—A esa guerra —dijo Pete.
—¿Antes de terminar de traer la leña a
casa?
—Al infierno se puede ir la leña —dijo
Pete.
—Pues muy bien —dije—. ¿Cuándo nos ponemos
en marcha?
Sólo que él ni siquiera me estaba
escuchando. Allí seguía tumbado, duro y quieto como el hierro, a oscuras.
—Me tengo que marchar —dijo—. Es que no voy
a permitir yo que nadie trate de esa forma a los Estados Unidos.
—Sí —dije—. Con leña o sin leña, a mí me
parece que nos tenemos que marchar.
Esta vez yo creo que sí me oyó. Seguía
tumbado y muy quieto, aunque estaba quieto de otra forma.
— ¿Tú? —dijo—. ¿A una guerra?
—Pues claro. Tú te cargas a los grandes y
yo me cargo a los pequeños —dije.
Entonces me dijo que yo no podía ir. Al
principio pensé que, en el fondo, nunca quiso que yo fuese perdiendo el culo
detrás de él, tal como nunca me permitió ir con él cuando rondaba a las hijas
de Tull. Luego me dijo que en el ejército no me lo permitirían porque aún era
muy chico, y entonces sí supe que lo había dicho en serio, y que eso quería
decir que yo no podía ir de ninguna de las maneras, no señor. Y no sé por qué
no se lo quise creer y tampoco me creí que se fuese él, o no hasta ese momento,
pero es que en ese momento supe que sí que se iba, como supe que sin mí no se
iba a marchar.
—Pues entonces ya cortaré yo la leña para
todos ustedes, ya les llevaré el agua —dije—. ¡Leña y agua tienen que llevar!
Da lo mismo, porque entonces sí me estaba
escuchando. Ya no era como el hierro.
Se volvió de costado y me puso la mano en
el pecho, porque era yo el que estaba tendido boca arriba y bien tieso.
—No —dijo—. Tú te tienes que quedar y
ayudar a papá.
— ¿Ayudarle? ¿En qué? —dije—. Si nunca se
va a poner al día, no hay manera… Es imposible que vaya más atrasado de lo que
va. Seguro que puede él hacerse cargo del terruño que tiene mientras tú y yo
nos cargamos a los japos. Yo también tengo que ir. Si tú tienes que ir, yo
tengo que ir también.
—No —dijo Pete—. Anda, calla. Cállate —y
me di cuenta de que hablaba en serio, sí señor. Me aseguré al oírlo de sus propios labios.
E hice como que no insistía, diciendo:
—Así que no puedo ir… —dije.
—No —dijo Pete—. Tú no puedes ir. Para
empezar, aún estás muy chiquito, y es que además…
—Está bien, está bien —dije—.
—Entonces te callas la
boca y me dejas que me duerma, ¿eh?
Así que se quedó callado y se volvió a
tumbar boca arriba. Y yo seguí tumbado como si estuviera dormido, y no tardó en dormirse y supe que eran sus ganas de ir a la guerra lo que
tanto le había preocupado, lo que no le dejaba dormir, y que ahora que había
resuelto ir a la guerra ya no tenía preocupación ninguna.
A la mañana siguiente se lo dijo a mamá y a
papá. A mamá no le pasó nada. Sólo lloró.
—No —dijo llorando—. No quiero que vaya.
Antes querría ir yo en su lugar, si es que pudiera. Yo no quiero salvar al
país. Por mí, que lo conquisten y se lo queden esos japoneses, si es que
quieren, mientras a mi familia y a mis hijos y a mí nos dejen en paz. Pero me
acuerdo de mi hermano Marsh en aquella otra guerra. Él tuvo que ir a aquella
otra guerra y eso que no había cumplido ni diecinueve años, y nuestra madre no
lo pudo entender en su día, como tampoco ahora lo entiendo yo. Pero mi madre a
Marsh le dijo que si tenía que ir pues tenía que ir. Así que si Pete tiene que
ir a ésta, pues será que tiene que ir. Pero a mí que no me pidan que entienda
el porqué.
En cambio papá dio en el clavo. Por algo
era el hombre.
—¿A la guerra? —dijo—. Pues vaya, yo en eso
no veo ninguna utilidad. Tú aún no tienes edad para alistarte, y el país, que
yo sepa, no lo han invadido. Nuestro presidente, en Washington, D. C., está
atento a las condiciones y ya nos notificará las cosas cuando haga falta.
Además, en esa otra guerra de la que tu madre acaba de hablar, a mí me
reclutaron y con la misma me mandaron a Texas y allí me tuvieron ocho meses
hasta que por fin terminaron los combates. A mí me parece que eso, con lo de tu
tío Marsh, que se llevó una herida de verdad en los campos de combate de
Francia, es para mí y los míos más que suficiente si hemos tenido obligación de
proteger al país, al menos mientras yo viva. Y, por otra parte, ¿a quién le
pido yo ayuda con los cultivos cuando tú te hayas ido, eh? A mí me parece que
así voy a ir atrasado de verdad.
—Tú has ido atrasado desde que yo alcanzo a
recordar —dijo Pete—. De todos modos, me marcho. Me tengo que marchar.
—Pues claro que se tiene que marchar
—dije—. Esos japos…
— ¡Tú te callas la boca! —dijo mamá
llorando—. ¡Contigo no habla nadie! Ve a traerme un buen montón de leña. Eso sí
que lo puedes hacer.
Así que fui a buscar la leña. Y durante todo
el día siguiente, mientras Pete y papá y yo trajimos toda la leña que nos fue
posible traer en el poco tiempo que tuvimos, porque ya dijo Pete que para papá
tener leña de sobra era tener sólo una astilla más pegada a la pared, una
astilla que mamá aún no hubiera echado al fuego, mamá fue preparando las cosas
para que Pete se marchase. Le lavó y le remendó la ropa y le preparó una
lonchera con algo de comer. Y esa noche Pete y yo nos tumbamos en la cama y la
oímos empacar sus cosas en la maleta y la oímos llorar a la vez, hasta que
pasado un rato Pete se levantó y volvió con ella, y los oí hablar a los dos,
hasta que por fin oí a mamá decir:
—Tú tienes que ir, así que yo quiero que
vayas. Pero yo no lo entiendo, y nunca lo entenderé, así que no cuentes con que
lo entienda.
Y Pete volvió a acostarse otra vez y otra
vez se quedó muy quieto y duro como el hierro, boca arriba, y entonces de
pronto dijo, y no me lo dijo a mí, porque lo dijo como si no hablase con nadie:
«Me tengo que marchar, eso es todo: sólo me tengo que marchar».
—Pues claro que tienes que marchar —dije—.
Esos japos…
Se volvió de pronto con dureza, como si de
pronto se hubiera puesto firme de costado, mirándome a oscuras.
—Da lo mismo, porque tienes razón —dijo—.
Supuse que iba a tener más complicaciones contigo que con todos los demás
juntos.
—Supongo que eso no tiene remedio —dije—.
Pero a lo mejor la cosa dura unos años más y me da tiempo a ir. A lo mejor un
día me ves a tu lado.
—Espero que no —dijo Pete—. Nadie va a la
guerra a pasar un buen rato. Nadie deja a su mamá llorando por pasar un buen
rato.
—Entonces, ¿tú a qué vas? —dije.
—Yo tengo que ir —dijo—. No me queda más
remedio. Ahora duérmete, anda. Mañana temprano tengo que coger el autobús.
—Entendido —dije—. Me han dicho que Memphis
es muy grande. ¿Cómo sabrás dónde encontrar el ejército?
—Ya le preguntaré a alguien dónde alistarme
—dijo Pete—. Ahora duérmete.
— ¿Y es eso lo que vas a preguntar, dónde
alistarte en el ejército? —dije.
—Sí —dijo Pete. Se volvió de nuevo boca
arriba—. Cállate de una vez y duérmete.
Nos dormimos. A la mañana siguiente
desayunamos con la luz del candil porque el autobús pasaba a las seis en punto.
Mamá ya no lloraba. Sólo parecía enojada y ajetreada sirviendo el desayuno
mientras nos lo zampábamos. Entonces terminó de empaquetar la maleta de Pete,
por más que no quiso él llevarse ninguna maleta a la guerra, aunque mamá dijo
que las personas decentes nunca van a ninguna parte, ni siquiera a una guerra,
sin una muda de repuesto y algo en lo que llevarla. Metió dentro la lonchera,
que era poco más que una caja de zapatos, con pollo frito y galletas saladas, y
de paso le metió en la maleta una Biblia, y llegó la hora de marchar. Hasta ese
momento no supimos que mamá no pensaba ir a la parada del autobús. Sólo trajo
el abrigo y la gorra de Pete, y eso que aún no había vuelto a llorar; se quedó
con las manos sobre los hombros de Pete y sin moverse, aunque no sé cómo, y
sólo por su manera de sujetar a Pete por los hombros, parecía haberse
endurecido, parecía tan fiera como Pete cuando se volvió hacia mí la noche
anterior en la cama y me dijo que a pesar de todo tenía yo razón.
—Por mí, que se queden con el país, que se lo
cojan si quieren mientras no nos molesten ni a mí ni a los míos —dijo. Y
dijo—: No te olvides de quién eres. No eres rico. El resto del mundo, más allá
de Frenchman’s Bend, nunca ha oído hablar de ti. Pero tienes una sangre tan
buena como la que más, eso que no se te olvide nunca.
Entonces le dio un beso y él salió de la
casa, aunque fue papá quien llevaba la maleta de Pete, sin importarle que Pete
la quisiera llevar o no. No amanecía aún, no amaneció siquiera cuando
llevábamos un rato en la carretera, al lado del buzón. Vimos entonces los faros
del autobús que se acercaba y miré el autobús hasta que llegó a donde estábamos
y Pete le hizo una señal, y entonces desde luego que había empezado a clarear,
amaneció mientras yo no estaba pendiente. Y entonces Pete y yo contamos con que
papá dijera alguna bobada, como ya dijo antes, lo de que el tío Marsh salió
herido de Francia y lo de aquel viaje a Texas que hizo papá en 1918, y que
tendría que haber sido suficiente para salvar a los Estados Unidos en 1942,
pero no fue así. Lo hizo muy bien.
—Adiós, hijo mío —dijo—. Nunca te olvides
de lo que dijo tu madre, y escríbele cuando tengas tiempo.
Estrechó a Pete la mano y Pete me miró unos
momentos y me plantó la mano en la cabeza y me restregó el pelo tan fuerte que
por poco me arranca la cabeza de cuajo y subió de un salto al autobús, y el
tipo que iba en el autobús cerró la puerta y el autobús empezó a zumbar
primero, a bambolearse después, zumbando y rechinando y chirriando cada vez más
fuerte; cogió velocidad, las dos lucecitas rojas de detrás que nunca parecía
que se fueran a empequeñecer más, que parecían correr juntas hasta que muy
pronto se tocasen y fueran una sola luz. Pero no se llegaron a juntar, y
desapareció el autobús y allí mismo podría haberme echado a llorar, a pesar de
que ya tenía casi nueve años y todo.

Papá y yo volvimos a casa. Todo el día lo pasamos trabajando en el árbol del bosque, cortando leña, así que nunca tuve ocasión hasta
mediada la tarde. Entonces cogí el tirachinas y me hubiera gustado coger todos
los huevos de la colección, porque Pete me había regalado la suya y me ayudó a
reunir la mía, y le gustaba sacar la caja y mirarlos todos tanto como a mí, por
más que casi tuviera veinte años. Pero la caja era demasiado grande para
llevársela durante un trecho largo y encima andar preocupado por ella, así que
sólo me llevé el huevo de garza azul, porque era el mejor de todos, y lo
envolví muy bien dentro de una caja de cerillas y la escondí con el tirachinas
en un rincón del granero. Luego cenamos y nos fuimos a la cama, y entonces me
paré a pensar en que si tenía que quedarme en aquella habitación y en aquella
cama, así fuese una sola noche más, no habría sabido cómo. Luego oí roncar a
papá, pero a mamá no le oí hacer ningún ruido, tanto si dormía como si no, y no
me pareció que durmiese. Así que tomé mis zapatos y los saqué por la ventana y
luego salté como vi hacer a Pete más de una vez, cuando aún tenía sólo
diecisiete y papá decía que era demasiado joven para andar toda la noche
rondando a las chicas, y no le dejaba salir, y me calcé los zapatos y fui al
granero y recogí el tirachinas y el huevo de garza azul y me eché a la
carretera.
Frío no hacía, pero la noche estaba más
negra que nunca, y aquella carretera se extendía delante de mí como si al no
usarla nadie se fuese a estirar hasta ser el doble de larga, como se estira uno
al tumbarse, así que durante un buen rato pareció que cuando saliera el sol a
mi espalda me iba a pillar mucho antes de haber recorrido las veintidós millas
que me quedaban hasta Jefferson. Pero no fue así. Asomaba el amanecer cuando
subía por la cuesta a la ciudad. Me llegó el olor de los desayunos que se
cocinaban en las cabañas y ojalá, me dije, se me hubiera ocurrido llevarme una
galleta, pero para eso ya era tarde. Y Pete me había dicho que hasta Memphis
quedaba un buen trecho después de pasar Jefferson, aunque nunca supe que era
tanto, pues eran ochenta millas. Allí me quedé en una plaza desierta, a la vez
que amanecía y las farolas de la calle aún estaban encendidas, con uno de la
Ley que me miraba y aún ochenta millas por delante hasta llegar a Memphis, y me
había costado toda la noche andar sólo las veintidós millas hasta Jefferson,
así que cuando llegara a Memphis a ese paso Pete ya se habría marchado a Pearl
Harbor.
— ¿Tú de dónde vienes? —me dijo el de la
Ley.
Y se lo tuve que decir otra vez.
—He de llegar a Memphis. Allí está mi
hermano.
— ¿Quieres decir que no tienes familia
aquí? —dijo el de la Ley—. ¿Nada más que tienes a ese hermano? ¿Y qué estás
haciendo tú tan lejos si tu hermano está en Memphis?
Y se lo tuve que decir otra vez.
—He de llegar a Memphis. No tengo tiempo
que perder en chácharas y no tengo tiempo para ir andando. He de llegar hoy
mismo.
—Ven para acá —dijo el de la Ley.
Fuimos por otra calle. Y allí estaba el
autobús, igualito al que tomó Pete ayer por la mañana, sólo que no tenía ningún
faro encendido y no había nadie dentro. Había una estación de autobuses normal
y corriente, como la estación del tren, con una ventanilla donde vendían los
billetes.
—Tú siéntate ahí —dijo el de la Ley, así
que me senté en el banco—. Necesito usar el teléfono —dijo, y habló por
teléfono un minuto—. No lo pierda de vista —le dijo al tipo que estaba en la
ventanilla—. Volveré en cuanto la señora Habersham se pueda levantar y esté
arreglada para salir a la calle.
Y se fue. Yo fui a la ventanilla en que se
vendían los billetes.
—Quiero ir a Memphis —dije.
—Cómo no —dijo el tipo—. Pero ahora te
sientas en ese banco. El señor Foote volverá enseguidita.
—No conozco yo a ningún señor Foote —dije—.
Lo que quiero es tomar el autobús a Memphis.
— ¿Y tienes dinero? —dijo—. Te lo digo
porque te va a costar setenta y dos centavos.
Saqué la caja de cerillas y desenvolví el
huevo de garza azul.
—Se lo cambio por un billete a Memphis
—dije.
— ¿Qué es eso? —dijo el tipo.
—Es un huevo de garza azul —dije—. ¿Nunca
ha visto uno? Vale por lo menos un dólar, pero me conformo con setenta y dos
centavos.
—No —dijo—, los dueños del autobús insisten
en que se pague en efectivo. Si empezara yo a cambiar billetes de autobús por
huevos de colorines o por animales vivos y demás, me despedirían seguro. Anda,
ve a sentarte en ese banco, como dijo el señor Foote.
Me dirigí hacia la puerta, pero me alcanzó:
puso una mano en el mostrador de la ventanilla y lo salvó de un salto y me
atrapó y estiró la mano para sujetarme por la camisa. Saqué mi navaja de
bolsillo y la abrí.
—Como me ponga una mano encima se la corto
—dije.
Traté de esquivarlo echando a correr hacia la puerta, pero él se movió más deprisa que ningún otro hombre
adulto que haya visto yo, casi tan deprisa como Pete. Me cortó el paso y se
plantó de espaldas a la puerta y con un pie un poco levantado, y no había otra
manera de salir.
—Vuelve a sentarte en ese banco y quédate
quieto —dijo.
Y no había otra manera de salir. Y se quedó
plantado de espaldas a la puerta. Así que me volví al banco. Y entonces me
pareció que la estación estaba llena de gente. Allí estaba otra vez el de la
Ley, y dos señoras con abrigos de pieles y las caras ya pintadas. Pero aún
parecía que se hubiesen levantado deprisa y corriendo y que no les había hecho
ninguna gracia, una vieja y una joven que me miraban sin quitarme los ojos de
encima.
— ¡Si ni siquiera lleva un abrigo! —dijo la
vieja—. ¿Cómo es posible que haya llegado aquí él solito?
—Eso me pregunto yo —dijo el de la Ley—. No
he podido sacarle nada en claro, quitando que su hermano está en Memphis y que
quiere llegar allá.
—Eso es —dije—. He de llegar a Memphis hoy
mismo.
—Claro que sí —dijo la vieja—. ¿Y estás
seguro de que sabrás encontrar a tu hermano cuando llegues a Memphis?
—Pues digo yo que sí —dije—. No tengo más
que uno, y lo conozco de toda la vida. Supongo que lo sabré reconocer cuando lo
vea.
La vieja me miró de hito en hito.
—No sé por qué, pero me da que éste no vive
en Memphis —dijo.
—Es probable que no —dijo el de la Ley—.
Pero eso no hay quien lo sepa de seguro. Podría vivir en cualquier parte, con
ese overol que lleva. En esta época y a esta hora estos niños se
esparcen por todos lados con la esperanza de encontrar un desayuno gratis, lo
mismo da que sean chicos o chicas. Se largan casi antes de aprender a andar del
todo bien. Y, por lo que se sabe, éste ayer mismo podría haber estado en
Missouri o en Texas. En cambio, no parece que tenga dudas de que su hermano
está en Memphis. A mí lo único que se me ocurre es mandarlo allá y que lo
busque como pueda.
—Pues sí —dijo la vieja.
La joven se acomodó en el banco, a mi lado,
y abrió el bolso de mano y sacó una pluma artomática
y unos papeles.
—Mira, guapo —dijo la vieja—, vamos a
ocuparnos nosotras de que encuentres a tu hermano, pero antes nos hace falta la
historia del caso para nuestros archivos. Queremos que nos digas cómo te llamas
y cómo se llama tu hermano y dónde has nacido y cuándo murieron tus padres.
—A mí no me hace ninguna falta la historia
del caso —dije—. Yo sólo quiero llegar a Memphis. He de llegar hoy.
— ¿Lo ven? —dijo el de la Ley, y lo dijo
casi como si lo disfrutara—. Es justo lo que les dije.
—Por cierto que ha tenido suerte, señora
Habersham —dijo el tipo de los autobuses—. No creo que lleve una pistola
encima, pero saca la navaja y la abre como un jod… quiero decir que la saca y
la abre muy deprisa, eso es.
Pero la vieja siguió allí plantada,
mirándome.
—En fin —dijo—. La verdad es que no sé qué
hacer.
—Yo sí —dijo el de los autobuses—. Le voy a
pagar el billete de mi bolsillo; es una medida para proteger a esta compañía de
un posible motín y de todo derramamiento de sangre. Y cuando el señor Foote lo
comunique en el ayuntamiento, se tomará por un asunto cívico y no sólo me han
de reembolsar el gasto, sino que además me pondrán una medalla. ¿No le parece,
señor Foote?
Pero nadie le prestó la menor atención. La
vieja seguía mirándome como si nada.
—En fin —volvió a decir. Y sacó un dólar
del bolso y se lo dio al tipo de los autobuses.
—Supongo que viaja con billete infantil,
¿no?
—Verá, señora… —dijo el de los autobuses—.
La verdad es que no sé qué dice el reglamento. Lo más probable es que me
despidan por no haberlo embalado y por no haber indicado en el embalaje que
contiene veneno. Pero estoy dispuesto a correr el riesgo.
Entonces se marcharon y el de la Ley volvió
con un sandwich para mí.
— ¿Estás seguro de que sabrás encontrar a
ese hermano tuyo? —preguntó.
—Todavía no veo por qué no lo iba a
encontrar —dije—. Si no veo yo a Pete, seguro que él me verá a mí. Él también
me conoce.
Entonces el de la Ley se marchó de una vez
por todas y me zampé el sandwich. Empezó a llegar más gente, viajeros que
compraron sus billetes, y el tipo de los autobuses dijo entonces que era hora
de arrancar, así que monté en el autobús igual que había hecho Pete, y así nos
marchamos.
He visto todos los pueblos, los he visto
todos. Cuando el autobús fue cogiendo velocidad, descubrí que estaba
derrengado, muerto de sueño. Pero había muchas cosas que nunca había visto.
Salimos de Jefferson y pasamos por campos y bosques y entramos en otro pueblo y
salimos de él y volvimos a pasar por campos y bosques, y entramos en otro
pueblo en donde había almacenes y desmotadoras de algodón y depósitos de agua,
y recorrimos un buen trecho junto a las vías del tren y vi moverse el brazo de
las señales para avisar al maquinista, y luego vi el tren y vi más pueblos, y a
punto estaba de caerme rendido de sueño, pero no me quise arriesgar. Y al cabo
empezó Memphis. A mí me pareció que Memphis durase muchas millas seguidas.
Pasamos por un trecho de tiendas y pensé que sin duda tenía que ser allí y me
pregunté si el autobús no iba a parar. Pero aquello no era todavía Memphis, y
aún habíamos de pasar por más depósitos de agua y por chimeneas y fábricas, y
si hubo desmotadoras de algodón y serrerías nunca supe yo que fueran tantas y
nunca las vi tan grandes, y tampoco se me alcanza a saber de dónde sacarán
tanto algodón y tantos troncos para que unas y otras funcionen sin parar.
Entonces veo Memphis. Esta vez supe que no
me podía equivocar. Estaba elevada en el aire. Parecía una docena de veces
mayor que Jefferson, que está pegada a la linde de los campos, y estaba elevada
en el aire, más alta que todos los cerros que hay en el condado de
Yoknapatawpha. Llegamos entonces, el autobús se paraba a cada tanto, o me lo
pareció, y los coches lo adelantaban por un costado y por el otro, y la calle
estaba ese día llena de gente por todas partes, tanto que pensé hasta que no
podía quedar ni un alma en Mississippi, ni siquiera para venderme un billete de
autobús, ni menos aún para ponerse a escribir la historia de un caso.
Entonces se paró el autobús. Era otra
estación de autobuses, sólo que mucho mayor que la de Jefferson.
—Bien—dije—. ¿Dónde se alista uno en el
ejército?
— ¿Cómo? —dijo el tipo del autobús.
Y se lo dije otra vez.
— ¿Dónde se alista uno en el ejército?
—Ah —dijo. Y me explicó cómo llegar. Al
principio me dio miedo no enterarme de lo que tenía que hacer en una ciudad tan
grande como Memphis. Pero me enteré a la primera. Sólo tuve que volver a
preguntar dos veces. Entonces llegué, y me alegré un montón al no verme más en
medio de los coches que pasaban a todo trapo y de la gente que empujaba por la
calle y de todo ese follón y ahorrármelo un buen rato, y pensé que mucho ya no
podía faltar, y pensé que si allí había un montón de gente que ya se había
alistado en el ejército, era casi seguro que Pete me vería antes de que lo
viera yo. Y así entré en una sala. Y Pete no estaba allí.
Allí
no estaba. Había un soldado que tenía una flecha grande en la manga, un soldado
que estaba escribiendo, y dos tipos delante de él, y allí había más tipos, o a
mí me lo pareció. Me parece recordar que allí había bastantes más tipos.
Me acerqué a la mesa en la que estaba
escribiendo el soldado.
— ¿Dónde está Pete? —le dije, y él me
miró—. Mi hermano —le dije—. Pete Grier. ¿Dónde está?
— ¿Cómo? —dijo el soldado—. ¿Quién dices?
Y se lo volví a contar.
—Ayer mismito se alistó en el ejército. Se
marcha a Pearl Harbor. Y yo también. Lo que quiero es dar con él. ¿Dónde lo han
metido, si se puede saber? —todos me estaban mirando, pero a mí me dio lo
mismo—. Vamos, hombre —dije—. ¿Dónde está?
El soldado había dejado de escribir. Había
apoyado las dos manos sobre la mesa.
—Ah, ya —dijo—. Tú también vas, ¿eh?
—Sí —dije—. Allí habrá que llevar leña y
agua. Yo me encargo de cortar la leña y de llevar el agua. Vamos, ¿dónde está
Pete?
El soldado se puso en pie.
— ¿A ti quién te ha dejado entrar aquí?
—dijo—. Anda, lárgate.
—Mierda —dije—. He dicho que me digas dónde
está Pete…
A mí que me cuelguen si no se movió aún más
deprisa que el tipo del autobús. No saltó por encima de la mesa, sino que le
dio la vuelta, pero estaba encima de mí casi antes de que me diera cuenta, así
que tiempo tuve de echarme atrás y sacar la navaja de bolsillo y abrirla de un
golpe y tirarle un tajo, y él dio un alarido y retrocedió de un salto y se
sujetó una mano con la otra y se quedó soltando maldiciones y alaridos.
Uno de los otros tipos que estaban allí me
sujetó por la espalda, y le tiré un tajo con la navaja, pero no lo pude
alcanzar. Luego eran dos los que me sujetaban por la espalda, y otro soldado
apareció por una puerta. Llevaba un cinto con una correa por el hombro.
— ¿Qué demonios está pasando aquí? —dijo.
— ¡Este pequeño hijo de la gran me ha
soltado un navajazo! —gritó el primer soldado.
Cuando lo dijo, intenté irme otra vez a por
él, pero me sujetaban otros dos por la espalda, dos contra uno, y el soldado
con la correa al hombro me habló entonces.
—Calma, calma. Deja en paz esa navaja,
muchacho. Aquí ninguno vamos armados. Y un hombre hecho y derecho no se lía a
navajazos con hombres que van sin armas —sólo entonces empecé a oír lo que me
decía. Hablaba igualito que cuando me hablaba Pete—. Suéltenlo —dijo. Me
soltaron—. Y ahora… ¿se puede saber a qué viene todo esto? —y se lo conté—. Ya
entiendo —dijo—. Y tú has venido a ver si estaba bien antes de marcharse.
—No —dije—. He venido a…
Pero él ya se había vuelto al primer
soldado, que se estaba envolviendo la mano con un pañuelo.
— ¿Lo tienes? —dijo. El primer soldado
volvió a la mesa y miró unos papeles.
—Aquí está —dijo—. Se alistó ayer mismito.
Está destinado a un destacamento que esta mañana sale para Little Rock —llevaba
un reloj de correa en la muñeca. Lo miró—. El tren sale dentro de cincuenta
minutos. Si no conozco mal a los chicos del campo, me apuesto cualquier cosa a
que ahora están ya todos en la estación.
—Que lo traigan aquí —dijo el de la correa
al hombro—. Llamen por teléfono a la estación. Que el mozo de turno le busque un
taxi. Y tú ven conmigo —dijo.
Pasamos a otro despacho detrás del primero,
con una mesa y unas sillas. Allí nos sentamos mientras el soldado fumaba, pero
no fue mucho rato; supe que eran los pasos de Pete nada más oírlos. Entonces el
primer soldado abrió la puerta y entró Pete. No se había puesto ninguna ropa de
soldado. Tenía la misma pinta que cuando montó en el autobús el día anterior,
sólo que a mí me pareció que hubiera pasado por lo menos una semana entera,
porque habían pasado muchas cosas, y era mucho lo que había viajado yo. Entró
en el despacho y allí se quedó mirándome como si no se hubiese marchado de
casa, sólo que estaba allí y aquello era Memphis y ya estaba en camino a Pearl
Harbor.
— ¿Qué carajo estás haciendo aquí? —dijo.
Y se lo dije.
—Tendrán que llevar leña y agua para hacer
la comida, digo yo. Yo me encargo de cortar leña y de llevarles agua a todos.
—No —dijo Pete—. Tú ya te estás volviendo a
casa.
—No, Pete —le dije—. Yo también tengo que
ir. Es que tengo que ir. Se me parte el corazón, Pete.
—No —dijo Pete. Miró al soldado—. Ni
hablar. Teniente, no entiendo qué le puede haber pasado —dijo—. Nunca había
sacado la navaja delante de nadie, nunca en su vida —me miró—. ¿Se puede saber
para qué lo has hecho?
—No lo sé —dije—. Tuve que hacerlo. Tenía
que llegar aquí como fuera. Tenía que encontrarte.
—Bien, pues que no se te ocurra hacerlo
nunca más, ¿me oyes? —dijo Pete—. Te guardas la navaja en el bolsillo y la
dejas bien guardada. Como me entere de que la sacas alguna vez contra alguien,
vuelvo de dondequiera que esté y te quito a pescozones las ganas de sacarla.
¿Me has oído?
—Le cortaría el pescuezo a quien fuese si
así pudiera lograr que volvieras y te quedaras —dije—. Pete —dije—. Pete…
—No —dijo Pete. No lo dijo con dureza en la
voz, no lo dijo deprisa; casi lo dijo en voz baja, y entonces sí supe que nunca
le haría cambiar—. Tienes que volver a casa. Tienes que cuidar de mamá, y
también cuento contigo para que me cuides mis diez acres de terreno. Quiero que
vuelvas a casa y que vuelvas hoy mismo. ¿Me has oído?
—Te he oído —dije.
— ¿Podrá volver a casa por sus propios
medios? —dijo el soldado.
—Ha venido por sus propios medios —dijo
Pete.
—Digo yo que sí podré volver —dije—. No
vivo más que en una casa, y no creo que me la hayan cambiado de sitio.
Pete sacó un dólar del bolsillo y me lo
dio.
—Con eso te puedes pagar el pasaje del
autobús que te dejará delante del buzón de casa —dijo—. Quiero que hagas caso
de lo que te diga el teniente. Él se encarga de mandarte al autobús. Y tú te
vuelves derechito a casa y te ocupas de cuidar a mamá y de cuidarme mis diez
acres de tierra, y todo con la dichosa navaja bien guardadita en el bolsillo. ¿Me
has oído?
—Sí, Pete —dije.
—De acuerdo —dijo Pete—. Ahora me tengo que
ir.
Otra vez me puso la mano en la cabeza,
aunque esta vez no estuvo a punto de arrancármela de cuajo. Sólo dejó la mano
encima de mi cabeza durante un minuto. Y a mí que me cuelguen si no se agachó a
darme un beso, y luego oí sus pasos y oí la puerta sin levantar nunca los ojos,
y eso fue todo, allí me quedé sentado, frotándome el sitio en que Pete me dio
un beso, y el soldado apartó la silla de la mesa y se levantó a mirar por la
ventana y tosió. Se metió la mano en el bolsillo y me dio algo sin darse la
vuelta a mirarme. Era un trozo de chicle.
—Muy agradecido —dije—. En fin, pues digo
yo que ya va siendo hora de volver. Me queda un trecho largo.
—Espera —dijo el soldado. Volvió entonces a
llamar por teléfono y le dije otra vez que más me valía ponerme en camino—.
Espera. No te olvides de lo que te ha dicho Pete.
Así que esperamos, y entonces vino otra
señora, otra señora también vieja, y también con abrigo de pieles, aunque tenía
muy buen olor y no sacó ninguna pluma artomática
ni dijo nada de la historia del caso. Cuando entró en el despacho se puso en
pie el soldado, y ella miró en derredor hasta que me vio, y vino a ponerme la
mano sobre el hombro con la misma ligereza y suavidad con que lo hubiera hecho
mamá.
—Vamos —dijo—. Vámonos a casa a comer algo.
—No, ni hablar —le dije—. Tengo que coger
el autobús a Jefferson.
—Ya lo sé, pero tenemos tiempo de sobra.
Primero iremos a casa a comer algo.
La señora tenía un carro. Y en un visto y
no visto estuvimos en medio de todos los demás carros. Estuvimos casi debajo de
los autobuses, y todo el gentío que andaba por las calles se acercó tanto que
podría haberme puesto a hablar con cualquiera si hubiese sabido quiénes eran.
Al cabo de un rato la señora paró el carro.
—Ya estamos —dijo, y miré aquello, y si
todo aquello era su casa, muy grande tenía que ser su familia. Pero no todo era
su casa. Pasamos por un vestíbulo en el que había árboles plantados y entramos
en un cuartito donde no había más que un negro que llevaba un uniforme mucho
más brillante que los de los soldados, y el negro cerró la puerta y yo di un
alarido.
— ¡Cuidado! —y me agarré, pero allí no
pasaba nada; todo el cuartito no hacía más que subir a toda caña, y luego se
abrió la puerta y salimos a otro vestíbulo y la señora abrió una puerta con
llave y entramos y allí había otro soldado, un tipo ya mayor, también con una
correa al hombro, y con un pájaro plateado en cada hombro.
—Ya estamos —dijo la señora—. Te presento
al coronel McKellogg. Bueno. ¿Qué quieres para comer?
—Pues yo creo que me conformo con unos
huevos con jamón y un poco de café —dije.
Ella ya había agarrado el teléfono, pero se
quedó quieta de pronto.
— ¿Café? —dijo—. ¿Desde cuándo has empezado
tú a tomar café?
—Pues no lo sé —dije—. Supongo que fue
antes de que me alcance la memoria.
—Tú tienes unos ocho años, ¿no? —dijo.
—Qué va —dije—. Tengo ocho y diez meses.
Para once meses.
Entonces llamó por teléfono. Allí nos
sentamos y les conté que Pete se había marchado aquella misma mañana a Pearl
Harbor, y que yo había hecho todo lo posible por ir con él, pero que tenía que
volverme a casa para cuidar de mamá y atender los diez acres de tierra que
tenía Pete, y la señora contó que tenían un hijo más o menos como yo, pero que
estaba en un colegio en la Costa Este. Entonces apareció un negro distinto del
de antes, con una especie de chaqué de faldón corto, empujando una especie de
carrito. En el carrito estaban mis huevos con jamón y un vaso de leche y un pedazo de torta, y me pareció que tenía hambre, pero nada más probar el primer
bocado me di cuenta de que no podía tragar, así que me levanté muy rápido.
—Me tengo que ir —dije.
—Espera —dijo ella.
—Me tengo que ir —dije.
—Sólo un momento —dijo—. Ya he llamado para
pedir un auto. No tardará nada. ¿No te puedes tomar la leche al menos? ¿O es
que prefieres el café?
—Ni hablar —dije—. Es que no tengo hambre.
Ya comeré algo cuando llegue a casa.
Entonces sonó el teléfono, pero ella ni lo
cogió.
—Ya está —dijo—. Ha llegado el auto.
Y volvimos abajo en el cuartico que se
movía con el negro todo uniformado. Esta vez era un carro grande que manejaba un soldado. Yo me senté delante, con él. Ella le dio un dólar al soldado.
—A lo mejor le entra el hambre —dijo la
señora—. Intente encontrarle un buen sitio.
—Entendido, señora McKellogg —dijo el
soldado.
Y nos marchamos otra vez. Y entonces vi muy
bien todo Memphis, que brillaba con la luz del sol, mientras dábamos vueltas
por la ciudad. Y sin tiempo para darme cuenta del todo volvimos a estar en la
misma carretera por la que había rodado el autobús aquella mañana, los trechos
con tiendas, almacenes, las grandes desmotadoras y las serrerías, y Memphis se
extendía a lo largo de millas y más millas, o a mí me lo pareció, antes de que
empezara a terminarse. Entonces viajamos entre los campos y los bosques, el
carro a más velocidad, y quitando aquel soldado fue como si nunca hubiera ido
de veras a Memphis. Íbamos muy deprisa. A ese paso, antes de que me diera
cuenta íbamos a llegar a casa, y pensé en cómo llegaría a Frenchman’s Bend en
un carrazo enorme, con un soldado al volante, y de repente me eché a llorar. Ni
cuenta me di de que me iba a pasar, y tampoco lo pude impedir. Seguí sentado
junto al soldado, llorando. Íbamos muy deprisa.
William Faulkner
(1897-1962)
Dos soldados
“Two Soldiers”
Originalmente publicado en Saturday Evening Post, CCXIV (28 de
marzo de 1942).
Collected Stories (1950)
Notas de la traducción:
[1]
[1] Bahía de perla, entiende el pequeño de los hermanos Grier al oír por la
radio la noticia del ataque japonés contra la base naval de Pearl Harbor, en la
isla de Oahu, Hawai, el domingo 7 de diciembre de 1941. Es el acontecimiento
que provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El
narrador del cuento, como el del que lo sigue en esta primera sección, es un
chiquillo típico del medio rural, un «tipo al que admiro —dice Faulkner— no
sólo por ser un chiquillo… sino por ser un auténtico americano y un individuo
independiente y valeroso, de buen fondo y buen corazón»; lo aclara en una carta
a su agente, Harold Ober, que en mayo de 1944 comunicó a Faulkner que una
emisora de radio estaba deseosa de hacer una adaptación radiofónica (Selected
Letters, p. 184). En otra de sus cartas añade la aclaración de que es
«una especie de Huck Finn» (Ibíd., p. 123).
[2] La algarroba es una legumbre que se planta en Misisipi después de la
cosecha, para renovar el nitrógeno de la tierra, que se ara en primavera antes
de plantar el cultivo de valor comercial.
[3] La noticia data de finales de diciembre de 1941: a finales de mes los
japoneses ocuparon Manila y Douglas MacArthur tuvo que abandonar las islas con
su famoso «volveré». En 1942 fue nombrado comandante de la región del Pacífico
Suroccidental y retomó las islas Filipinas en octubre de 1944. MacArthur volvió
a Manila en 1945.