jueves, 20 de octubre de 2016

UNAMUNO Y MILLÁN ASTRAY

                                                             FRAGMENTO DE  UN TEXTO DE HUGH THOMAS











“... Otro hecho notable que conmovió las líneas de batalla fue el cambio de actitud de los más eminentes intelectuales de la España anterior a la guerra. En su mayor parte se encontraban en la España republicana al ocurrir el alzamiento. Firmaron un manifiesto en el que se pedía apoyo para la República. Las firmas de este manifiesto incluían las del médico y biógrafo doctor Marañón, el embajador y novelista Pérez de Ayala, el historiador Menéndez Pidal, y el prolífico escritor y filósofo José Ortega y Gasset. Sin embargo, el efecto de las atrocidades republicanas y de la creciente influencia de los comunistas hizo que estos hombres, que habían tenido una parte tan importante en la creación de la República en 1931, aprovecharan cualquier oportunidad que tuvieran a su alcance para marchar al extranjero. Una vez allí, retiraron su apoyo a la República. 
Un camino enteramente contrario fue el seguido por el filósofo vasco Miguel de Unamuno, autor de “El sentImiento trágico de la vida” y portaestandarte de la generación del 98. Como rector de la Universidad de Salamanca, se encontró al principio de la guerra civil en territorio nacionalista. Todavía el 15 de Septiembre, continuaba apoyando el movimiento nacionalista en su “lucha por la civilización contra la tiranía”. Pero el 12 de Octubre había cambiado. En esta fecha, día de la Fiesta de la Raza, se celebró una gran ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. Estaba presente el obispo de Salamanca, se encontraba allí el gobernador civil, Asistía la señora de Franco. Y también el general Millán Astray. En la presidencia estaba Unamuno, rector de la Universidad. Después de las formalidades iniciales, Millán Astray atacó violentamente a Cataluña y a las provincias vascas, describiéndolas como “cánceres en el cuerpo de la nación. El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos”. Desde el fondo del paraninfo, una voz gritó el lema de Millán Astray: “Viva la muerte”. Millán Astray dio a continuación los habituales gritos excitadores del pueblo: “¡España!”, gritó. Automáticamente, cierto número de personas contestaron: “Una “. “¡España!”, volvió a gritar Millán Astray. “¡Grande!”, replicó su auditorio, todavía algo remiso. Y al grito final de “¡España!” de Millán Astray, contestaron sus seguidores “¡Libre!”. Algunos falangistas, con sus camisas azules, saludaron con el saludo fascista al inevitable retrato sepia de Franco que colgaba de la pared sobre la silla presidencial. Todos los ojos estaban fijos en Unamuno, que se levantó lentamente y dijo: 
-“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso – por llamarlo de algún modo – del general Millán Astray que se encuentra entre nosotros. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo – y aquí Unamuno señaló al tembloroso prelado que se encontraba a su lado – lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona”. Se detuvo. En la sala se había extendido un temeroso silencio. Jamás se había pronunciado discurso similar en la España nacionalista. ¿Qué iría a decir a continuación el rector? “Pero ahora – continuó Unamuno – acabo de oír el necrófilo e insensato grito, “Viva la muerte”. Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo como se multiplican los mutilados a su alrededor.” En este momento, Millán Astray no se pudo detener por más tiempo, y gritó: “¡Abajo la inteligencia!” ¡Viva la muerte!”, clamoreado por los falangistas. Pero Unamuno continuó: “Este es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.” 
Siguió una larga pausa. Luego con un valiente gesto, el catedrático de derecho canónico salió a un lado de Unamuno y la señora de Franco al otro. Pero esta fue la última clase de Unamuno. En adelante, el rector permaneció arrestado en su domicilio. Sin duda hubiera sido encarcelado, si los nacionalistas no hubieran temido las consecuencias de tal hecho. Unamuno moría con el corazón roto de pena el último día de 1936.” 



Hugh Thomas. La Guerra Civil Española. Ruedo Ibérico

jueves, 13 de octubre de 2016

LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO



De acuerdo a la información que trae EL PAÍS, el Premio Nobel de Literatura de 2016 ha sido adjudicado a Bob Dylan. Es sorprendente que  la Academia Sueca se haya atrevido a dar ese salto cualitativo en lo que ella consideró "Literatura". La noticia ha sido recibida con actitudes encontradas. La controversia no se ha hecho esperar entre los admiradores y los críticos. Sin pretender dirimir la polémica ni querer convertirme en experto en la materia, pertenezco a una generación que celebró con Bob Dylan y Joan Baez el ingreso del buen gusto y el talento en los textos de la canción popular de los años sesenta y lo que siguió más adelante entre nosotros con Joan Manuel Serrat cantando los textos de Antonio Machado y Miguel Hernández, superando la barrera absurda entre lo popular y lo culto, como hace siglos lo había hecho François Villon


The Times They Are a changing

Come gather around people
Wherever you roam
And admit that the waters
Around you have grown
And accept it that soon
You'll be drenched to the bone
If your time to you
Is worth savin'
Then you better start swimming
Or you'll sink like a stone
For the times they are a-changing
Come writers and critics
Who prophesize with your pen
And keep your eyes wide
The chance won't come again
And don't speak too soon
For the wheel's still in spin
And there's no telling who
That it's naming
For the loser now
Will be later to win
For the times they are a-changing
Come senators, congressmen
Please heed the call
Don't stand in the doorway
Don't block up the hall
For he that gets hurt
Will be he who has stalled
There's a battle outside
And it is raging
It'll soon shake your windows
And rattle your walls
For the times they are a-changing
Come mothers and fathers
Throughout the land
And don't criticize
What you can't understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly aging
Please get out of the new one
If you can't lend your hand
For the times they are a-changing
The line it is drawn
The curse it is cast
The slow one now
Will later be fast
As the present now
Will later be past
The order is
Rapidly fading
And the first one now
Will later be last
For the times they are a changing



 Los tiempos están cambiando
Vamos, gente, reunámonos
donde quiera que se encuentren
y admitan que las aguas
de su alrededor han crecido,
y acepten que pronto
estarán calados hasta los huesos.
Si el tiempo es para ustedes algo que
merece la pena conservar,
entonces mejor que comiencen a nadar,
o ustedes se hundirán como una piedra,
porque los tiempos están cambiando.
Vamos, escritores y críticos,
que profetizan con sus plumas,
mantengan los ojos abiertos,
la oportunidad no se repetirá.
Y no hablen demasiado pronto,
porque la ruleta todavía está girando.
Y nadie puede decir
quién es el designado.
Porque el ahora perdedor,
será el que gane después.
Porque los tiempos están cambiando. 
Vamos, senadores y congresistas
por favor, presten atención a la llamada 
no se queden en la puerta 
no bloqueen la entrada 
porque el que salga herido 
será el que se quedó atascado. 
Hay una batalla ahí fuera 
y es atroz.
Pronto sacudirá sus ventanas,
y hará vibrar sus paredes,
porque los tiempos están cambiando.
Vamos, madres y padres
de toda la tierra,
y no critiquen
lo que no pueden entender.
Sus hijos e hijas
están más allá de su dominio.
El viejo camino está
envejeciendo rápidamente.
Por favor, salgan del nuevo
si no pueden echar una mano,
porque los tiempos están cambiando
La línea está trazada,
la maldición lanzada.
El que ahora es lento,
luego será rápido.
Así como el presente
será luego pasado
el orden está
gastándose rápidamente
y el que ahora es el primero,
será después el último,
porque los tiempos están cambiando




Traducción al español europeo

Reuníos a mí alrededor gente,
por donde quiera que vaguéis,
y admitid que las aguas
de vuestro alrededor han crecido,
y aceptad que pronto
estaréis calados hasta los huesos.
Si el tiempo es para vosotros algo que
merece la pena conservar,
entonces mejor que empecéis a nadar,
u os hundiréis como una piedra,
porque los tiempos están cambiando.
Vamos, escritores y críticos,
que profetizáis con vuestras plumas,
mantened los ojos abiertos,
la oportunidad no se repetirá.
Y no habléis demasiado pronto,
porque la ruleta todavía está girando.
Y nadie puede decir
quien es el designado.
Porque el ahora perdedor,
será el que gane después.
Porque los tiempos están cambiando.
Vamos, senadores y congresistas,
por favor presten atención a la llamada.
No se queden en la puerta,
no bloqueen la entrada.
Porque el que salga herido,
será el que se quedó atascado.
Hay una batalla ahí fuera,
y es atroz.
Pronto sacudirá vuestras ventanas,
y hará vibrar vuestras paredes,
porque los tiempos están cambiando.
Vamos, madres y padres
de toda la tierra,
y no critiquéis
lo que no podéis entender.
Vuestros hijos e hijas
están más allá de vuestro dominio.
Vuestro viejo camino está
envejeciendo rápidamente.
Por favor, salid del nuevo
si no podéis echar una mano,
porque los tiempos están cambiando
La línea está trazada,
la maldición lanzada.
El que ahora es lento,
luego será rápido.
Como el presente
será luego pasado.
El orden está destiñéndose rápidamente.
Y el que ahora es el primero,
será después el último,
porque los tiempos están cambiando





miércoles, 12 de octubre de 2016

SALUTACIÓN DEL OPTIMISTA


Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, 
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!
Porque llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede el olvido, retrocede engañada la muerte;
se anuncia un reino nuevo, feliz sibila sueña
y en la caja pandórica, de que tantas desgracias surgieron
encontramos de súbito, talismánica, pura, rïente,
cual pudiera decirla en su verso Virgilio divino,
la divina reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
Pálidas indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a perpetuo presidio condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis al salir del sol en un triunfo de liras,
mientras dos continentes, abonados de huesos gloriosos,
del Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al orbe: la alta virtud resucita
que a la hispana progenie hizo dueña de siglos.
Abominad la boca que predice desgracias eternas,
abominad los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad las manos que apedrean las ruinas ilustres,
o que la tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la inminencia de algo fatal hoy conmueve la Tierra;
fuertes colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se inicia como vasto social cataclismo
sobre la faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no despiertan entonces en el tronco del roble gigante
bajo el cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que el alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo,
ni entre momias y piedras reina que habita el sepulcro,
la nación generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que tras los mares en que yace sepultada la Atlántida,
tiene su coro de vástagos altos, robustos y fuertes.
Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos;
formen todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los soplos agrarios de primaverales retornos
y el amor de espigas que inició la labor triptolémica.
Un continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina estirpe verá la gran alba futura:
en un trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea Esperanza la visión permanente en nosotros.
¡Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!
Rubén Darío

viernes, 2 de septiembre de 2016

EL BEETHOVEN DE CADA DÍA

Conozco pocos libros de lectura tan amena como la de estos Cuadernos de Conversación de Beethoven, que el eminente musicólogo francés J. G. Proudhomme acaba de presentarnos, en su totalidad, en una excelente edición crítica. Como es sabido, a partir de 1818 la sordera del autor de la Novena Sinfonía fue absoluta. De nada servía ya al compositor el auxilio de aparatos acústicos. Así, fue necesario que llevara siempre en los bolsillos algún cuaderno o libreta, en los cuales sus amigos e interlocutores pudieran escribir, en cualquier momento, lo que tuvieran que decirle. Esto dio un total de 137 cuadernos que nos informan, día a día, de la vida de Beethoven, entre los años 1819 y 1827, de una manera en cierto modo indirecta, ya que nos muestran las respuestas que se hacen a sus preguntas, las noticias que se le dan, amén de comentarios en torno a sus ideas, referencias a obras musicales y literarias que le interesaban, etc. 



Esto, como bien lo dice el recopilador, “a manera de una conversación telefónica de la que sólo pudiéramos oír una voz”. A veces, empero, Beethoven expresa por escrito ciertas opiniones que fuera mejor comunicar discretamente a un interlocutor, toma notas de tipo musical, hace confidencias, apunta al título de un libro, y su gran presencia queda afirmada, así, en un quebrado que es una constante información sobre sus gustos, su modo de vivir, sus aficiones y adversiones, ya que sus contertulios habituales le hablan – como es natural – de cosas susceptibles de serle gratas o interesantes, cuando no responden concretamente a sus preguntas.

El resultado de esto es tan apasionante como una novela, ya que vemos vivir en torno al gran hombre todo un mundo intelectual vienés, en uno de los momentos más agitados del siglo XIX. En la peña de Beethoven, que se reunía en los deliciosos cafés y tabernas de “El Cisne Blanco”, “El Camello Negro”, “El Erizo Encarnado”, “La Ciudad de Trieste” – catándose muy buenos vinos, y alabándose atrevidamente a las mujeres bonitas que pasaban –, el pensamiento era liberal. Se aborrecía la Santa Alianza, y se estaba con los hombres que obligarían a Fernando VII a restablecer la Constitución de 1812. En 1823, la formación del ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis, por iniciativa de Luis XVIII, para intervenir en España, llena de indignación a los comensales de Beethoven. Uno de sus amigos más íntimos le dice: “Me parece que nosotros, los europeos, estamos en franco retroceso, y que ha llegado la hora en que América habrá de elevarse a la cultura. Las circunstancias actuales justifican todas las aspiraciones de América (Latina) a la independencia”. Estas palabras demuestran muy claramente que, más de una vez, el nombre de Bolívar había sonado en aquellas conversaciones.

Lo curioso es que, ante los acontecimientos, el hombre que hubiera tachado tan rabiosamente la dedicatoria a Napoleón de la “Sinfonía Heroica” al saber que iba a ceñirse la corona imperial, no ve ya al Corso con los mismos ojos en 1820.  Su íntimo amigo Peters, en un diálogo que no parece hallar objeciones por parte del compositor, le dice: “Si Napoleón regresara hoy, tendría una mejor acogida. Como alemán he sido su mayor enemigo; pero lo he perdonado, en vista de todo lo que ocurre.  Su palabra dominaba la época. Tenía el sentido del arte y de la ciencia, y aborrecía las tinieblas… Los hijos de la Revolución y el espíritu de su tiempo exigían un hombre así”… Más adelante se sabe que un compositor, amigo de Beethoven, ha sido encargado de componer una misa para el ex emperador, cautivo en Santa Elena. “Usted debería escribirle un himno”, aconseja Peters. Otro comensal, apasionado por los acontecimientos que entonces se desarrollaban en el Nuevo Mundo, le señala el magnífico asunto para una ópera que sería la llegada de Penn a América, y la fundación de Pensilvania…



Y todo esto en un catar de vinos finos, cerveza de Ratisbona, mostos del Rhin; en un constante banquete de ostras venecianas, faisanes de Bohemia, ocas de Pomerania, anguilas, salchichas, patos asados, que nos restituye un Beethoven singularmente voluptuoso, conversador, humano,  bien distinto del eterno torturado que algunos se empeñan en ver en él.


                                                     Alejo Carpentier




Publicado por el autor en El Nacional el 29 de abril de 1952 en su columna Letra y Solfa.   Reproducido de la edición del libro con el mismo título compilado y editado por el Profesor Alexis Márquez Rodríguez con prólogo suyo del 1° de mayo de 1975. Síntesis Dosmil. Colección Rescate. Caracas 1975. Páginas 136-138



jueves, 14 de julio de 2016

DOS SOLDADOS

En la entrada de mi blog Mi colcha de retazos del 23 de noviembre de 2011, titulada WILLIAM FAULKNER: EL GRANJERO EN VENEZUELAmencionaba entonces la imposibilidad de acceder al texto original de este cuento o novela corta de William Faulkner. Posteriormente, como lo aclaré en un post-scriptum, este deseo se hizo realidad. Gracias a los buenos oficios de la Licenciada Oriana Efigenia Pérez hoy  puedo transcribir la versión digital, publicada en el portal Literatura.us, con algunas modificaciones. 



Pete y yo bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y la escuchábamos porque la mujer del Viejo Killegrew estaba sorda como una tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el volumen que la podía poner, y por eso Pete y yo la escuchábamos igual de bien o mejor que la mujer del Viejo Killegrew, o a mí me lo parece, pese a estar allí de pie, fuera, con la ventana cerrada.
      Y aquella noche le dije:
      — ¿Cómo? ¿Japoneses? ¿Y qué es una bahía de perla? [1]
      Y Pete me dijo que me callara.
      Y así que allí nos quedamos, y vaya si hacía frío, escuchando hablar al tipo de la radio, sólo que para mí aquello no tenía ni pies ni cabeza. El tipo de la radio dijo entonces que no habría más noticias hasta pasado un rato, y Pete y yo volvimos caminando hasta casa, y Pete me explicó de qué iba todo aquello. Porque él ya frisaba los veinte y había terminado de estudiar en el colegio de la Concentración Escolar el mes de junio anterior y sabía que no veas si sabía: me contó que los japoneses habían tirado bombas en Pearl Harbor y que Pearl Harbor estaba al otro lado del charco.
      —¿Al otro lado del charco? —dije—. ¿Al otro lado del embalse del Gobierno que hay en Oxford?
      —Qué va —dijo Pete—. Al otro lado del charco grande. El océano Pacífico.
      Nos fuimos para casa. Mamá y papá ya se habían ido a la cama, y Pete y yo nos fuimos a la cama, y yo seguía sin entender dónde estaba aquello, y Pete me volvió a decir que era el Océano Pacífico.
      —Pero… ¿a ti qué te pasa? —dijo Pete—. Vas para nueve años. Estás en el colegio desde septiembre. ¿O es que no has aprendido nada aún?
      —Pues es que aún no hemos llegado tan lejos, no hemos llegado al Océano Pacífico aún —dije.
      Todavía estábamos sembrando las algarrobas que tendrían que haber estado plantadas ya mediado noviembre, porque papá todavía iba muy atrasado en todo, como lo estuvo siempre, desde que Pete y yo lo conocimos.[2] Y además, nos quedaba la leña por llevar a casa, pero todas las noches Pete y yo nos largábamos a la casa del Viejo Killegrew y nos plantábamos ante la ventana de su salón para escuchar su radio; luego nos volvíamos a casa y nos tumbábamos en la cama y Pete me contaba de qué iba todo aquello. Mejor dicho, durante un rato me lo contaba. Luego ya no me contaba nada. Era como si no quisiera hablar más de todo aquello. Me decía que me callara la boca de una vez porque tenía ganas de dormirse, pero es que nunca tenía ganas de dormirse.
      Se quedaba tumbado, hecho un montón más quieto que si estuviera dormido, y algo había, yo bien que se lo notaba, casi como si estuviera furioso conmigo, sólo que bien sabía yo que no estaba pensando en mí, sino que era más bien como si estuviera preocupado por algo, pero tampoco era eso, pues nunca tuvo de qué preocuparse. Nunca se retrasaba, como papá, y menos aún tuvo atrasos tan grandes.
      Papá le dio diez acres cuando su graduación en el colegio de la Concentración Escolar, y Pete y yo calculamos los dos que papá en el fondo se alegró que no veas de quitarse de encima por lo menos diez acres, menos preocupaciones para él; Pete sembró los diez acres de algarroba y luego los labró bien y dejó los surcos bien trazados para el invierno, así que no podía ser eso.
      Pero algo tenía que ser. Y con eso y con todo allá que nos íbamos todas las noches a la casa del Viejo Killegrew a escuchar su radio, y allá que andaban entonces en las Filipinas, aunque el general MacArthur los aguantaba aún.[3] Y luego nos volvíamos a la casa y nos tumbábamos en la cama y Pete no me contaba nada, no me hablaba de nada. Se quedaba tumbado y tan quieto como si estuviera emboscado, y cuando yo lo tocaba, en el costado o en la pierna, lo encontraba tan duro y tan quieto como el hierro, y así era hasta que pasado un rato me dormía yo.
      Una noche, y fue la primera vez en que no me dijo nada, además de regañarme por no haber cortado leña suficiente en el tocón donde teníamos el hacha, me dijo:
      —Me tengo que marchar.
      —¿Marchar? ¿Adónde? —le dije.
      —A esa guerra —dijo Pete.
      —¿Antes de terminar de traer la leña a casa?
      —Al infierno se puede ir la leña —dijo Pete.
      —Pues muy bien —dije—. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?
      Sólo que él ni siquiera me estaba escuchando. Allí seguía tumbado, duro y quieto como el hierro, a oscuras.
      —Me tengo que marchar —dijo—. Es que no voy a permitir yo que nadie trate de esa forma a los Estados Unidos.
      —Sí —dije—. Con leña o sin leña, a mí me parece que nos tenemos que marchar.
      Esta vez yo creo que sí me oyó. Seguía tumbado y muy quieto, aunque estaba quieto de otra forma.
      — ¿Tú? —dijo—. ¿A una guerra?
      —Pues claro. Tú te cargas a los grandes y yo me cargo a los pequeños —dije.
      Entonces me dijo que yo no podía ir. Al principio pensé que, en el fondo, nunca quiso que yo fuese perdiendo el culo detrás de él, tal como nunca me permitió ir con él cuando rondaba a las hijas de Tull. Luego me dijo que en el ejército no me lo permitirían porque aún era muy chico, y entonces sí supe que lo había dicho en serio, y que eso quería decir que yo no podía ir de ninguna de las maneras, no señor. Y no sé por qué no se lo quise creer y tampoco me creí que se fuese él, o no hasta ese momento, pero es que en ese momento supe que sí que se iba, como supe que sin mí no se iba a marchar.
      —Pues entonces ya cortaré yo la leña para todos ustedes, ya les llevaré el agua —dije—. ¡Leña y agua tienen que llevar!
      Da lo mismo, porque entonces sí me estaba escuchando. Ya no era como el hierro.
      Se volvió de costado y me puso la mano en el pecho, porque era yo el que estaba tendido boca arriba y bien tieso.
      —No —dijo—. Tú te tienes que quedar y ayudar a papá.
      — ¿Ayudarle? ¿En qué? —dije—. Si nunca se va a poner al día, no hay manera… Es imposible que vaya más atrasado de lo que va. Seguro que puede él hacerse cargo del terruño que tiene mientras tú y yo nos cargamos a los japos. Yo también tengo que ir. Si tú tienes que ir, yo tengo que ir también.
      —No —dijo Pete—. Anda, calla. Cállate —y me di cuenta de que hablaba en serio, sí señor. Me aseguré al oírlo de sus propios labios. E hice como que no insistía, diciendo:
      —Así que no puedo ir… —dije.
      —No —dijo Pete—. Tú no puedes ir. Para empezar, aún estás muy chiquito, y es que además…
      —Está bien, está bien —dije—. 

 —Entonces te callas la boca y me dejas que me duerma, ¿eh?
      Así que se quedó callado y se volvió a tumbar boca arriba. Y yo seguí tumbado como si estuviera dormido, y no tardó en dormirse y supe que eran sus ganas de ir a la guerra lo que tanto le había preocupado, lo que no le dejaba dormir, y que ahora que había resuelto ir a la guerra ya no tenía preocupación ninguna.
      A la mañana siguiente se lo dijo a mamá y a papá. A mamá no le pasó nada. Sólo lloró.
      —No —dijo llorando—. No quiero que vaya. Antes querría ir yo en su lugar, si es que pudiera. Yo no quiero salvar al país. Por mí, que lo conquisten y se lo queden esos japoneses, si es que quieren, mientras a mi familia y a mis hijos y a mí nos dejen en paz. Pero me acuerdo de mi hermano Marsh en aquella otra guerra. Él tuvo que ir a aquella otra guerra y eso que no había cumplido ni diecinueve años, y nuestra madre no lo pudo entender en su día, como tampoco ahora lo entiendo yo. Pero mi madre a Marsh le dijo que si tenía que ir pues tenía que ir. Así que si Pete tiene que ir a ésta, pues será que tiene que ir. Pero a mí que no me pidan que entienda el porqué.
       En cambio papá dio en el clavo. Por algo era el hombre.
      —¿A la guerra? —dijo—. Pues vaya, yo en eso no veo ninguna utilidad. Tú aún no tienes edad para alistarte, y el país, que yo sepa, no lo han invadido. Nuestro presidente, en Washington, D. C., está atento a las condiciones y ya nos notificará las cosas cuando haga falta. Además, en esa otra guerra de la que tu madre acaba de hablar, a mí me reclutaron y con la misma me mandaron a Texas y allí me tuvieron ocho meses hasta que por fin terminaron los combates. A mí me parece que eso, con lo de tu tío Marsh, que se llevó una herida de verdad en los campos de combate de Francia, es para mí y los míos más que suficiente si hemos tenido obligación de proteger al país, al menos mientras yo viva. Y, por otra parte, ¿a quién le pido yo ayuda con los cultivos cuando tú te hayas ido, eh? A mí me parece que así voy a ir atrasado de verdad.
      —Tú has ido atrasado desde que yo alcanzo a recordar —dijo Pete—. De todos modos, me marcho. Me tengo que marchar.
      —Pues claro que se tiene que marchar —dije—. Esos japos…
      — ¡Tú te callas la boca! —dijo mamá llorando—. ¡Contigo no habla nadie! Ve a traerme un buen montón de leña. Eso sí que lo puedes hacer.
      Así que fui a buscar la leña. Y durante todo el día siguiente, mientras Pete y papá y yo trajimos toda la leña que nos fue posible traer en el poco tiempo que tuvimos, porque ya dijo Pete que para papá tener leña de sobra era tener sólo una astilla más pegada a la pared, una astilla que mamá aún no hubiera echado al fuego, mamá fue preparando las cosas para que Pete se marchase. Le lavó y le remendó la ropa y le preparó una lonchera con algo de comer. Y esa noche Pete y yo nos tumbamos en la cama y la oímos empacar sus cosas en la maleta y la oímos llorar a la vez, hasta que pasado un rato Pete se levantó y volvió con ella, y los oí hablar a los dos, hasta que por fin oí a mamá decir:
      —Tú tienes que ir, así que yo quiero que vayas. Pero yo no lo entiendo, y nunca lo entenderé, así que no cuentes con que lo entienda.
      Y Pete volvió a acostarse otra vez y otra vez se quedó muy quieto y duro como el hierro, boca arriba, y entonces de pronto dijo, y no me lo dijo a mí, porque lo dijo como si no hablase con nadie: «Me tengo que marchar, eso es todo: sólo me tengo que marchar».
      —Pues claro que tienes que marchar —dije—. Esos japos…
      Se volvió de pronto con dureza, como si de pronto se hubiera puesto firme de costado, mirándome a oscuras.
      —Da lo mismo, porque tienes razón —dijo—. Supuse que iba a tener más complicaciones contigo que con todos los demás juntos.
      —Supongo que eso no tiene remedio —dije—. Pero a lo mejor la cosa dura unos años más y me da tiempo a ir. A lo mejor un día me ves a tu lado.
      —Espero que no —dijo Pete—. Nadie va a la guerra a pasar un buen rato. Nadie deja a su mamá llorando por pasar un buen rato.
      —Entonces, ¿tú a qué vas? —dije.
      —Yo tengo que ir —dijo—. No me queda más remedio. Ahora duérmete, anda. Mañana temprano tengo que coger el autobús.
      —Entendido —dije—. Me han dicho que Memphis es muy grande. ¿Cómo sabrás dónde encontrar el ejército?
      —Ya le preguntaré a alguien dónde alistarme —dijo Pete—. Ahora duérmete.
      — ¿Y es eso lo que vas a preguntar, dónde alistarte en el ejército? —dije.
      —Sí —dijo Pete. Se volvió de nuevo boca arriba—. Cállate de una vez y duérmete.
      Nos dormimos. A la mañana siguiente desayunamos con la luz del candil porque el autobús pasaba a las seis en punto. Mamá ya no lloraba. Sólo parecía enojada y ajetreada sirviendo el desayuno mientras nos lo zampábamos. Entonces terminó de empaquetar la maleta de Pete, por más que no quiso él llevarse ninguna maleta a la guerra, aunque mamá dijo que las personas decentes nunca van a ninguna parte, ni siquiera a una guerra, sin una muda de repuesto y algo en lo que llevarla. Metió dentro la lonchera, que era poco más que una caja de zapatos, con pollo frito y galletas saladas, y de paso le metió en la maleta una Biblia, y llegó la hora de marchar. Hasta ese momento no supimos que mamá no pensaba ir a la parada del autobús. Sólo trajo el abrigo y la gorra de Pete, y eso que aún no había vuelto a llorar; se quedó con las manos sobre los hombros de Pete y sin moverse, aunque no sé cómo, y sólo por su manera de sujetar a Pete por los hombros, parecía haberse endurecido, parecía tan fiera como Pete cuando se volvió hacia mí la noche anterior en la cama y me dijo que a pesar de todo tenía yo razón.
      —Por mí, que se queden con el país, que se lo cojan si quieren mientras no nos molesten ni a mí ni a los míos —dijo. Y dijo—: No te olvides de quién eres. No eres rico. El resto del mundo, más allá de Frenchman’s Bend, nunca ha oído hablar de ti. Pero tienes una sangre tan buena como la que más, eso que no se te olvide nunca.
      Entonces le dio un beso y él salió de la casa, aunque fue papá quien llevaba la maleta de Pete, sin importarle que Pete la quisiera llevar o no. No amanecía aún, no amaneció siquiera cuando llevábamos un rato en la carretera, al lado del buzón. Vimos entonces los faros del autobús que se acercaba y miré el autobús hasta que llegó a donde estábamos y Pete le hizo una señal, y entonces desde luego que había empezado a clarear, amaneció mientras yo no estaba pendiente. Y entonces Pete y yo contamos con que papá dijera alguna bobada, como ya dijo antes, lo de que el tío Marsh salió herido de Francia y lo de aquel viaje a Texas que hizo papá en 1918, y que tendría que haber sido suficiente para salvar a los Estados Unidos en 1942, pero no fue así. Lo hizo muy bien.
      —Adiós, hijo mío —dijo—. Nunca te olvides de lo que dijo tu madre, y escríbele cuando tengas tiempo.
      Estrechó a Pete la mano y Pete me miró unos momentos y me plantó la mano en la cabeza y me restregó el pelo tan fuerte que por poco me arranca la cabeza de cuajo y subió de un salto al autobús, y el tipo que iba en el autobús cerró la puerta y el autobús empezó a zumbar primero, a bambolearse después, zumbando y rechinando y chirriando cada vez más fuerte; cogió velocidad, las dos lucecitas rojas de detrás que nunca parecía que se fueran a empequeñecer más, que parecían correr juntas hasta que muy pronto se tocasen y fueran una sola luz. Pero no se llegaron a juntar, y desapareció el autobús y allí mismo podría haberme echado a llorar, a pesar de que ya tenía casi nueve años y todo.
      Papá y yo volvimos a casa. Todo el día lo pasamos trabajando en el árbol del bosque, cortando leña, así que nunca tuve ocasión hasta mediada la tarde. Entonces cogí el tirachinas y me hubiera gustado coger todos los huevos de la colección, porque Pete me había regalado la suya y me ayudó a reunir la mía, y le gustaba sacar la caja y mirarlos todos tanto como a mí, por más que casi tuviera veinte años. Pero la caja era demasiado grande para llevársela durante un trecho largo y encima andar preocupado por ella, así que sólo me llevé el huevo de garza azul, porque era el mejor de todos, y lo envolví muy bien dentro de una caja de cerillas y la escondí con el tirachinas en un rincón del granero. Luego cenamos y nos fuimos a la cama, y entonces me paré a pensar en que si tenía que quedarme en aquella habitación y en aquella cama, así fuese una sola noche más, no habría sabido cómo. Luego oí roncar a papá, pero a mamá no le oí hacer ningún ruido, tanto si dormía como si no, y no me pareció que durmiese. Así que tomé mis zapatos y los saqué por la ventana y luego salté como vi hacer a Pete más de una vez, cuando aún tenía sólo diecisiete y papá decía que era demasiado joven para andar toda la noche rondando a las chicas, y no le dejaba salir, y me calcé los zapatos y fui al granero y recogí el tirachinas y el huevo de garza azul y me eché a la carretera.
      Frío no hacía, pero la noche estaba más negra que nunca, y aquella carretera se extendía delante de mí como si al no usarla nadie se fuese a estirar hasta ser el doble de larga, como se estira uno al tumbarse, así que durante un buen rato pareció que cuando saliera el sol a mi espalda me iba a pillar mucho antes de haber recorrido las veintidós millas que me quedaban hasta Jefferson. Pero no fue así. Asomaba el amanecer cuando subía por la cuesta a la ciudad. Me llegó el olor de los desayunos que se cocinaban en las cabañas y ojalá, me dije, se me hubiera ocurrido llevarme una galleta, pero para eso ya era tarde. Y Pete me había dicho que hasta Memphis quedaba un buen trecho después de pasar Jefferson, aunque nunca supe que era tanto, pues eran ochenta millas. Allí me quedé en una plaza desierta, a la vez que amanecía y las farolas de la calle aún estaban encendidas, con uno de la Ley que me miraba y aún ochenta millas por delante hasta llegar a Memphis, y me había costado toda la noche andar sólo las veintidós millas hasta Jefferson, así que cuando llegara a Memphis a ese paso Pete ya se habría marchado a Pearl Harbor.
      — ¿Tú de dónde vienes? —me dijo el de la Ley.
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. Allí está mi hermano.
      — ¿Quieres decir que no tienes familia aquí? —dijo el de la Ley—. ¿Nada más que tienes a ese hermano? ¿Y qué estás haciendo tú tan lejos si tu hermano está en Memphis?
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. No tengo tiempo que perder en chácharas y no tengo tiempo para ir andando. He de llegar hoy mismo.
      —Ven para acá —dijo el de la Ley.
      Fuimos por otra calle. Y allí estaba el autobús, igualito al que tomó Pete ayer por la mañana, sólo que no tenía ningún faro encendido y no había nadie dentro. Había una estación de autobuses normal y corriente, como la estación del tren, con una ventanilla donde vendían los billetes.
      —Tú siéntate ahí —dijo el de la Ley, así que me senté en el banco—. Necesito usar el teléfono —dijo, y habló por teléfono un minuto—. No lo pierda de vista —le dijo al tipo que estaba en la ventanilla—. Volveré en cuanto la señora Habersham se pueda levantar y esté arreglada para salir a la calle.
      Y se fue. Yo fui a la ventanilla en que se vendían los billetes.
      —Quiero ir a Memphis —dije.
      —Cómo no —dijo el tipo—. Pero ahora te sientas en ese banco. El señor Foote volverá enseguidita.
      —No conozco yo a ningún señor Foote —dije—. Lo que quiero es tomar el autobús a Memphis.
      — ¿Y tienes dinero? —dijo—. Te lo digo porque te va a costar setenta y dos centavos.
      Saqué la caja de cerillas y desenvolví el huevo de garza azul.
      —Se lo cambio por un billete a Memphis —dije.
      — ¿Qué es eso? —dijo el tipo.
      —Es un huevo de garza azul —dije—. ¿Nunca ha visto uno? Vale por lo menos un dólar, pero me conformo con setenta y dos centavos.
      —No —dijo—, los dueños del autobús insisten en que se pague en efectivo. Si empezara yo a cambiar billetes de autobús por huevos de colorines o por animales vivos y demás, me despedirían seguro. Anda, ve a sentarte en ese banco, como dijo el señor Foote.
      Me dirigí hacia la puerta, pero me alcanzó: puso una mano en el mostrador de la ventanilla y lo salvó de un salto y me atrapó y estiró la mano para sujetarme por la camisa. Saqué mi navaja de bolsillo y la abrí.
      —Como me ponga una mano encima se la corto —dije.
      Traté de esquivarlo echando a correr  hacia la puerta, pero él se movió más deprisa que ningún otro hombre adulto que haya visto yo, casi tan deprisa como Pete. Me cortó el paso y se plantó de espaldas a la puerta y con un pie un poco levantado, y no había otra manera de salir.
      —Vuelve a sentarte en ese banco y quédate quieto —dijo.
      Y no había otra manera de salir. Y se quedó plantado de espaldas a la puerta. Así que me volví al banco. Y entonces me pareció que la estación estaba llena de gente. Allí estaba otra vez el de la Ley, y dos señoras con abrigos de pieles y las caras ya pintadas. Pero aún parecía que se hubiesen levantado deprisa y corriendo y que no les había hecho ninguna gracia, una vieja y una joven que me miraban sin quitarme los ojos de encima.
      — ¡Si ni siquiera lleva un abrigo! —dijo la vieja—. ¿Cómo es posible que haya llegado aquí él solito?
      —Eso me pregunto yo —dijo el de la Ley—. No he podido sacarle nada en claro, quitando que su hermano está en Memphis y que quiere llegar allá.
      —Eso es —dije—. He de llegar a Memphis hoy mismo.
      —Claro que sí —dijo la vieja—. ¿Y estás seguro de que sabrás encontrar a tu hermano cuando llegues a Memphis?
      —Pues digo yo que sí —dije—. No tengo más que uno, y lo conozco de toda la vida. Supongo que lo sabré reconocer cuando lo vea.
      La vieja me miró de hito en hito.
      —No sé por qué, pero me da que éste no vive en Memphis —dijo.
      —Es probable que no —dijo el de la Ley—. Pero eso no hay quien lo sepa de seguro. Podría vivir en cualquier parte, con ese overol que lleva. En esta época y a esta hora estos niños se esparcen por todos lados con la esperanza de encontrar un desayuno gratis, lo mismo da que sean chicos o chicas. Se largan casi antes de aprender a andar del todo bien. Y, por lo que se sabe, éste ayer mismo podría haber estado en Missouri o en Texas. En cambio, no parece que tenga dudas de que su hermano está en Memphis. A mí lo único que se me ocurre es mandarlo allá y que lo busque como pueda.
      —Pues sí —dijo la vieja.
      La joven se acomodó en el banco, a mi lado, y abrió el bolso de mano y sacó una pluma artomática y unos papeles.
      —Mira, guapo —dijo la vieja—, vamos a ocuparnos nosotras de que encuentres a tu hermano, pero antes nos hace falta la historia del caso para nuestros archivos. Queremos que nos digas cómo te llamas y cómo se llama tu hermano y dónde has nacido y cuándo murieron tus padres.
      —A mí no me hace ninguna falta la historia del caso —dije—. Yo sólo quiero llegar a Memphis. He de llegar hoy.
      — ¿Lo ven? —dijo el de la Ley, y lo dijo casi como si lo disfrutara—. Es justo lo que les dije.
      —Por cierto que ha tenido suerte, señora Habersham —dijo el tipo de los autobuses—. No creo que lleve una pistola encima, pero saca la navaja y la abre como un jod… quiero decir que la saca y la abre muy deprisa, eso es.
      Pero la vieja siguió allí plantada, mirándome.
      —En fin —dijo—. La verdad es que no sé qué hacer.
      —Yo sí —dijo el de los autobuses—. Le voy a pagar el billete de mi bolsillo; es una medida para proteger a esta compañía de un posible motín y de todo derramamiento de sangre. Y cuando el señor Foote lo comunique en el ayuntamiento, se tomará por un asunto cívico y no sólo me han de reembolsar el gasto, sino que además me pondrán una medalla. ¿No le parece, señor Foote?
      Pero nadie le prestó la menor atención. La vieja seguía mirándome como si nada.
      —En fin —volvió a decir. Y sacó un dólar del bolso y se lo dio al tipo de los autobuses.
      —Supongo que viaja con billete infantil, ¿no?
      —Verá, señora… —dijo el de los autobuses—. La verdad es que no sé qué dice el reglamento. Lo más probable es que me despidan por no haberlo embalado y por no haber indicado en el embalaje que contiene veneno. Pero estoy dispuesto a correr el riesgo.
      Entonces se marcharon y el de la Ley volvió con un sandwich para mí.
      — ¿Estás seguro de que sabrás encontrar a ese hermano tuyo? —preguntó.
      —Todavía no veo por qué no lo iba a encontrar —dije—. Si no veo yo a Pete, seguro que él me verá a mí. Él también me conoce.
      Entonces el de la Ley se marchó de una vez por todas y me zampé el sandwich. Empezó a llegar más gente, viajeros que compraron sus billetes, y el tipo de los autobuses dijo entonces que era hora de arrancar, así que monté en el autobús igual que había hecho Pete, y así nos marchamos.
      He visto todos los pueblos, los he visto todos. Cuando el autobús fue cogiendo velocidad, descubrí que estaba derrengado, muerto de sueño. Pero había muchas cosas que nunca había visto. Salimos de Jefferson y pasamos por campos y bosques y entramos en otro pueblo y salimos de él y volvimos a pasar por campos y bosques, y entramos en otro pueblo en donde había almacenes y desmotadoras de algodón y depósitos de agua, y recorrimos un buen trecho junto a las vías del tren y vi moverse el brazo de las señales para avisar al maquinista, y luego vi el tren y vi más pueblos, y a punto estaba de caerme rendido de sueño, pero no me quise arriesgar. Y al cabo empezó Memphis. A mí me pareció que Memphis durase muchas millas seguidas. Pasamos por un trecho de tiendas y pensé que sin duda tenía que ser allí y me pregunté si el autobús no iba a parar. Pero aquello no era todavía Memphis, y aún habíamos de pasar por más depósitos de agua y por chimeneas y fábricas, y si hubo desmotadoras de algodón y serrerías nunca supe yo que fueran tantas y nunca las vi tan grandes, y tampoco se me alcanza a saber de dónde sacarán tanto algodón y tantos troncos para que unas y otras funcionen sin parar. 
       Entonces veo Memphis. Esta vez supe que no me podía equivocar. Estaba elevada en el aire. Parecía una docena de veces mayor que Jefferson, que está pegada a la linde de los campos, y estaba elevada en el aire, más alta que todos los cerros que hay en el condado de Yoknapatawpha. Llegamos entonces, el autobús se paraba a cada tanto, o me lo pareció, y los coches lo adelantaban por un costado y por el otro, y la calle estaba ese día llena de gente por todas partes, tanto que pensé hasta que no podía quedar ni un alma en Mississippi, ni siquiera para venderme un billete de autobús, ni menos aún para ponerse a escribir la historia de un caso.
      Entonces se paró el autobús. Era otra estación de autobuses, sólo que mucho mayor que la de Jefferson.
      —Bien—dije—. ¿Dónde se alista uno en el ejército?
      — ¿Cómo? —dijo el tipo del autobús.
      Y se lo dije otra vez.
      — ¿Dónde se alista uno en el ejército?
      —Ah —dijo. Y me explicó cómo llegar. Al principio me dio miedo no enterarme de lo que tenía que hacer en una ciudad tan grande como Memphis. Pero me enteré a la primera. Sólo tuve que volver a preguntar dos veces. Entonces llegué, y me alegré un montón al no verme más en medio de los coches que pasaban a todo trapo y de la gente que empujaba por la calle y de todo ese follón y ahorrármelo un buen rato, y pensé que mucho ya no podía faltar, y pensé que si allí había un montón de gente que ya se había alistado en el ejército, era casi seguro que Pete me vería antes de que lo viera yo. Y así entré en una sala. Y Pete no estaba allí.
        
Allí no estaba. Había un soldado que tenía una flecha grande en la manga, un soldado que estaba escribiendo, y dos tipos delante de él, y allí había más tipos, o a mí me lo pareció. Me parece recordar que allí había bastantes más tipos.
      Me acerqué a la mesa en la que estaba escribiendo el soldado.
      — ¿Dónde está Pete? —le dije, y él me miró—. Mi hermano —le dije—. Pete Grier. ¿Dónde está?
      — ¿Cómo? —dijo el soldado—. ¿Quién dices?
      Y se lo volví a contar.
      —Ayer mismito se alistó en el ejército. Se marcha a Pearl Harbor. Y yo también. Lo que quiero es dar con él. ¿Dónde lo han metido, si se puede saber? —todos me estaban mirando, pero a mí me dio lo mismo—. Vamos, hombre —dije—. ¿Dónde está?
      El soldado había dejado de escribir. Había apoyado las dos manos sobre la mesa.
      —Ah, ya —dijo—. Tú también vas, ¿eh?
      —Sí —dije—. Allí habrá que llevar leña y agua. Yo me encargo de cortar la leña y de llevar el agua. Vamos, ¿dónde está Pete?
      El soldado se puso en pie.
      — ¿A ti quién te ha dejado entrar aquí? —dijo—. Anda, lárgate.
      —Mierda —dije—. He dicho que me digas dónde está Pete…
      A mí que me cuelguen si no se movió aún más deprisa que el tipo del autobús. No saltó por encima de la mesa, sino que le dio la vuelta, pero estaba encima de mí casi antes de que me diera cuenta, así que tiempo tuve de echarme atrás y sacar la navaja de bolsillo y abrirla de un golpe y tirarle un tajo, y él dio un alarido y retrocedió de un salto y se sujetó una mano con la otra y se quedó soltando maldiciones y alaridos.
      Uno de los otros tipos que estaban allí me sujetó por la espalda, y le tiré un tajo con la navaja, pero no lo pude alcanzar. Luego eran dos los que me sujetaban por la espalda, y otro soldado apareció por una puerta. Llevaba un cinto con una correa por el hombro.
      — ¿Qué demonios está pasando aquí? —dijo.
      — ¡Este pequeño hijo de la gran me ha soltado un navajazo! —gritó el primer soldado.
      Cuando lo dijo, intenté irme otra vez a por él, pero me sujetaban otros dos por la espalda, dos contra uno, y el soldado con la correa al hombro me habló entonces.
      —Calma, calma. Deja en paz esa navaja, muchacho. Aquí ninguno vamos armados. Y un hombre hecho y derecho no se lía a navajazos con hombres que van sin armas —sólo entonces empecé a oír lo que me decía. Hablaba igualito que cuando me hablaba Pete—. Suéltenlo —dijo. Me soltaron—. Y ahora… ¿se puede saber a qué viene todo esto? —y se lo conté—. Ya entiendo —dijo—. Y tú has venido a ver si estaba bien antes de marcharse.
      —No —dije—. He venido a…
      Pero él ya se había vuelto al primer soldado, que se estaba envolviendo la mano con un pañuelo.
      — ¿Lo tienes? —dijo. El primer soldado volvió a la mesa y miró unos papeles.
      —Aquí está —dijo—. Se alistó ayer mismito. Está destinado a un destacamento que esta mañana sale para Little Rock —llevaba un reloj de correa en la muñeca. Lo miró—. El tren sale dentro de cincuenta minutos. Si no conozco mal a los chicos del campo, me apuesto cualquier cosa a que ahora están ya todos en la estación.
      —Que lo traigan aquí —dijo el de la correa al hombro—. Llamen por teléfono a la estación. Que el mozo de turno le busque un taxi. Y tú ven conmigo —dijo.
      Pasamos a otro despacho detrás del primero, con una mesa y unas sillas. Allí nos sentamos mientras el soldado fumaba, pero no fue mucho rato; supe que eran los pasos de Pete nada más oírlos. Entonces el primer soldado abrió la puerta y entró Pete. No se había puesto ninguna ropa de soldado. Tenía la misma pinta que cuando montó en el autobús el día anterior, sólo que a mí me pareció que hubiera pasado por lo menos una semana entera, porque habían pasado muchas cosas, y era mucho lo que había viajado yo. Entró en el despacho y allí se quedó mirándome como si no se hubiese marchado de casa, sólo que estaba allí y aquello era Memphis y ya estaba en camino a Pearl Harbor.
      — ¿Qué carajo estás haciendo aquí? —dijo.
      Y se lo dije.
      —Tendrán que llevar leña y agua para hacer la comida, digo yo. Yo me encargo de cortar leña y de llevarles agua a todos.
      —No —dijo Pete—. Tú ya te estás volviendo a casa.
      —No, Pete —le dije—. Yo también tengo que ir. Es que tengo que ir. Se me parte el corazón, Pete.
      —No —dijo Pete. Miró al soldado—. Ni hablar. Teniente, no entiendo qué le puede haber pasado —dijo—. Nunca había sacado la navaja delante de nadie, nunca en su vida —me miró—. ¿Se puede saber para qué lo has hecho?
      —No lo sé —dije—. Tuve que hacerlo. Tenía que llegar aquí como fuera. Tenía que encontrarte.
      —Bien, pues que no se te ocurra hacerlo nunca más, ¿me oyes? —dijo Pete—. Te guardas la navaja en el bolsillo y la dejas bien guardada. Como me entere de que la sacas alguna vez contra alguien, vuelvo de dondequiera que esté y te quito a pescozones las ganas de sacarla. ¿Me has oído?
      —Le cortaría el pescuezo a quien fuese si así pudiera lograr que volvieras y te quedaras —dije—. Pete —dije—. Pete…
      —No —dijo Pete. No lo dijo con dureza en la voz, no lo dijo deprisa; casi lo dijo en voz baja, y entonces sí supe que nunca le haría cambiar—. Tienes que volver a casa. Tienes que cuidar de mamá, y también cuento contigo para que me cuides mis diez acres de terreno. Quiero que vuelvas a casa y que vuelvas hoy mismo. ¿Me has oído?
      —Te he oído —dije.
      — ¿Podrá volver a casa por sus propios medios? —dijo el soldado.
      —Ha venido por sus propios medios —dijo Pete.
      —Digo yo que sí podré volver —dije—. No vivo más que en una casa, y no creo que me la hayan cambiado de sitio.
      Pete sacó un dólar del bolsillo y me lo dio.
      —Con eso te puedes pagar el pasaje del autobús que te dejará delante del buzón de casa —dijo—. Quiero que hagas caso de lo que te diga el teniente. Él se encarga de mandarte al autobús. Y tú te vuelves derechito a casa y te ocupas de cuidar a mamá y de cuidarme mis diez acres de tierra, y todo con la dichosa navaja bien guardadita en el bolsillo. ¿Me has oído?
      —Sí, Pete —dije.
      —De acuerdo —dijo Pete—. Ahora me tengo que ir.
      Otra vez me puso la mano en la cabeza, aunque esta vez no estuvo a punto de arrancármela de cuajo. Sólo dejó la mano encima de mi cabeza durante un minuto. Y a mí que me cuelguen si no se agachó a darme un beso, y luego oí sus pasos y oí la puerta sin levantar nunca los ojos, y eso fue todo, allí me quedé sentado, frotándome el sitio en que Pete me dio un beso, y el soldado apartó la silla de la mesa y se levantó a mirar por la ventana y tosió. Se metió la mano en el bolsillo y me dio algo sin darse la vuelta a mirarme. Era un trozo de chicle.
      —Muy agradecido —dije—. En fin, pues digo yo que ya va siendo hora de volver. Me queda un trecho largo.
      —Espera —dijo el soldado. Volvió entonces a llamar por teléfono y le dije otra vez que más me valía ponerme en camino—. Espera. No te olvides de lo que te ha dicho Pete.
      Así que esperamos, y entonces vino otra señora, otra señora también vieja, y también con abrigo de pieles, aunque tenía muy buen olor y no sacó ninguna pluma artomática ni dijo nada de la historia del caso. Cuando entró en el despacho se puso en pie el soldado, y ella miró en derredor hasta que me vio, y vino a ponerme la mano sobre el hombro con la misma ligereza y suavidad con que lo hubiera hecho mamá.
      —Vamos —dijo—. Vámonos a casa a comer algo.
      —No, ni hablar —le dije—. Tengo que coger el autobús a Jefferson.
      —Ya lo sé, pero tenemos tiempo de sobra. Primero iremos a casa a comer algo.
      La señora tenía un carro. Y en un visto y no visto estuvimos en medio de todos los demás carros. Estuvimos casi debajo de los autobuses, y todo el gentío que andaba por las calles se acercó tanto que podría haberme puesto a hablar con cualquiera si hubiese sabido quiénes eran. Al cabo de un rato la señora paró el carro.
      —Ya estamos —dijo, y miré aquello, y si todo aquello era su casa, muy grande tenía que ser su familia. Pero no todo era su casa. Pasamos por un vestíbulo en el que había árboles plantados y entramos en un cuartito donde no había más que un negro que llevaba un uniforme mucho más brillante que los de los soldados, y el negro cerró la puerta y yo di un alarido.
      — ¡Cuidado! —y me agarré, pero allí no pasaba nada; todo el cuartito no hacía más que subir a toda caña, y luego se abrió la puerta y salimos a otro vestíbulo y la señora abrió una puerta con llave y entramos y allí había otro soldado, un tipo ya mayor, también con una correa al hombro, y con un pájaro plateado en cada hombro.
      —Ya estamos —dijo la señora—. Te presento al coronel McKellogg. Bueno. ¿Qué quieres para comer?
      —Pues yo creo que me conformo con unos huevos con jamón y un poco de café —dije.
      Ella ya había agarrado el teléfono, pero se quedó quieta de pronto.
      — ¿Café? —dijo—. ¿Desde cuándo has empezado tú a tomar café?
      —Pues no lo sé —dije—. Supongo que fue antes de que me alcance la memoria.
      —Tú tienes unos ocho años, ¿no? —dijo.
      —Qué va —dije—. Tengo ocho y diez meses. Para once meses.
      Entonces llamó por teléfono. Allí nos sentamos y les conté que Pete se había marchado aquella misma mañana a Pearl Harbor, y que yo había hecho todo lo posible por ir con él, pero que tenía que volverme a casa para cuidar de mamá y atender los diez acres de tierra que tenía Pete, y la señora contó que tenían un hijo más o menos como yo, pero que estaba en un colegio en la Costa Este. Entonces apareció un negro distinto del de antes, con una especie de chaqué de faldón corto, empujando una especie de carrito. En el carrito estaban mis huevos con jamón y un vaso de leche y un pedazo de torta, y me pareció que tenía hambre, pero nada más probar el primer bocado me di cuenta de que no podía tragar, así que me levanté muy rápido.
      —Me tengo que ir —dije.
      —Espera —dijo ella.
      —Me tengo que ir —dije.
      —Sólo un momento —dijo—. Ya he llamado para pedir un auto. No tardará nada. ¿No te puedes tomar la leche al menos? ¿O es que prefieres el café?
      —Ni hablar —dije—. Es que no tengo hambre. Ya comeré algo cuando llegue a casa.
      Entonces sonó el teléfono, pero ella ni lo cogió.
      —Ya está —dijo—. Ha llegado el auto.
      Y volvimos abajo en el cuartico que se movía con el negro todo uniformado. Esta vez era un carro grande que manejaba un soldado. Yo me senté delante, con él. Ella le dio un dólar al soldado.
      —A lo mejor le entra el hambre —dijo la señora—. Intente encontrarle un buen sitio.
      —Entendido, señora McKellogg —dijo el soldado.
      Y nos marchamos otra vez. Y entonces vi muy bien todo Memphis, que brillaba con la luz del sol, mientras dábamos vueltas por la ciudad. Y sin tiempo para darme cuenta del todo volvimos a estar en la misma carretera por la que había rodado el autobús aquella mañana, los trechos con tiendas, almacenes, las grandes desmotadoras y las serrerías, y Memphis se extendía a lo largo de millas y más millas, o a mí me lo pareció, antes de que empezara a terminarse. Entonces viajamos entre los campos y los bosques, el carro a más velocidad, y quitando aquel soldado fue como si nunca hubiera ido de veras a Memphis. Íbamos muy deprisa. A ese paso, antes de que me diera cuenta íbamos a llegar a casa, y pensé en cómo llegaría a Frenchman’s Bend en un carrazo enorme, con un soldado al volante, y de repente me eché a llorar. Ni cuenta me di de que me iba a pasar, y tampoco lo pude impedir. Seguí sentado junto al soldado, llorando. Íbamos muy deprisa.


William Faulkner
(1897-1962)

Dos soldados
Two Soldiers”
Originalmente publicado en Saturday Evening Post, CCXIV (28 de marzo de 1942).
Collected Stories (1950)




Notas de la traducción:
[1]

[1] Bahía de perla, entiende el pequeño de los hermanos Grier al oír por la radio la noticia del ataque japonés contra la base naval de Pearl Harbor, en la isla de Oahu, Hawai, el domingo 7 de diciembre de 1941. Es el acontecimiento que provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El narrador del cuento, como el del que lo sigue en esta primera sección, es un chiquillo típico del medio rural, un «tipo al que admiro —dice Faulkner— no sólo por ser un chiquillo… sino por ser un auténtico americano y un individuo independiente y valeroso, de buen fondo y buen corazón»; lo aclara en una carta a su agente, Harold Ober, que en mayo de 1944 comunicó a Faulkner que una emisora de radio estaba deseosa de hacer una adaptación radiofónica (Selected Letters, p. 184). En otra de sus cartas añade la aclaración de que es «una especie de Huck Finn» (Ibíd., p. 123).

[2] La algarroba es una legumbre que se planta en Misisipi después de la cosecha, para renovar el nitrógeno de la tierra, que se ara en primavera antes de plantar el cultivo de valor comercial.

[3] La noticia data de finales de diciembre de 1941: a finales de mes los japoneses ocuparon Manila y Douglas MacArthur tuvo que abandonar las islas con su famoso «volveré». En 1942 fue nombrado comandante de la región del Pacífico Suroccidental y retomó las islas Filipinas en octubre de 1944. MacArthur volvió a Manila en 1945.