jueves, 19 de mayo de 2016

CUANDO EL CINE NOS PECHEREA

                                                      RODOLFO IZAGUIRRE (*)


No sé si a ustedes les pasa, pero cuando salgo a la calle, después de haber visto una película en la oscuridad de la sala, creo que todo es irreal: la gente, los autos, la luz de la ciudad. Me parece que nada de lo que allí veo es real porque la verdadera realidad quedó atrás, dentro de la sala, en la pantalla que se hizo blanca cuando terminó la proyección de la película.
Todas esas imágenes que acabamos de ver proyectadas se refugian en nuestra memoria y allí permanecen junto a muchas otras que forman la conciencia lúcida de esta materia de la que estamos compuestos: ese polvillo que permanece suspendido entre la luz del proyector y las imágenes del cine que, desde entonces, no cesan de agitarse y de removerse en nuestras mentes y en nuestros corazones.
El cine nos ha hecho dudar de nuestra propia realidad mostrándonos como verdadera, la ilusión de realidad que es la esencia y el fundamento de sus imágenes en movimiento y nos ha invitado a un viaje del que muchos, aun, no hemos regresado. Es lo que me ocurrió cuando entré por primera vez en una pantalla; crucé su mágico umbral y me extravié allí adentro. Voluntariamente quedé perdido en un nuevo tiempo azogado y circular, y desde el fondo de aquella pantalla descubrí que es allí donde se encuentra la verdadera vida; comencé a mirarme, a verme distinto; a considerar que el mundo real es una presencia apagada, opaca y sin gloria; que la vida que se presentaba ante mí en la pantalla del cine iba a multiplicarme porque estaría viviendo desde ese momento, intensamente, la vida del cine. Es más, doy por sentado que deben existir unos túneles secretos, unos vasos comunicantes que unen una pantalla con otra y con otra mas y por esos túneles se desplazan los personajes del cine y hay plazas y sombras y calles y árboles y fiestas y tristezas. Y yo mismo, sucesivamente, he sido vaquero y apache, gangster, espía internacional, cantante y bailarín; soldado en todos los frentes de combate, cosmonauta; amante de mujeres que estuvieron a mi lado bajo los cielos estrellados de una larga aventura. Y decidí hacer mi vida allí, dentro de la pantalla, en el ilimitado universo de la imaginación donde la realidad es mas verdadera que ésta en la que creo vivir.
El cine, para su propia gloria y para nuestro propio júbilo, inventó fronteras y líneas divisorias entre el bien y el mal; entre el amor y la muerte. Ha creado países de leyenda, caminos para evadirnos de la realidad y alcanzar regiones no contaminadas aun por la presencia humana.
Pero, déjenme advertirles sobre lo que descubrió Mariano Picón Salas: hay un crimen contra las cosas. Asesinatos microscópicos contra los buenos dones que Dios nos dio: luz, colores, plantas, greda o tierra, que realizan cada minuto las gentes insensibles e ignaras. Gritan sin necesidad; maltratan los animales, adulteran la función natural de los objetos. Su vacía ansia de pompa rompe todo ritmo, claridad y sencillez. Compadezco a aquellos seres que pasan por la vida, a veces ahitos de prosperidad y riqueza, pero sin afinar sus sentidos, sin aprender a ver, a oír, a palpar. Si toda norma o regla para alcanzar la virtud -como la del yoga o la del santo- es dificultosa para el hombre, quizás a través de los sentimientos estéticos podemos obtener no solo el disfrute de la belleza, sino también contención y elegancia moral que haga mas grata y soportable la sociedad de los hombres. Desde la cortesía para tratar a las personas hasta el arreglo de las cosas y la claridad de nuestra sintaxis.
El cine ha codificado los gestos y las situaciones de sus personajes transformándolos en prototipos: el héroe, el villano, el cobarde, el audaz, el traidor, el patriota cooperante; que antes, bajo la dictadura de Pérez Jiménez  llamábamos “esbirros”. Ha puesto en marcha una serie de aventuras por desconocidos parajes africanos; por peligrosos y malolientes callejones de Chicago; por exóticos y terroristas países islámicos. Nos ha hecho conocer el palacio del mandatario, la mansión aristocrática y el rancho de los infortunios. Hemos visto al hombre del Neardental y a María Antonieta de Francia perdiendo la cabeza bajo la guillotina y hemos asistido a guerras insólitas en las mas remotas galaxias.
En un ensayo suyo titulado La sala de cine como un templo, la socióloga Beatriz Lara refiere que desde hace años existen en las ciudades espacios sagrados, rectangulares, ocultos para muchos de ustedes que no han sabido verlos, en los que se ritualiza una nueva manera de vivir cada vez que en esos templos se proyecta una película. Beatriz Lara se refiere, desde luego, a las salas de cine. Un rectángulo con sillas alineadas como si fueran bancos y una pantalla como el altar y atrás en la cabina de proyección el proyeccionista como un oficiante.

Ver una película significa apenas dos horas de nuestro tiempo pero simbólicamente nos preparamos para un viaje hacia lo desconocido, hacia el pasado, hacia el futuro. Un viaje, incluso con gente extraña que está a nuestro alrededor, que vive en el presente pero lejos de nosotros. Un viaje hacia la imaginación, hacia la oscuridad y la muerte. Esta travesía que iniciamos cuando comienza la película podría provocarnos angustia. Por eso, secreta e inconscientemente, chupamos o masticamos alguna de las golosinas que llevamos con nosotros para el largo viaje.
Es algo simbólico; algo similar al ritual egipcio que colocaba en las tumbas provisiones para sostener el largo viaje del difunto por los desconocidos espacios de la oscuridad. También nosotros, que emprendemos una temeraria aventura por la imaginación, llevamos avíos, cosas de comer; apoyos para la travesía por las más lejanas galaxias, por las movedizas arenas del pasado o por las fulguraciones del porvenir. Travesías de las que tal vez no regresemos! Un viaje dificultoso, lleno de imprevistos y sorpresas en el que uno no puede detenerse a cocinar o a digerir alimentos y por eso llevamos en estas nuevas alforjas una comida liviana, práctica, fría, variada. Cotufas, chocolates, refrescos. Pero en muchos casos puede ocurrir que al comer mientras visionamos una película solo buscamos distraernos. De hecho, ¡es lo que hacemos habitualmente! Pero si nos detenemos a pensar, si en verdad nos disponemos a leer y sentir lo que se está proyectando y no tragar tantas cotufas contribuiremos a dignificar el espacio sagrado que debe ser para nosotros el lugar donde ritualizamos este glorioso milagro no solo de vivir en el cine sino de viajar fuera de nosotros mismos hacia las mas altas y desconocidas regiones de la aventura…!
Voy a referirme a La fiesta de Babette. Una mujer francesa, chef de un restaurante en París, perseguida política se refugia en una remota aldea de Jutlandia, Dinamarca. Durante catorce años sirve de criada a dos señoritas muy ancianas hijas del difunto pastor de la comunidad. Un día gana diez mil francos en la lotería e invierte esa pequeña fortuna en una cena para los aldeanos temerosos de pecar por degustar una comida distinta a la que están acostumbrados Uno de los mayores méritos de La fiesta de Babette,1987, basada en un cuento de Isaac Dinesen, pseudónimo de la escritora Karen Blixer, es el de que nunca antes habíamos degustado visualmente y con tan cultivado sibaritismo la sopa de tortuga servida con amontillado y jerez; los Blinis Demidoff, unas tortas de trigo sarraceno rellenas de caviar y crema agria servidas con champaña de la viuda Cliquot; codornices en sarcófago hojaldradas con foie gras y salsa de trufas servidas con Clos de Vought Pinot Noir, 1875, uno de los vinos mas exquisitos; Savarin au rhum, bizcocho al ron con higos y cerezas confitadas servido con vino Sauterne; quesos y frutas frescas y café con coñac Luis Trece de Remy Martin.
La fiesta de Babette reveló una lectura más generosa e iluminada de los Evangelios a aquellos taciturnos campesinos daneses, puritanos, en la región mas alejada de Jutlandia en el siglo 19, acostumbrados a comer solamente arenques ahumados. Lo que la película quiso decirnos es que Dios también está presente en las exquisiteces de una mesa bien servida; que Dios está en el amontillado y en la champaña. Es un ejemplo que dio el cine de educación por el arte.
De la misma manera los espectadores de El Pez que fuma, 1997, de Román Chalbaud, a medida que se van enalteciendo sus niveles culturales o de percepción van entendiendo que se trata no solo de la historia de un prostíbulo, sino de una empresa cuya clientela es muy variada; que hay tráfico de drogas y de influencias; que hay una lucha por ser el favorito de la Madama del burdel, es decir, una lucha por el poder; que toda la música que se escucha en la película es la que se podía oir en las rockolas y en los comederos de las carreteras y los espectadores terminan descubriendo que el burdel llamado El pez que fuma no es otra cosa que una alegoría; la imagen de un país. ¡Otra manera que ofrece el cine de revelar por el arte el país que somos!

Hay películas que tratan de hacer reflexionar al espectador. Son las llamadas películas de autor. Es decir, películas en las que el autor muestra, expresa su propio universo interior, su propia concepción del mundo. Películas de las que se puede acuñar el calificativo de chaplinesco, buñuelesco, antonionesco, felliniano... ¡Películas que hacen pensar!
Pero, contrariamente y durante largas décadas Hollywood aplicó en sus películas una fórmula de su invención que aseguró el éxito comercial que le conocemos. Los ingredientes de esta pócima siguen siendo los mismos: sexo, violencia y un par de estrellas suficientemente atractivas. A este cocktail se agregan un toque de color, una pantalla panorámica o cinemascópica, unos gratos ambientes y unos estupendos decorados.
Hollywood demostró que era capaz de producir películas que fascinaran a los espectadores en cualquier lugar del mundo. ¡Inventó el cine como espectáculo! Esta manera de fabricar un producto cinematográfico en serie pudo ilustrarse, en su momento, con una anécdota difundida por muchos directores que trabajaban en Hollywood. (Directores, no Autores) El productor llama al director para que haga una película con Dorothy Lamour, pongamos por caso. La película debe estar ambientada en una exótica isla del Pacífico.
“Presente tres escenas de amor”, dice el productor al director. “No me interesa la trama. Quiero que hayan tres escenas de amor; que el título de la película sea ‘Ave del Paraíso’. Búsquese una buena canción y haga que Dorothy Lamour se lance, al final de la película, en un volcán en erupción!”
El director de la película busca a un guionista para que  invente la absurda historia de una princesa nativa que viola la leyes de la tribu por el amor de un guapo norteamericano y se sacrifica, al final, tirándose de cabeza en un volcán de cartón piedra.
Si la película tiene éxito (¡que lo tiene!) se organiza entonces la producción en serie. No otra cosa fue lo que hizo Dorothy Lamour cuando se exhibió vistiendo un pareo tahitiano por todas las islas de una inventada Polinesia hasta agotar el tema del sacrificio y los volcanes. Después se inventaba y se exprimía otro tema hasta convertirlo en bagazo, como al vaquero,  y así sucesivamente hasta la fecha actual de Arma mortal o de Las chicas de Charlie.
Las reglas que dictó alguna vez el director de cine Preston Sturges para una comedia comercial de éxito siguen vigentes: 
“Una chica guapa es mejor que una fea. Una pierna es mejor que un brazo. Un dormitorio es mejor que una sala. Una llegada es mejor que una partida. Un nacimiento es mejor que una muerte. Una persecución es mejor que una conversación. Un perro es mejor que un paisaje. Un gatico es mejor que un perro. Un bebé es mejor que un gatico. Un beso es mejor que un bebé. Que alguien se caiga de culo es mejor que todo lo demás”.

En los años veinte Erich von Stroheim dijo: la diferencia entre Ernest Lubitsch y yo es que él muestra al rey primero en el trono y después en el dormitorio. Yo, primero le muestro a la gente al rey en la cama. Después, cuando más tarde lo ven en el trono, ya no se hacen ilusiones sobre él”. (Habrá que tomar esto en cuenta cuando se haga un film, si es que se hace, sobre algún reyezuelo venezolano).
Hay quienes se han dedicado a cambiar la vida creyendo que al hacerlo cambiaban la sociedad. Yo descubrí que el cine es capaz de simplificar mis circunstancias de vida hasta alcanzar la inmensa explosión existencial que destruye a su paso toda la podredumbre de lo habitual, de lo convencional, del "no". La liberación del lenguaje en las artes plásticas se debe a hombres como Marcel Duchamp, para mencionar solo a uno, y esta liberación del lenguaje abrió también las puertas para la liberación de las imágenes. Las libres asociaciones de imágenes, los acercamientos insólitos, la aproximación de dos (o más) elementos aparentemente extraños entre si en un plano ajeno a ellos mismos como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas en un mesa de disección descubierto por los surrealistas, provoca las explosiones poéticas más espectaculares. De la misma manera, los mecanismos que accionan la sucesión de acontecimientos inesperados, los contactos de elementos que dan nacimiento a lo imposible, pertenecen al campo del cine.
¡El cine nos ofrece la gran aventura! Rompe o trastorna los fundamentos de la sociedad para instaurar la libertad. Nos ofrece esta posibilidad subversiva, desestabilizadora de lo convencional y de lo cotidiano; nos permite superar la gris existencia sin misterios que nos arrastra en el paso de nuestros días siempre iguales y uniformes. El arte puede hacernos libres. Pero el cine puede hacer que conquistemos la libertad a través de lo insólito y de lo maravilloso! El cine puede cumplir satisfactoriamente esta tarea liberadora. Puede convertirnos en héroes de nuestra propia existencia.
Hay una película del japonés Akira Kurosawa llamada Ikiru, (Vivir). ¡Búsquenla y véanla, ¡por favor! porque siendo una película japonesa, trata sobre nosotros! Japón salió derrotado y deshonrado de la segunda Guerra Mundial. El emperador Hirohito, por culpa de los militares fascistas, perdió en vida su carácter divino. El país japonés necesitaba de héroes civiles, no militares. Y es cuando aparece Watanabe, un oscuro concejal al que los médicos le han diagnosticado seis meses de vida a causa de un cáncer. Watanabe trata de pasar esos últimos momentos frecuentando bares de alterne, aturdiéndose con las chicas, pero se da cuenta que tiene que emplearse en algo mas digno y concentra todos sus esfuerzos en convencer a los concejales a vencer la burocracia y construir el parque infantil de su comunidad. ¡Lo logra! Y al final, Watanabe, meciéndose suavemente en el columpio del parquecito que él hizo posible, muere bajo la nieve mientras canturrea una canción. Si leemos bien esta película japonesa de 1952 ella puede hacerle ver al venezolano en la hora actual una manera de rescatar la heroicidad y la dignidad que hemos perdido sin caer en el conformismo de la virtud o de la resignación.

Ahora bien, toda reflexión sobre el cine conduce, inevitablemente, a una paradoja. Este arte, que se consideró durante décadas como mudo, habla hoy más que ningún otro arte. Es el arte del movimiento pero es también el mejor testimonio de lo inmutable. Hace de la ilusión su propia ley pero la realidad es su campo, su materia y su modelo. Es un arte colectivo, no lo hace un sola persona y sin embargo es el más individual que pueda existir. Es un espectáculo pero es también una escritura, un lenguaje, un código a veces secreto; y como diversión popular reserva justamente esos secretos sólo a un pequeño grupo de cinéfilos y conocedores. Requiere de mucha luz para hacerse pero tiene que proyectarse en la oscuridad.
Son contradicciones del cine, pero hay otras que se refieren al cine como arte y como industria. La película puede ser una obra de arte, pero se compra y se vende porque ella se activa dentro de la larga tradición de la economía mercantil. Puede ser una obra maestra, pero para saberlo hay que hacerla primero y hacerla cuesta mucho dinero. Se concibe para ser vista por millones de personas en el mundo pero la verdadera comunicación que logra establecer se produce a niveles absolutamente individuales. El espectador que está a mi lado durante la proyección de la película no existe y la bella y opulenta actriz al desnudarse en la pantalla lo hace solo para mí, para mi propio deleite. Se trata de una comunicación no con el yo del espectador sino con ese otro “yo” que existe agazapado en lo más profundo de la conciencia. Se le considera el séptimo arte pero hay muchos que prefieren el octavo que es el de hacer mucho dinero con el séptimo. Un crítico italiano llamado Ricciotto Canudo fue el primero en considerar al cine como un arte. En las primeras décadas del siglo 18 dividíó el arte en dos grupos: de la Arquitectura se derivan la Pintura y la Escultura, artes del espacio. De la Música, se derivan la Poesía y la Danza, artes del tiempo. El vacío entre las artes del tiempo y del espacio, lo viene a llenar el cine. De allí que lo llamara el Séptimo Arte. ¡Perdónenme esta lección tan elemental”
Además, el cine es ¡movimiento! No se detiene nunca. Todos conocemos el extraño malestar que se apoderó de nosotros cuando la imagen del Ché Guevara muerto nos mira al final de   La hora de los hornos (1968) del argentino Fernando Solanas porque pareciera estar vivo! ¡Muerto pero vivo! (¡como corazón de patria, antes de convertirse en pajarito!) De allí que la regla básica y fundamental del cine es que se mueva.
¡No es capricho de los cineastas! Es que el cine no puede soportar lo que dura. Es precíso moverse constantemente de un fotograma a otro; cambiar de lugar; trasladarse a otra escena. Un espectador de cine jamás soportará que los personajes queden inmóviles en un solo sitio. En el teatro el mecanismo es distinto. Los actores están allí y cuando se levanta el telón generalmente están inmóviles. Esto hace que los espectadores se coloquen en una situación de espera. La escena teatral muestra al señor de la casa que está leyendo el periódico. Se abre una puerta y entra el criado trayendo una carta. Esto permite las primeras réplicas del diálogo.
En el cine se desarrollaría de la siguiente manera: el criado abre el buzón, saca la carta, sube la escalera y atraviesa varios aposentos. La cámara se fija en la carta sobre la bandeja. La música hace presentir que se trata de alguna desgracia o un mensaje festivo. Se abre una puerta, entra el criado y entrega la carta.
Por eso en la pantalla lo inmóvil no llega nunca a ser convincente.
Pero ¿qué es lo que el cine hace generalmente con nosotros?
Nos acorrala en la penumbra de una sala y allí nos pecherea; nos da bofetadas y sentados en nuestras butacas, aislados unos de otros, inermes, atrapados por la gloria de estas fulgurantes imágenes en movimiento, aprovecha y escudriña los sombríos rincones de nuestras almas y nos hace llorar y nos hace reir y nos aterroriza con toda clase de engendros y enviados diabólicos, aliens y monstruos acromegálicos y nos hace víctimas de todos los psicópatas homicidas que pululan por las pantallas. Nos atropella con sus explosiones y efectos especiales. Golpea nuestros sentidos y no nos deja reflexionar.
¡Pero nos gusta...! Nos deleitamos con los vómitos satánicos de Linda Blair en El Exorcista; nos estremecemos cuando Sigourney Weaver se enfrenta a los abominables parásitos que se incuban en los colonos de un planeta perdido. Vemos a Drácula chupar las gargantas de sus víctimas. Nosotros no andamos chupándole la sangre a ninguna muchacha desprevenida. Sin embargo, nos deleitamos convocando por las noches a los muertos en vida, vampiros sedientos de sangre y zombies ávidos de carne humana. Porque nacimos, nos formamos, hemos crecido dentro de una cultura del terror político y de la violencia social. Pareciera también que el hombre de este tiempo no quiere la verdad; quiere la diversión, el espectáculo.
De allí la importancia de estas discusiones sobre ver, oír y leer el arte para percibir, sentir y pensar mejor porque hay autores cinematográficos que nos ayudan a sentir y reflexionar; nos ayudan a entender el arte como vida.
El automóvil donde van Mel Gibson y Danny Glover en Arma letal atraviesa a toda velocidad el piso de oficinas, revienta las paredes y las ventanas a tres pisos de altura, cae en la vía rápida de la autopista y continúa la persecución de los bandidos. ¡Esto no es posible! No es posible que el héroe salte por el aire en la explosión y continúe vivo; que la balacera no lo toque o que sobreviva a las palizas! Mi hermano José Luis, que era médico, me dijo que una de esas palizas que se dan en el cine ameritan al menos tres o cuatro meses para reducir fracturas y mantener hospitalizado al paciente.!
La verdadera violencia vive ¡fuera del cine!
Pero el cine también puede hacernos reflexionar sobre la violencia. En la película de Mariana Rondón Pelo malo, la violencia entre la madre marginal y su hijo adolescente es brutal, pero ella jamás toca al muchacho. Mariana logró expresar la violencia del propio país. Este es un estupendo ejemplo de cómo el cine nos hace ver y sentir algo impalpable pero al mismo tiempo, tangible.
El cine sabe reir mientras pasan los comediantes haciendo gestos y volteretas de circo o perseguidos por una ridícula policía. Pero también sabe llorar y angustiarse ante la muerte en la guerra  y ante el horror anudando un hilo trágico en torno a las víctimas de los desastres. Es entonces cuando saca, al final, su famoso pañuelo de encaje y se seca las lágrimas para complacer a los espectadores. Sabrina (Audrey Hepburn), la hija de chofer se casa con el multimillonario Linus Larrabee (Humphrey Bogart); el soldado regresa del frente; el héroe recobra la libertad. El drama se transforma en un universo rosado, y algunos espectadores dicen: "Sí. ¡son cosas que pasan en el cine!" y regresan tranquilos a sus casas conscientes de que el drama que ha cruzado por las pantallas es apenas un soplo amargo y pasajero; que la violencia desatada por Bruce Willis como John McTiernan en Duro de Matar, o de Arnold Schwarzenegger como Terminator o Mel Gibson como Martin Riggs en la saga de Arma mortal no es lo que parece ser... ¡Son cosas del cine!
Pero el cine puede ayudarnos ¡y mucho! a ver, a oir, a sentir y a leer el arte. Puede hacernos pensar ¡Porque es el cine! ¡Porque hay autores cinematográficos! ¡Porque es este apasionante universo de ilusoria realidad poblado de imágenes fantasmales proyectadas sobre una pantalla en la penumbra de una sala!
Y ¡porque es mi vida! ¡Mi vida bajo el cielo estrellado de la portentosa aventura del arte y del pensamiento! 



(*) Conferencia dictada el 14 / 05 /2016 en la Sede de la Fundación Francisco Herrera Luque con motivo de el 50° cumpleaños de la Cinemateca Nacional.




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miércoles, 20 de abril de 2016

CARTA DE ALBERTO ARVELO TORREALBA A ANTONIO ESTÉVEZ



Con motivo de la celebración del año centenario del natalicio del compositor venezolano Antonio Estévez, publicamos a continuación esta carta que el poeta Alberto Arvelo Torrealba, autor del poema "Florentino y el Diablo" escribiera con ocasión de haber escuchado la ejecución de la Cantata Criolla, del músico calaboceño.

Acarigua, 6 de diciembre de 1961
Señor
Profesor Antonio Estévez
Caracas.
Querido y admirado amigo:
Conocía su estupenda Cantata Criolla sólo por grabaciones. Hoy, después de haberla escuchado en el estadio de Maracay, con intervención de la Orquesta Sinfónica Venezuela, de los solistas Antonio Lauro y Teo Capriles y de varios selectos grupos de Caracas; y tras el cordial entusiasmo con que usted, su gentil esposa y todos los artistas del proscenio nos agasajaron después del acto a mí y a mi mujer, al reconocernos entre la multitud, quiero reiterar y ampliar por escrito lo que en esta oportunidad esbocé en breves palabras imprevistas.
Convalecía entonces de fuertes quebrantos de salud, y la emoción, es cierto, halló campo favorable para conmoverme en forma inusitada al comienzo del acto, casi hasta inhibirme de gozarlo en plenitud. Esa sacudida afectiva se revivió en los episodios del aljibe de arena. Pero contrariamente a lo que podría presumirse, cuando resonaron los cascos del caballo, heraldos del vaquero sombrío; cuando el solo de Lauro, trágico y desafiante, hondo de llanería diablesca, encarnó la presencia del espanto, y los coros la tremoliaron hasta desvanecerla, y sobre todo; cuando la voz de Capriles, inmensa y solitaria estiró aquel ”sabana, sabana, tierra que hace sudar y querer”, como enrumbada hacia las señeras soledades “sin jorobas”, entonces aspiré una saludable sensación del patio familiar tranquilo. Entré en mi mundo. Me di cuenta de que aquella era la misma gente mía, mis propios hijos mayores, a quienes puse una vez a pelear por prepotencias ideales, y que ahora tornan a mí, vestidos de gala, ricos y enaltecidos, pero con el mismo amor y el mismo dolor de la patria con que de mí se fueron.
Mucho debe mi poesía a los preclaros músicos y compositores que la han interpretado. Majadero inquisidor de mis propios versos, aún de aquellos ya incorporados a mis libros, creo, sin embargo, que la mínima retribución al regalo de un aire musical selecto para una poesía, es mantener ésta intocada, inmune a la propia inconformidad, como reverencia espiritual a la música que la enaltece. Tal regla, con todo, he dejado de cumplirla con respecto a Florentino, el que cantó con el Diablo. Hecho por el cual debo a usted y al público una explicación.
A principios de 1950, decidí reestructurar la versión originaria de ese poema, para darla a la edición extraordinaria del “El Nacional” de ese año. Como quedaban pocos meses para el arreglo, y dado el carácter antagónico de los personajes, procedí, en fiel introversión de sus fueros, a darles plazo fijo para presentar su pliego de puntas, réplicas y contrarréplicas en la ampliación de la porfía. Vencido ese lapso, con el juicio contradictorio de los coplistas aún en fogueo, dí por clausurada la nueva versión y la mandé puntualmente al periódico. Pero los pensamientos rivales quedaron trabajando, en los términos toldados del subconsciente. Ardides del decir, retruques, saetas, refranes alusivos, retruécanos, alardeos epigramáticos, se multiplicaban, esgrimidos por los contrincantes, en clave recíproca. En virtud de esta íntima querella, a raíz de publicada la nueva versión, ya se gestaba otra de mayor amplitud, aún sin yo quererlo.
Para ese momento – agosto de 1950 –según me lo explicaba en Roma el insigne profesor Plaza, ya usted tenía casi lista la Cantata Criolla. Acaecieron, a partir de entonces, varios hechos artísticos extraordinarios.
En primer lugar, usted se impuso la tarea titánica, perdiendo quizás varios años de trabajo, de rehacer la partitura, precisamente en la parte de la misma que debía llevarle más tiempo: todo El Reto, más el comienzo de La Porfía. De este modo, la Cantata Criolla, interpretaba en su mitad inicial, la versión de 1950, mientras que el resto de la obra, quedaba sin cambios de fondo, concordado a la versión originaria de 1941.
Por otra parte, al estrenar usted su obra, la música rebalsó la poesía. Por el cauce estrecho de mi Apure coplero, usted puso a correr el Orinoco de su fantástica imaginación musical. A los versos del contrapunteo se asociaron, despertando sugestiones insospechadas, los austeros contornos de las melodías. A cada lado de las estrofas interpretadas, y por ende a la vera de todo el poema, quedaron, por magia de la música, cual en la vecindad de los ríos después de las crecidas, inmensos charcos luminosos, grávidos de imágenes inéditas. Por eso en los últimos toques que di a mi obra al forjar en 1957 la versión definitiva, tuvo que haber algo, acaso mucho de la interpretación a esos ecos de su interpretación.
Finalmente esa música, como una clarinada, como un alerta de gallos madrugueros, reactivó el espíritu combativo de mis personajes. Y sucedió lo que tenía que suceder. En la nueva planificación de la obra los copleros rivales en contumacia casi anárquica, se prevalieron de mi entusiasmo, para desbordarse en el desahogo ilimitado de sus argumentos reprimidos.
Así nació, con posterioridad a la Cantata Criolla, la versión última de mi poema. La última digo, porque me propongo no ceder ni un palmo ante el influjo de los personajes. Están ahora otra vez en tranca de viva reyerta, pidiéndome que siga la porfía. Categóricamente enfatizo que no lo lograrán.
Sé que el jinete del trote sombrío anda diciendo por los hatos de Barinas que pedirá la nulidad del poema porque en su último canto hubo milagro, patentizado en adelanto fraudulento de la aurora. Son alharacas y artificios muy propios de él. Jurista de altura, bien sabe que las leyes naturales no admiten prueba en contrario. Bien sabe también que si algo aparece como axiomático en mi poema, es el haber cruzado yo impávido, entre las dos figuras querellosas, sin diferencias ni desigualdades.
Más todavía. En alardeo de ésta imparcialidad, bien puedo confesar ahora cuando ya solo soy un tercero en la litis, que si alguna tentación de preferencia tuve en el poema, fue hacia el Diablo. Florentino es más fresco de lirismo, más ágil de epigrama, más sabio de imagen pechera, mas brujo de rasgueo en las cuerdas, más rico de atropello en el cantar. Pero el grave Autócrata de la Tiniebla es más hondo, mas poeta, más músico, más humano en las resonancias de la tragedia y la amargura. Rebelión y sufrimiento son el signo cardinal satánico. Cuando en el último drama de Byron, Caín pregunta: “¿Qué hacer para alcanzar destello de la eternidad?” – “Sufrir! ya estás en ella” fue la respuesta del díscolo y taciturno Arcángel Desterrado.
Para mí fue el propio Diablo, por confiado en su prepotencia retórica, pero acaso menos zahorí que su adversario, el que invirtió el lógico desenlace de la tremenda supremacía controvertida. Porque él no ha debido aceptar nunca la asonancia aguda de la primera vocal que le planteó su contrincante para el último episodio de la instancia. Y si la aceptó, ufano de su baquía poética, pregonando que los graves y los agudos le dan lo mismo, ha debido cambiar tal rima, después de la segunda réplica. Olvidó, y eso le costó un triunfo que él mismo ya había pregonado, que esa asonancia es asaz propicia para exultar pompa y arrobamiento religiosos, y sobre todo para la evocación mariana en cadenas, ráfaga final de desespero, con que Florentino logró enmudecerlo.
Esa es la realidad. Lo del milagro, con los “lebrunos del día” surgentes en la alta madrugada, es una despechada fabulación del Tenebroso, quien ya otra vez fue sorprendido por el alba, según pintoresco pasaje de Milton. Acaso se propone coaccionarme moralmente para que yo siga la porfía. Mas “sepa el cantador sombrío” que me inhibo definitivamente de la misma, la cual él y su adversario bien pueden continuar por su sola cuenta; y que si insiste en la sediciente acción de nulidad, la cual por lo demás ya está prescrita, remitiré todos los recaudos poéticos y musicales relativos al caso al señor Obispo de mi jurisdicción eclesiástica, para que éste decida la controversia, ya que los milagros, como figura jurídica, pertenecen al Derecho Canónico.
Siento mucho mi distinguido amigo, que no me sea dable finalizar esta carta con un juicio técnicamente apreciativo de su gran obra, por ser yo un perfecto profano en la especialidad artística donde usted campea. Mi vieja llanería sí puede, en cambio, intuir la siguiente apreciación objetiva:
Armonizando antítesis, como en dialéctica de embrujo, su Cantata se nos revela sosegadora e inquietante, llana y profunda, universal y criolla, popular y erudita, real y fantasmagórica. Su fondo permanente es rebeldía. Su fuerza humana, la virtualidad de conmover muchedumbres y de pasmar maestros. Su proeza artística, hacernos oír, bajo el cielo de América, con virgen voz americana, el ronco son de los remos con que aún golpean a los siglos los trágicos barqueros de la Estigia y el Aqueronte. Dentro de lo musical, la concurrencia de esos rasgos tipifica el signo demoníaco. Lo cual da a usted, sitio de honor entre los grandes músicos de inspiración diabólica que patrullea Paganini.
Por todo eso empiezo a sospechar, dilecto amigo, que entre los dos copleros, fraternos en el arte, antagónicos en el rumbo y en la meta de la esperanza, usted ha tenido también su poquito de preferencia por el Diablo.
De usted, cordialmente,
Alberto Arvelo Torrealba
Ensayo de la Cantata


miércoles, 23 de marzo de 2016

LA MISA DE LEONARD BERNSTEIN. ENLACE Y DESCRIPCIÓN





La presente es la presentación de la Misa de Leonard Bernstein en el Albert Hall de Londres, tal como fue transmitida y reproducida por BBC PROMS en 2012. Para este montaje, que corresponde más al diseño de un concierto o de un oratorio que a una obra teatral, tanto la escenografía como el vestuario fueron notablemente simplificados, sin que, en mi opinión, sufriera la obra ningún desmedro. Al final de esta entrada está la traducción de una descripción de la obra original.



Para ver y escuchar el video, favor hacer clic sobre este enlace


Orquesta Nacional de la BBC de Gales. Lesley Hathfield, leader.
Orquesta Nacional Juvenil de Gales.Director: Kristjan Jarvi.
Celebrante: Morten Frank Larsen
Niño solista: Julius Foo
Coro Nacional de la BBC de Gales
Maestro de coro: Adrian Partington
Maestros de coro: Huw Foulkes & Ryhs Griffiths
Coro Nacional Juvenil de Gales
Maestro de coro: Ralph Allwood
Masa de coro de niños
Maestro de coro: Osian Rowlands
Gente de la calle. Estudiantes y Alumnos del Real Colegio de Música y Drama de Gales
Banda de Rock y Blues: Trio Matt Herskowitz
Director de Escena: Thomas Kiemle
Presentados por: Petroc Trelawny
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                        LEONARD BERNSTEIN: MISA


Obra teatral para cantantes, actores y bailarines
Texto de la liturgia de la misa romana
Textos adicionales de Stephen Schwartz y Leonard Bernstein
1971



Traducido por F.P. del artículo Mass publicado sin firma en el portal Leonard Bernstein Office Inc. con algunas adiciones y aclaratorias propias.

Durante su permanencia legendaria en la Filarmónica de Nueva York desde 1958 hasta 1969, Leonard Bernstein compuso dos obras: la Sinfonía N°. 3: Kadish (1963) y Salmos de Chichester  (1965). Había dedicado Kadish a la memoria de John F. Kennedy poco después de su asesinato, y cuando Jacqueline Kennedy Onassis pidió a Bernstein que compusiera una pieza para la inauguración en 1971 del Centro Kennedy para las Artes Escénicas en Washington, DC, estuvo entusiasmado por honrar  la ocasión con una obra nueva de gran calado, y supo que siempre había querido " componer un servicio [religioso] de uno u otro tipo."

Hijo de padres judíos rusos y activista social , Bernstein hizo una sorprendente escogencia:. La misa católica romana.  Pero en lugar de una mera adaptación puramente musical de la liturgia latina, creó un evento teatral ampliamente ecléctico colocando el  rito religioso de 400 años de edad frente ante un diálogo tenso, dramático con la música y letra de la lengua vernácula del siglo 20, usando esta dialéctica para explorar la crisis en la fe y la descomposición cultural de la era post-Kennedy.

A finales de 1960, el país se había polarizado sobre la participación de EE.UU. en la guerra de Vietnam. Un poderoso movimiento antibélico barría la nación, alimentado por la indignación por el reclutamiento y las bajas masivas,  las atrocidades tales como la Masacre de ,My Lai, las  incursiones en Laos y Camboya, el encarcelamiento de objetores de conciencia y activistas, y, en 1970, los disparos a los estudiantes de la Universidad Estatal de Kent. Estos tiempos turbulentos producen una inquieta cultura juvenil hambrienta de un gobierno digno de confianza y de autoridad espiritual que refleje sus valores. La Misa les dio una voz.

Seis meses antes del estreno programado, la misa estaba lejos de haberse completado. Necesitado de un colaborador, Bernstein decidió pedir al joven compositor-letrista Stephen Schwartz para trabajar con él en el texto. Schwartz había demostrado recientemente su capacidad para transformar historias religiosas y rituales en el teatro contemporáneo con Godspell, su hit musical basado en el Evangelio de San Mateo. Los dos escritores se cayeron bien y trabajaron rápidamente para cumplir el plazo.

Bernstein y Schwartz visualizaron la Misa no como una pieza de concierto, sino como una puesta en escena dramática, como un desfile espectacular. Se mezclan los textos sagrados y seculares, utilizando la secuencia tradicional en latín litúrgico como la estructura fundamental y la inserción de los tropos en Inglés contemporáneo que se trate y desafiar el servicio prescrito, así como meditaciones que demandan tiempo para la reflexión. Tomaron la misa tridentina, un rito católico altamente ritualizado, destinado a ser recitado palabra por palabra, e insertaron una práctica muy judía de debatir y discutir con Dios. El resultado fue una pieza que comunica poderosamente la confusión y malestar en la cultura de la década de 1970, cuestionando la autoridad y la defensa de la paz.
La Misa de Bernstein es interpretada por  un Celebrante acompañado por un coro formal, un coro de niños, acólitos y músicos.

La Misa es  presidida por un Celebrante acompañado por un coro formal de chicos del coro, acólitos y músicos. Su congregación de jóvenes descontentos (la"Gente de la calle") canta los tropos que desafían el dogma eclesiástico formal de la Iglesia. A medida que la tensión crece y el Celebrante se vuelve más y más investido de autoridad, los cínicos miembros de la asamblea se dirigen a él como el sanador de todos sus males, exigiendo violentamente  la paz. En un momento culminante, abrumado por el peso de su autoridad, el Celebrante arroja los sacramentos al piso y experimenta un completo derrumbamiento espiritual. La catarsis crea una abertura para un retorno a la fe sencilla, pura con la que había comenzado el ritual, expresado en el sublime A Simple Song ("Una sencilla canción"). Aunque la Misa desafía la autoridad divina, dejando al descubierto sus contradicciones y cuestionando la relevancia de la religión en la vida contemporánea, en definitiva, sirve como una reafirmación de la fe y la esperanza de la paz universal.

El eclecticismo de la música de la Misa refleja la naturaleza polifacética de la carrera de Bernstein, con blues, rock, gospel, folk, y modismos de jazz y Broadway que aparecen al lado del serialismo de dodecafónico, marchas sinfónicas, himnos solemnes, danzas del Medio Oriente, meditaciones de orquesta, y exuberantes corales, todos unidos en un solo evento dramático con motivos recurrentes musicales. Bernstein utiliza el deshinibido rock 'n' roll tonal del Coro de la Calle para desafiar la música dogmática, atonal, de la Iglesia; finalmente, el argumento musical se resuelve con un glorioso coral tonal Almighty Father ("Padre Todopoderoso") cantado por todo el ensemble

La Misa fue estrenada el 8 de septiembre de 1971, en la inauguración del Centro Kennedy, dirigida por Gordon Davidson, realizado por Maurice Peress, y la coreografía de Alvin Ailey. La puesta en escena fue realizada con más de 200 participantes. El foso de la orquesta contenía las cuerdas, percusión, un órgano de conciertos, y un órgano de rock; todos los demás instrumentistas-instrumentos de viento, músicos de rock- estaban en el escenario en traje y actuaron como miembros del reparto. El Coro de la Calle se compone de cantantes y bailarines en traje de moda contemporánea, un coro de 60 personas en túnica llenó las bancas del escenario, y un complemento de bailarines vestidos como acólitos asistían al Celebrante.


Durante su trabajo en la Misa, Bernstein consultó con el Padre Dan Berrigan, un sacerdote católico y activista contra la guerra que había estado entre los "10 más buscados" del FBI antes de ser aprehendido y encarcelado. En el verano de 1971, cuando la Misa se acercó a su estreno, el FBI advirtió a la Casa Blanca que el texto en latín de la misa podría contener mensajes codificados contra la guerra y que Bernstein estaba montando una conspiración para "avergonzar al gobierno de los Estados Unidos." El Presidente Nixon fue severamente advertido de no asistir, y brilló por su ausencia en el estreno.

Las respuestas a la premier de la Misa cubrieron todo el espectro. La Iglesia Católica no la aprobó -- algunas ciudades vieron canceladas la presentación bajo la presión de sus iglesias católicas locales -  mientras que otros clérigos prominentes declararon su apoyo a la pieza. Ciertos críticos de música desaprobaron la mezcla de géneros, mientras que otros han encontrado el trabajo como inspirado. En su mayor parte, las audiencias se sintieron profundamente conmovidas, experimentando de primera mano la experiencia de viaje comunitario de la pieza.

Con los años, las ideas y la disidencia encarnadas en la Misa, que fueron vistos tan amenazantes para el sistema político y religioso de los volátiles principios de los años 1970, se han convertido en una parte más aceptada del discurso político y espiritual. El círculo de la Misa se cerró cuando, en 2000, el Papa Juan Pablo II pidió una actuación en el Vaticano. Su mezcla radical de estilos musicales, también, también se ha vuelto menos impactante y más aceptada en el ámbito musical. El tiempo ha puesto de manifiesto la Misa como una pieza visionaria que sigue siendo relevante y mueve a las audiencias a disfrutar de las representaciones en todo el mundo.

Sinopsis


La Misa comienza en la oscuridad con una pre-grabado dodecafónico "Kyrie Eleison" transmitido por más de cuatro altavoces colocados en las esquinas del recinto.

A Simple Song ("Una sencilla canción")

La cacofonía creada por la superposición de las voces y la percusión es súbitamente interrumpida por las simples acordes de una guitarra, y el Celebrante aparece en ropa de calle, cantando con alegría la pura alabanza de Dios: A Simple Song. Un responsorio jazzístico, pregrabado (“Aleluya") completa las Devociones antes de la misa.

El escenario es inundado de repente  por gente de una festiva Gente de la Calle que entra marchando al son de una banda de música para cantar las oraciones introductorias Kyrie Rondo y Asperge ("Aspérgeme, Señor") uniéndose  el Celebrante y el coro de niños. Después de un baile, que completan el primer introito con el Dominus Vobiscum (El Señor esté con vosotros) cantado tres veces en un canon tres veces triple Kyrie eléison (Señor, ten piedad) / Christe eléison (Cristo, ten piedad)


Kyrie eléison,Kyrie eléison, Kyrie eléison
Christe eléison, Christe eléison, Christe eléison
Kyrie eléison,Kyrie eléison, Kyrie eléison. 

[N. del T. Este tres veces triple canon se introdujo en la liturgia para que la frase Señor, ten piedad, en griego, fuera elevada tres veces a cada una de las Tres Divinas persona, usando la expresión Christe a la segunda].

El celebrante recita "En el nombre del Padre" y una tercera cinta pregrabada hace oir al Coro formal y al Coro de Niños repetir la invocación In nómine Patris, et Fílii, et Spíritus Sancti ("En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo") mientras hacen su entrada los Acólitos , llevando objetos rituales, y los archivos del Coro y se sientan. Una oración por la Congregación es cantada por el Coro formal por medio de un sereno coral: Almighty Father ("Padre Todopoderoso") seguido de la  instrumental pre-grabada "Epifanía".

El Acto penitencial comienza con un agitado Confiteor ("Yo confieso") cantado por el Coro formal, pero el servicio es interrumpido por el primer tropo I Don’t Know ("Yo no sé"), acompañado de la banda de rock, en el que un cantante callejero cuestiona el valor de la confesión.


I don’t know (No lo sé)

Más cantantes callejeros siguen con otro tropo: Easy (“Fácil"), un blues sobre lo fácil que es para fingir piedad cuando "simplemente no les importa." Los Acólitos adornan al Celebrante con más investiduras  mientras el Coro formal intenta continuar el Confiteor, pero los cantantes callejeros se reafirman.

El Celebrante ofrece la absolución e invita a la congregación a orar; un interludio orquestal (“Meditación Nº 1") ofrece tiempo para la reflexión.


La meditación Nº 1
Un grupo de muchachos se precipita hacia el Celebrante con bongós y canta un exultante Gloria Tibi ("Gloria a ti"), seguido por el coro de Gloria in Excelsis ("Gloria en las alturas"). Los cantantes callejeros responden con un tropo, cuestionando la pertinencia de la Iglesia en medio de tantas almas perdidas.
Half of the People ( "La mitad de la gente").

En el siguiente tropo Thank You, ("Gracias") una soprano canta con nostalgia sobre un tiempo anterior cuando sintió gratitud hacia Dios. Cuando la Gente de la Calle empieza a reafirmar su cinismo, el Celebrante de nuevo los invita a orar, y todos están en silencio durante una meditación instrumental ( "Meditación Nº 2").

En la Epístola, el celebrante lee un pasaje de la Biblia The Word of the Lord (“La Palabra del Señor"), seguido cartas contemporáneas leídas por miembros de la congregación. Juntos, reflexionan sobre la noción de que los poderosos pueden encarcelar a los disidentes, pero que "no pueden encarcelar a la Palabra del Señor." A continuación, en el Sermón sobre el Evangelio God said ( "Dios dijo"), un predicador callejero y la Gente de la Calle parodian el relato de la creación y los seres humanos contemporáneos distorsionan los mandamientos de Dios para justificar sus propias necesidades y deseos egoístas. Se detienen su baile cuando el celebrante vuelve a aparecer, ahora vestido aún más elaboradamente.

En el Credo ("Creo", o Profesión de Fe), una grabación del coro formal que canta una recitación desapasionada, mecánica, del Credo, se ve interrumpida por la Gente de la Calle cantando una serie de tropos que expresan su sentido de que Dios está ausente del mundo y no tiene conocimiento de ellos. Los hombres expresar su cólera que Dios podía elegir el momento de vivir y morir, pero que no tienen otra opción: Non credo ("No creo"); una mujer implora a Jesús que se dé prisa y venga de nuevo como él dijo que iba a hacer: Hurry ("Date prisa"); otra mujer canta que el mundo se está cayendo a pedazos: World Without End ("Un mundo sin fin").


Creo en Dios
Por último, un cantante de rock enojado se da por vencido por un Dios aparentemente ausente y en su lugar, pone su fe en la música (“Creo en Dios"). El Celebrante reanuda el control del servicio pidiéndoles que oren. El coro canta una súplica a Dios en una versión del Salmo 130 (“La meditación Nº 3: De profundis, Parte 1"), como monaguillos  llevan el Celebrante los vasos para la comunión. Para el Ofertorio, el coro formal y el coro de niños completan el salmo ( "De profundis, Parte 2), el canto de la bondad y de la redención de Dios, mientras el celebrante bendice los objetos sagrados de la comunión. Él sale, y el grupo danza alrededor de los objetos sagrados con pasión fetichista.

El celebrante vuelve a entrar revestido de una capa pluvial, y el conjunto retrocede en silencio y hace mutis. Solo, el celebrante recita la Oración del Señor ("Padre nuestro") a capella , seguido por su propia tropo I Go On (“Prosigo”), en el que canta con inquietud sobre la perseverancia en los momentos de dificultad y duda. Dos monaguillos le ayuden en el lavatorio y secado de las manos, y él toca la campanilla del Sanctus (“Santo”). El Coro de niños irrumpe en el escenario cantando un jubiloso Sanctus , al  que se unen el celebrante, el Coro formal y la Gente  de la Calle cantando en Inglés, latín y hebreo.
Santo.

El grupo lo rodea mientras le ofrenda dones imaginarios. A medida que el Celebrante trata de consagrar el pan y el vino para la Eucaristía, la Gente de la calle interrumpe, cantando el Agnus Dei (“Cordero de Dios”) y se quedan pegados en la frase, Dona nobis pacem ( "Danos la paz"). Se hacen cargo del servicio, cantando un rock-blues de protesta en toda regla, exigiendo junto con el Coro y los instrumentistas la paz con creciente violencia. El Celebrante trata de continuar la Eucaristía, pero, finalmente, la anarquía se le hace insoportable; en el clímax de su protesta, lanza los sacramentos al suelo, rompiendo el Cáliz y la Custodia. Hay un silencio de asombro, y todos menos el Celebrante caen petrificados al suelo.

En la extensa aria Things Get Broken (“Las cosas se rompen"), el Celebrante se desmorona por completo, despreciando sus creencias, profanando el altar, y despojándose de sus vestiduras. Le reclama a la congregación su silencio y su incapacidad para actuar sin él, parodiándolos a ellos en esa permanente queja y lamento  de sus tropos. Agotado y amargado, renuncia a su cargo sagrado y se va.

Después de un silencio sostenido, una flauta quejumbrosa se escucha, seguido por el sonido puro e inocente de un niño soprano, entonando la anterior A Simple Song (Una sencilla canción) del comienzo: Pax: Comunion (Secreta). Uno por uno, los miembros de la congregación descubren un renovado sentido de la fe y se unen a la canción del niño, abrazándose entre sí. Poco a poco, la Gente de la Calle, el Coro formal, los instrumentistas y todos se unen y se dan la paz entre ellos y a todo el ensemble. Por último, el Celebrante reaparece, vestido en ropa de calle, como al principio, y se une al niño en un canon, recordando la alegría simple de unirse en la alabanza. Toda la compañía vuelve a interpretar el exuberante coral Almighty Father ("Padre Todopoderoso") pidiendo la bendición de Dios, mientras el Coro de niño da la paz a la audiencia. Después de todas las disonancias, el coral termina con un unísono Amen y la misa concluye con la frase, que se oye en los altavoces: 

-"La misa ha terminado. Podéis ir en paz."



domingo, 10 de enero de 2016

EL SIGLO ANTONIO ESTÉVEZ


                                         ANA MARÍA HERNÁNDEZ G (*) 






Fotografía de Estévez tomada por Carlos Cruz-Diez en 1968



El 3 de enero de 2016 amaneció con la celebración del centenario del compositor calaboceño Antonio Estévez.

Y si su obra más conocida es la Cantata Criolla, Estévez tiene otros méritos de gran envergadura, desde una importante obra pianística y coral, hasta la fundación de una de las instituciones patrimoniales del país, como el Orfeón Universitario de la Universidad Central de Venezuela.

El libro Sonido que es imagen (1996) lo define como "el músico más profundo y emotivo de la generación de compositores nacionalistas", y agrega que en 1926 ingresó a una banda fundada en el estado Guárico, como ejecutante del genis (suerte de trompeta).

Para examen

La pianista venezolana Clara Rodríguez, quien reside en el Reino Unido, comenta con orgullo que la Canción de cuna para dormir una muñeca de Estévez fue escogida para el período 2015-2016 como pieza para los exámenes de grado de la Associated Board of the Royal Schools of Music: "Al final del lapso, la obra va a haber sido tocada por cerca de 40 mil pianistas alrededor del mundo".

Sobre las obras del maestro señala que "cada una de sus piezas tiene su propia personalidad. En contraste con su conocido carácter recio y su poco diplomática libertad de expresión, su música tiene una profunda poesía, momentos de absoluta ternura y de delicada filigrana".

Incluso, Rodríguez destaca la pasión que Estévez le imprimió a su trabajo: "Hay un amor profundo por su tierra representado en sus obras que incluye la Suite llanera, y por supuesto en la emblemática Cantata Criolla, la cual es para nosotros el equivalente al Mesías de Handel para los ingleses. Nos emocionamos al oirla, se nos pone la carne de gallina desde la primera nota".

De la literatura musical del maestro, Rodríguez grabará este año sus 17 canciones infantiles, y la pianista recuerda que cuando Estévez se las escuchó en una ocasión, en el Museo del Teclado, dijo: "Clara Rodríguez es una poeta del piano. Si yo fuera pianista, me gustaría tocarlas como ella lo hace".

Las notas del Orfeón UCV

El Orfeón de la UCV rendirá su homenaje a Estévez, según informó la coordinadora de la agrupación, Diana Herrera.

"Nuestro director, profesor Raúl López Moreno, está diseñando y preparando un concierto dedicado exclusivamente a la obra coral del maestro Estévez, en el marco de las diferentes actividades que estará desarrollando la Universidad Central, a través de la Escuela de Artes, la Dirección de Cultura y el Rectorado", señaló, y agregó que también "tenemos la intención de llevar parte de este trabajo a la población de Calabozo", y "estaremos inmersos en la interpretación de la Cantata Criolla como parte de la masa coral protagonista de este montaje que seguramente propondrán los diferentes actores de la vida sinfónica musical de Venezuela".

Icono del nacionalismo

Para el pianista y musicólogo Juan Francisco Sans, hay una analogía entre Juan Rulfo y Antonio Estévez, en el sentido de que "al escritor mexicano le bastaron apenas dos novelas -El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955)- para ser reconocido como uno de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX. Otro tanto ocurrió en el caso de Estévez: su Cantata Criolla se convirtió desde su estreno en 1954 en el icono del nacionalismo musical venezolano".

Discípulo de Vicente Emilio Sojo, Estévez también fue instrumentista, y luego de haber sido intérprete del genis, estudió oboe y clarinete; perteneció a la Banda Marcial Caracas dirigida por Pedro Elías Gutiérrez (autor del Alma llanera) e integrante de la Orquesta Sinfónica de Venezuela. Como creador, su obra cabalga entre el nacionalismo y la estética contemporánea.

Sobre ello, Sans dice que en la producción de Estévez "encontramos retratado el enorme dilema de quienes estuvieron adscritos inicialmente al nacionalismo musical venezolano y procuraron luego un cambio de estética: una lucha interior entre las tendencias más conservadoras y el experimentalismo; entre tradición y vanguardia, entre lo nuevo y lo ya estatuido, entre el deber de 'hacer patria' con la música y la necesidad de encontrar un camino propio e individual".

Pero sobre todo resalta el musicólogo a un rasgo único en el autor llanero: "Se aventuró en mares por los que ninguno de sus contemporáneos se atrevió a navegar. Me refiero particularmente a la música electrónica y a la integración de las artes con Carlos Raúl Villanueva y Jesús Soto".

De hecho, fue el propio Antonio Estévez quien fundó en 1971 el Instituto de Fonología Musical, y lo dirigió hasta 1979.

No obstante, Sans resalta que luego de esa incursión por la electrónica, calificado como "salto acrobático en su estilo", Estévez retornó a lo anterior.

"Lo cierto es que nunca se halló cómodo con la música electrónica, lo cual se hace evidente en la propia música que hizo para este medio, y esa etapa no dejó de ser algo meramente anecdótico en su vida", dice.

Por fortuna, ese material sonoro -a pesar de haber sido desdeñado por el propio autor- se ha rescatado.

Lo hizo "Daniel Atilano, en un magnífico trabajo interactivo que espero se edite algún día. En su música postrera, Estévez regresó a su estilo previo, asimilando no obstante lo aprendido en esta experiencia".

Esperemos en estos meses los programas que sobre Antonio Estévez, ofrezcan las orquestas y los músicos venezolanos.


(*) Publicada originalmente el domingo 10 de enero de 2016 en El Universal.

Sobre el compositor, invitamos a leer: "Antonio Estévez...¡tan lejos y tan cerca!"