jueves, 14 de julio de 2016

DOS SOLDADOS

En la entrada de mi blog Mi colcha de retazos del 23 de noviembre de 2011, titulada WILLIAM FAULKNER: EL GRANJERO EN VENEZUELAmencionaba entonces la imposibilidad de acceder al texto original de este cuento o novela corta de William Faulkner. Posteriormente, como lo aclaré en un post-scriptum, este deseo se hizo realidad. Gracias a los buenos oficios de la Licenciada Oriana Ríos hoy  puedo transcribir la versión digital, publicada en el portal Literatura.us, con algunas modificaciones. 



Pete y yo bajábamos a la casa del Viejo Killegrew a oír su radio. Esperábamos a después de la cena, a después de que anocheciera, y nos plantábamos ante la ventana del salón del Viejo Killegrew, y la escuchábamos porque la mujer del Viejo Killegrew estaba sorda como una tapia, así que el viejo ponía la radio a todo el volumen que la podía poner, y por eso Pete y yo la escuchábamos igual de bien o mejor que la mujer del Viejo Killegrew, o a mí me lo parece, pese a estar allí de pie, fuera, con la ventana cerrada.
      Y aquella noche le dije:
      — ¿Cómo? ¿Japoneses? ¿Y qué es una bahía de perla? [1]
      Y Pete me dijo que me callara.
      Y así que allí nos quedamos, y vaya si hacía frío, escuchando hablar al tipo de la radio, sólo que para mí aquello no tenía ni pies ni cabeza. El tipo de la radio dijo entonces que no habría más noticias hasta pasado un rato, y Pete y yo volvimos caminando hasta casa, y Pete me explicó de qué iba todo aquello. Porque ya rondaba los veinte y había terminado de estudiar en el colegio de la Concentración Escolar el mes de junio anterior y sabía que no veas si sabía: me contó que los japoneses habían tirado bombas en Pearl Harbor y que Pearl Harbor estaba al otro lado del charco.
      —¿Al otro lado del charco? —dije—. ¿Al otro lado del embalse del Gobierno que hay en Oxford?
      —Qué va —dijo Pete—. Al otro lado del charco grande. El océano Pacífico.
      Nos fuimos para casa. Mamá y papá ya se habían ido a la cama, y Pete y yo nos fuimos a la cama, y yo seguía sin entender dónde estaba aquello, y Pete me volvió a decir que era el Océano Pacífico.
      —Pero… ¿a ti qué te pasa? —dijo Pete—. Vas para nueve años. Estás en el colegio desde septiembre. ¿O es que no has aprendido nada aún?
      —Pues es que aún no hemos llegado tan lejos, no hemos llegado al Océano Pacífico aún —dije.
      Todavía estábamos sembrando las algarrobas que tendrían que haber estado plantadas ya mediado noviembre, porque papá todavía iba muy atrasado en todo, como lo estuvo siempre, desde que Pete y yo lo conocimos.[2] Y además, nos quedaba la leña por llevar a casa, pero todas las noches Pete y yo nos largábamos a la casa del Viejo Killegrew y nos plantábamos ante la ventana de su salón para escuchar su radio; luego nos volvíamos a casa y nos tumbábamos en la cama y Pete me contaba de qué iba todo aquello. Mejor dicho, durante un rato me lo contaba. Luego ya no me contaba nada. Era como si no quisiera hablar más de todo aquello. Me decía que me callara la boca de una vez porque tenía ganas de dormirse, pero es que nunca tenía ganas de dormirse.
      Se quedaba tumbado, hecho un montón más quieto que si estuviera dormido, y algo había, yo bien que se lo notaba, casi como si estuviera furioso conmigo, sólo que bien sabía yo que no estaba pensando en mí, sino que era más bien como si estuviera preocupado por algo, pero tampoco era eso, pues nunca tuvo de qué preocuparse. Nunca se retrasaba, como papá, y menos aún tuvo atrasos tan grandes.
      Papá le dio diez acres cuando su graduación en el colegio de la Concentración Escolar, y Pete y yo calculamos los dos que papá en el fondo se alegró que no veas de quitarse de encima por lo menos diez acres, menos preocupaciones para él; Pete sembró los diez acres de algarroba y luego los labró bien y dejó los surcos bien trazados para el invierno, así que no podía ser eso.
      Pero algo tenía que ser. Y con eso y con todo allá que nos íbamos todas las noches a la casa del Viejo Killegrew a escuchar su radio, y allá que andaban entonces en las Filipinas, aunque el general MacArthur los aguantaba aún.[3] Y luego nos volvíamos a la casa y nos tumbábamos en la cama y Pete no me contaba nada, no me hablaba de nada. Se quedaba tumbado y tan quieto como si estuviera emboscado, y cuando yo lo tocaba, en el costado o en la pierna, lo encontraba tan duro y tan quieto como el hierro, y así era hasta que pasado un rato me dormía yo.
      Una noche, y fue la primera vez en que no me dijo nada, además de regañarme por no haber cortado leña suficiente en el tocón donde teníamos el hacha, me dijo:
      —Me tengo que marchar.
      —¿Marchar? ¿Adónde? —le dije.
      —A esa guerra —dijo Pete.
      —¿Antes de terminar de traer la leña a casa?
      —Al infierno se puede ir la leña —dijo Pete.
      —Pues muy bien —dije—. ¿Cuándo nos ponemos en marcha?
      Sólo que él ni siquiera me estaba escuchando. Allí seguía tumbado, duro y quieto como el hierro, a oscuras.
      —Me tengo que marchar —dijo—. Es que no voy a permitir yo que nadie trate de esa forma a los Estados Unidos.
      —Sí —dije—. Con leña o sin leña, a mí me parece que nos tenemos que marchar.
      Esta vez yo creo que sí me oyó. Seguía tumbado y muy quieto, aunque estaba quieto de otra forma.
      — ¿Tú? —dijo—. ¿A una guerra?
      —Pues claro. Tú te cargas a los grandes y yo me cargo a los pequeños —dije.
      Entonces me dijo que yo no podía ir. Al principio pensé que, en el fondo, nunca quiso que yo fuese perdiendo el culo detrás de él, tal como nunca me permitió ir con él cuando rondaba a las hijas de Tull. Luego me dijo que en el ejército no me lo permitirían porque aún era muy chico, y entonces sí supe que lo había dicho en serio, y que eso quería decir que yo no podía ir de ninguna de las maneras, no señor. Y no sé por qué no se lo quise creer y tampoco me creí que se fuese él, o no hasta ese momento, pero es que en ese momento supe que sí que se iba, como supe que sin mí no se iba a marchar.
      —Pues entonces ya cortaré yo la leña para todos ustedes, ya les llevaré el agua —dije—. ¡Leña y agua tienen que llevar!
      Da lo mismo, porque entonces sí me estaba escuchando. Ya no era como el hierro.
      Se volvió de costado y me puso la mano en el pecho, porque era yo el que estaba tendido boca arriba y bien tieso.
      —No —dijo—. Tú te tienes que quedar y ayudar a papá.
      — ¿Ayudarle? ¿En qué? —dije—. Si nunca se va a poner al día, no hay manera… Es imposible que vaya más atrasado de lo que va. Seguro que puede él hacerse cargo del terruño que tiene mientras tú y yo nos cargamos a los japos. Yo también tengo que ir. Si tú tienes que ir, yo tengo que ir también.
      —No —dijo Pete—. Anda, calla. Cállate —y me di cuenta de que hablaba en serio, sí señor. Me aseguré al oírlo de sus propios labios. E hice como que no insistía, diciendo:
      —Así que no puedo ir… —dije.
      —No —dijo Pete—. Tú no puedes ir. Para empezar, aún estás muy chiquito, y es que además…
      —Está bien, está bien —dije—. 

 —Entonces te callas la boca y me dejas que me duerma, ¿eh?
      Así que se quedó callado y se volvió a tumbar boca arriba. Y yo seguí tumbado como si estuviera dormido, y no tardó en dormirse y supe que eran sus ganas de ir a la guerra lo que tanto le había preocupado, lo que no le dejaba dormir, y que ahora que había resuelto ir a la guerra ya no tenía preocupación ninguna.
      A la mañana siguiente se lo dijo a mamá y a papá. A mamá no le pasó nada. Sólo lloró.
      —No —dijo llorando—. No quiero que vaya. Antes querría ir yo en su lugar, si es que pudiera. Yo no quiero salvar al país. Por mí, que lo conquisten y se lo queden esos japoneses, si es que quieren, mientras a mi familia y a mis hijos y a mí nos dejen en paz. Pero me acuerdo de mi hermano Marsh en aquella otra guerra. Él tuvo que ir a aquella otra guerra y eso que no había cumplido ni diecinueve años, y nuestra madre no lo pudo entender en su día, como tampoco ahora lo entiendo yo. Pero mi madre a Marsh le dijo que si tenía que ir pues tenía que ir. Así que si Pete tiene que ir a ésta, pues será que tiene que ir. Pero a mí que no me pidan que entienda el porqué.
       En cambio papá dio en el clavo. Por algo era el hombre.
      —¿A la guerra? —dijo—. Pues vaya, yo en eso no veo ninguna utilidad. Tú aún no tienes edad para alistarte, y el país, que yo sepa, no lo han invadido. Nuestro presidente, en Washington, D. C., está atento a las condiciones y ya nos notificará las cosas cuando haga falta. Además, en esa otra guerra de la que tu madre acaba de hablar, a mí me reclutaron y con la misma me mandaron a Texas y allí me tuvieron ocho meses hasta que por fin terminaron los combates. A mí me parece que eso, con lo de tu tío Marsh, que se llevó una herida de verdad en los campos de combate de Francia, es para mí y los míos más que suficiente si hemos tenido obligación de proteger al país, al menos mientras yo viva. Y, por otra parte, ¿a quién le pido yo ayuda con los cultivos cuando tú te hayas ido, eh? A mí me parece que así voy a ir atrasado de verdad.
      —Tú has ido atrasado desde que yo alcanzo a recordar —dijo Pete—. De todos modos, me marcho. Me tengo que marchar.
      —Pues claro que se tiene que marchar —dije—. Esos japos…
      — ¡Tú te callas la boca! —dijo mamá llorando—. ¡Contigo no habla nadie! Ve a traerme un buen montón de leña. Eso sí que lo puedes hacer.
      Así que fui a buscar la leña. Y durante todo el día siguiente, mientras Pete y papá y yo trajimos toda la leña que nos fue posible traer en el poco tiempo que tuvimos, porque ya dijo Pete que para papá tener leña de sobra era tener sólo una astilla más pegada a la pared, una astilla que mamá aún no hubiera echado al fuego, mamá fue preparando las cosas para que Pete se marchase. Le lavó y le remendó la ropa y le preparó una lonchera con algo de comer. Y esa noche Pete y yo nos tumbamos en la cama y la oímos empacar sus cosas en la maleta y la oímos llorar a la vez, hasta que pasado un rato Pete se levantó y volvió con ella, y los oí hablar a los dos, hasta que por fin oí a mamá decir:
      —Tú tienes que ir, así que yo quiero que vayas. Pero yo no lo entiendo, y nunca lo entenderé, así que no cuentes con que lo entienda.
      Y Pete volvió a acostarse otra vez y otra vez se quedó muy quieto y duro como el hierro, boca arriba, y entonces de pronto dijo, y no me lo dijo a mí, porque lo dijo como si no hablase con nadie: «Me tengo que marchar, eso es todo: sólo me tengo que marchar».
      —Pues claro que tienes que marchar —dije—. Esos japos…
      Se volvió de pronto con dureza, como si de pronto se hubiera puesto firme de costado, mirándome a oscuras.
      —Da lo mismo, porque tienes razón —dijo—. Supuse que iba a tener más complicaciones contigo que con todos los demás juntos.
      —Supongo que eso no tiene remedio —dije—. Pero a lo mejor la cosa dura unos años más y me da tiempo a ir. A lo mejor un día me ves a tu lado.
      —Espero que no —dijo Pete—. Nadie va a la guerra a pasar un buen rato. Nadie deja a su mamá llorando por pasar un buen rato.
      —Entonces, ¿tú a qué vas? —dije.
      —Yo tengo que ir —dijo—. No me queda más remedio. Ahora duérmete, anda. Mañana temprano tengo que coger el autobús.
      —Entendido —dije—. Me han dicho que Memphis es muy grande. ¿Cómo sabrás dónde encontrar el ejército?
      —Ya le preguntaré a alguien dónde alistarme —dijo Pete—. Ahora duérmete.
      — ¿Y es eso lo que vas a preguntar, dónde alistarte en el ejército? —dije.
      —Sí —dijo Pete. Se volvió de nuevo boca arriba—. Cállate de una vez y duérmete.
      Nos dormimos. A la mañana siguiente desayunamos con la luz del candil porque el autobús pasaba a las seis en punto. Mamá ya no lloraba. Sólo parecía enojada y ajetreada sirviendo el desayuno mientras nos lo zampábamos. Entonces terminó de empaquetar la maleta de Pete, por más que no quiso él llevarse ninguna maleta a la guerra, aunque mamá dijo que las personas decentes nunca van a ninguna parte, ni siquiera a una guerra, sin una muda de repuesto y algo en lo que llevarla. Metió dentro la lonchera, que era poco más que una caja de zapatos, con pollo frito y galletas saladas, y de paso le metió en la maleta una Biblia, y llegó la hora de marchar. Hasta ese momento no supimos que mamá no pensaba ir a la parada del autobús. Sólo trajo el abrigo y la gorra de Pete, y eso que aún no había vuelto a llorar; se quedó con las manos sobre los hombros de Pete y sin moverse, aunque no sé cómo, y sólo por su manera de sujetar a Pete por los hombros, parecía haberse endurecido, parecía tan fiera como Pete cuando se volvió hacia mí la noche anterior en la cama y me dijo que a pesar de todo tenía yo razón.
      —Por mí, que se queden con el país, que se lo cojan si quieren mientras no nos molesten ni a mí ni a los míos —dijo. Y dijo—: No te olvides de quién eres. No eres rico. El resto del mundo, más allá de Frenchman’s Bend, nunca ha oído hablar de ti. Pero tienes una sangre tan buena como la que más, eso que no se te olvide nunca.
      Entonces le dio un beso y él salió de la casa, aunque fue papá quien llevaba la maleta de Pete, sin importarle que Pete la quisiera llevar o no. No amanecía aún, no amaneció siquiera cuando llevábamos un rato en la carretera, al lado del buzón. Vimos entonces los faros del autobús que se acercaba y miré el autobús hasta que llegó a donde estábamos y Pete le hizo una señal, y entonces desde luego que había empezado a clarear, amaneció mientras yo no estaba pendiente. Y entonces Pete y yo contamos con que papá dijera alguna bobada, como ya dijo antes, lo de que el tío Marsh salió herido de Francia y lo de aquel viaje a Texas que hizo papá en 1918, y que tendría que haber sido suficiente para salvar a los Estados Unidos en 1942, pero no fue así. Lo hizo muy bien.
      —Adiós, hijo mío —dijo—. Nunca te olvides de lo que dijo tu madre, y escríbele cuando tengas tiempo.
      Estrechó a Pete la mano y Pete me miró unos momentos y me plantó la mano en la cabeza y me restregó el pelo tan fuerte que por poco me arranca la cabeza de cuajo y subió de un salto al autobús, y el tipo que iba en el autobús cerró la puerta y el autobús empezó a zumbar primero, a bambolearse después, zumbando y rechinando y chirriando cada vez más fuerte; cogió velocidad, las dos lucecitas rojas de detrás que nunca parecía que se fueran a empequeñecer más, que parecían correr juntas hasta que muy pronto se tocasen y fueran una sola luz. Pero no se llegaron a juntar, y desapareció el autobús y allí mismo podría haberme echado a llorar, a pesar de que ya tenía casi nueve años y todo.
      Papá y yo volvimos a casa. Todo el día lo pasamos trabajando en el árbol del bosque, cortando leña, así que nunca tuve ocasión hasta mediada la tarde. Entonces cogí el tirachinas y me hubiera gustado coger todos los huevos de la colección, porque Pete me había regalado la suya y me ayudó a reunir la mía, y le gustaba sacar la caja y mirarlos todos tanto como a mí, por más que casi tuviera veinte años. Pero la caja era demasiado grande para llevársela durante un trecho largo y encima andar preocupado por ella, así que sólo me llevé el huevo de garza azul, porque era el mejor de todos, y lo envolví muy bien dentro de una caja de cerillas y la escondí con el tirachinas en un rincón del granero. Luego cenamos y nos fuimos a la cama, y entonces me paré a pensar en que si tenía que quedarme en aquella habitación y en aquella cama, así fuese una sola noche más, no habría sabido cómo. Luego oí roncar a papá, pero a mamá no le oí hacer ningún ruido, tanto si dormía como si no, y no me pareció que durmiese. Así que tomé mis zapatos y los saqué por la ventana y luego salté como vi hacer a Pete más de una vez, cuando aún tenía sólo diecisiete y papá decía que era demasiado joven para andar toda la noche rondando a las chicas, y no le dejaba salir, y me calcé los zapatos y fui al granero y recogí el tirachinas y el huevo de garza azul y me eché a la carretera.
      Frío no hacía, pero la noche estaba más negra que nunca, y aquella carretera se extendía delante de mí como si al no usarla nadie se fuese a estirar hasta ser el doble de larga, como se estira uno al tumbarse, así que durante un buen rato pareció que cuando saliera el sol a mi espalda me iba a pillar mucho antes de haber recorrido las veintidós millas que me quedaban hasta Jefferson. Pero no fue así. Asomaba el amanecer cuando subía por la cuesta a la ciudad. Me llegó el olor de los desayunos que se cocinaban en las cabañas y ojalá, me dije, se me hubiera ocurrido llevarme una galleta, pero para eso ya era tarde. Y Pete me había dicho que hasta Memphis quedaba un buen trecho después de pasar Jefferson, aunque nunca supe que era tanto, pues eran ochenta millas. Allí me quedé en una plaza desierta, a la vez que amanecía y las farolas de la calle aún estaban encendidas, con uno de la Ley que me miraba y aún ochenta millas por delante hasta llegar a Memphis, y me había costado toda la noche andar sólo las veintidós millas hasta Jefferson, así que cuando llegara a Memphis a ese paso Pete ya se habría marchado a Pearl Harbor.
      — ¿Tú de dónde vienes? —me dijo el de la Ley.
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. Allí está mi hermano.
      — ¿Quieres decir que no tienes familia aquí? —dijo el de la Ley—. ¿Nada más que tienes a ese hermano? ¿Y qué estás haciendo tú tan lejos si tu hermano está en Memphis?
      Y se lo tuve que decir otra vez.
      —He de llegar a Memphis. No tengo tiempo que perder en chácharas y no tengo tiempo para ir andando. He de llegar hoy mismo.
      —Ven para acá —dijo el de la Ley.
      Fuimos por otra calle. Y allí estaba el autobús, igualito al que tomó Pete ayer por la mañana, sólo que no tenía ningún faro encendido y no había nadie dentro. Había una estación de autobuses normal y corriente, como la estación del tren, con una ventanilla donde vendían los billetes.
      —Tú siéntate ahí —dijo el de la Ley, así que me senté en el banco—. Necesito usar el teléfono —dijo, y habló por teléfono un minuto—. No lo pierda de vista —le dijo al tipo que estaba en la ventanilla—. Volveré en cuanto la señora Habersham se pueda levantar y esté arreglada para salir a la calle.
      Y se fue. Yo fui a la ventanilla en que se vendían los billetes.
      —Quiero ir a Memphis —dije.
      —Cómo no —dijo el tipo—. Pero ahora te sientas en ese banco. El señor Foote volverá enseguidita.
      —No conozco yo a ningún señor Foote —dije—. Lo que quiero es tomar el autobús a Memphis.
      — ¿Y tienes dinero? —dijo—. Te lo digo porque te va a costar setenta y dos centavos.
      Saqué la caja de cerillas y desenvolví el huevo de garza azul.
      —Se lo cambio por un billete a Memphis —dije.
      — ¿Qué es eso? —dijo el tipo.
      —Es un huevo de garza azul —dije—. ¿Nunca ha visto uno? Vale por lo menos un dólar, pero me conformo con setenta y dos centavos.
      —No —dijo—, los dueños del autobús insisten en que se pague en efectivo. Si empezara yo a cambiar billetes de autobús por huevos de colorines o por animales vivos y demás, me despedirían seguro. Anda, ve a sentarte en ese banco, como dijo el señor Foote.
      Me dirigí hacia la puerta, pero me alcanzó: puso una mano en el mostrador de la ventanilla y lo salvó de un salto y me atrapó y estiró la mano para sujetarme por la camisa. Saqué mi navaja de bolsillo y la abrí.
      —Como me ponga una mano encima se la corto —dije.
      Traté de esquivarlo echando a correr  hacia la puerta, pero él se movió más deprisa que ningún otro hombre adulto que haya visto yo, casi tan deprisa como Pete. Me cortó el paso y se plantó de espaldas a la puerta y con un pie un poco levantado, y no había otra manera de salir.
      —Vuelve a sentarte en ese banco y quédate quieto —dijo.
      Y no había otra manera de salir. Y se quedó plantado de espaldas a la puerta. Así que me volví al banco. Y entonces me pareció que la estación estaba llena de gente. Allí estaba otra vez el de la Ley, y dos señoras con abrigos de pieles y las caras ya pintadas. Pero aún parecía que se hubiesen levantado deprisa y corriendo y que no les había hecho ninguna gracia, una vieja y una joven que me miraban sin quitarme los ojos de encima.
      — ¡Si ni siquiera lleva un abrigo! —dijo la vieja—. ¿Cómo es posible que haya llegado aquí él solito?
      —Eso me pregunto yo —dijo el de la Ley—. No he podido sacarle nada en claro, quitando que su hermano está en Memphis y que quiere llegar allá.
      —Eso es —dije—. He de llegar a Memphis hoy mismo.
      —Claro que sí —dijo la vieja—. ¿Y estás seguro de que sabrás encontrar a tu hermano cuando llegues a Memphis?
      —Pues digo yo que sí —dije—. No tengo más que uno, y lo conozco de toda la vida. Supongo que lo sabré reconocer cuando lo vea.
      La vieja me miró de hito en hito.
      —No sé por qué, pero me da que éste no vive en Memphis —dijo.
      —Es probable que no —dijo el de la Ley—. Pero eso no hay quien lo sepa de seguro. Podría vivir en cualquier parte, con ese overol que lleva. En esta época y a esta hora estos niños se esparcen por todos lados con la esperanza de encontrar un desayuno gratis, lo mismo da que sean chicos o chicas. Se largan casi antes de aprender a andar del todo bien. Y, por lo que se sabe, éste ayer mismo podría haber estado en Missouri o en Texas. En cambio, no parece que tenga dudas de que su hermano está en Memphis. A mí lo único que se me ocurre es mandarlo allá y que lo busque como pueda.
      —Pues sí —dijo la vieja.
      La joven se acomodó en el banco, a mi lado, y abrió el bolso de mano y sacó una pluma artomática y unos papeles.
      —Mira, guapo —dijo la vieja—, vamos a ocuparnos nosotras de que encuentres a tu hermano, pero antes nos hace falta la historia del caso para nuestros archivos. Queremos que nos digas cómo te llamas y cómo se llama tu hermano y dónde has nacido y cuándo murieron tus padres.
      —A mí no me hace ninguna falta la historia del caso —dije—. Yo sólo quiero llegar a Memphis. He de llegar hoy.
      — ¿Lo ven? —dijo el de la Ley, y lo dijo casi como si lo disfrutara—. Es justo lo que les dije.
      —Por cierto que ha tenido suerte, señora Habersham —dijo el tipo de los autobuses—. No creo que lleve una pistola encima, pero saca la navaja y la abre como un jod… quiero decir que la saca y la abre muy deprisa, eso es.
      Pero la vieja siguió allí plantada, mirándome.
      —En fin —dijo—. La verdad es que no sé qué hacer.
      —Yo sí —dijo el de los autobuses—. Le voy a pagar el billete de mi bolsillo; es una medida para proteger a esta compañía de un posible motín y de todo derramamiento de sangre. Y cuando el señor Foote lo comunique en el ayuntamiento, se tomará por un asunto cívico y no sólo me han de reembolsar el gasto, sino que además me pondrán una medalla. ¿No le parece, señor Foote?
      Pero nadie le prestó la menor atención. La vieja seguía mirándome como si nada.
      —En fin —volvió a decir. Y sacó un dólar del bolso y se lo dio al tipo de los autobuses.
      —Supongo que viaja con billete infantil, ¿no?
      —Verá, señora… —dijo el de los autobuses—. La verdad es que no sé qué dice el reglamento. Lo más probable es que me despidan por no haberlo embalado y por no haber indicado en el embalaje que contiene veneno. Pero estoy dispuesto a correr el riesgo.
      Entonces se marcharon y el de la Ley volvió con un sandwich para mí.
      — ¿Estás seguro de que sabrás encontrar a ese hermano tuyo? —preguntó.
      —Todavía no veo por qué no lo iba a encontrar —dije—. Si no veo yo a Pete, seguro que él me verá a mí. Él también me conoce.
      Entonces el de la Ley se marchó de una vez por todas y me zampé el sandwich. Empezó a llegar más gente, viajeros que compraron sus billetes, y el tipo de los autobuses dijo entonces que era hora de arrancar, así que monté en el autobús igual que había hecho Pete, y así nos marchamos.
      He visto todos los pueblos, los he visto todos. Cuando el autobús fue cogiendo velocidad, descubrí que estaba derrengado, muerto de sueño. Pero había muchas cosas que nunca había visto. Salimos de Jefferson y pasamos por campos y bosques y entramos en otro pueblo y salimos de él y volvimos a pasar por campos y bosques, y entramos en otro pueblo en donde había almacenes y desmotadoras de algodón y depósitos de agua, y recorrimos un buen trecho junto a las vías del tren y vi moverse el brazo de las señales para avisar al maquinista, y luego vi el tren y vi más pueblos, y a punto estaba de caerme rendido de sueño, pero no me quise arriesgar. Y al cabo empezó Memphis. A mí me pareció que Memphis durase muchas millas seguidas. Pasamos por un trecho de tiendas y pensé que sin duda tenía que ser allí y me pregunté si el autobús no iba a parar. Pero aquello no era todavía Memphis, y aún habíamos de pasar por más depósitos de agua y por chimeneas y fábricas, y si hubo desmotadoras de algodón y serrerías nunca supe yo que fueran tantas y nunca las vi tan grandes, y tampoco se me alcanza a saber de dónde sacarán tanto algodón y tantos troncos para que unas y otras funcionen sin parar. 
       Entonces veo Memphis. Esta vez supe que no me podía equivocar. Estaba elevada en el aire. Parecía una docena de veces mayor que Jefferson, que está pegada a la linde de los campos, y estaba elevada en el aire, más alta que todos los cerros que hay en el condado de Yoknapatawpha. Llegamos entonces, el autobús se paraba a cada tanto, o me lo pareció, y los coches lo adelantaban por un costado y por el otro, y la calle estaba ese día llena de gente por todas partes, tanto que pensé hasta que no podía quedar ni un alma en Mississippi, ni siquiera para venderme un billete de autobús, ni menos aún para ponerse a escribir la historia de un caso.
      Entonces se paró el autobús. Era otra estación de autobuses, sólo que mucho mayor que la de Jefferson.
      —Bien—dije—. ¿Dónde se alista uno en el ejército?
      — ¿Cómo? —dijo el tipo del autobús.
      Y se lo dije otra vez.
      — ¿Dónde se alista uno en el ejército?
      —Ah —dijo. Y me explicó cómo llegar. Al principio me dio miedo no enterarme de lo que tenía que hacer en una ciudad tan grande como Memphis. Pero me enteré a la primera. Sólo tuve que volver a preguntar dos veces. Entonces llegué, y me alegré un montón al no verme más en medio de los coches que pasaban a todo trapo y de la gente que empujaba por la calle y de todo ese follón y ahorrármelo un buen rato, y pensé que mucho ya no podía faltar, y pensé que si allí había un montón de gente que ya se había alistado en el ejército, era casi seguro que Pete me vería antes de que lo viera yo. Y así entré en una sala. Y Pete no estaba allí.
        
Allí no estaba. Había un soldado que tenía una flecha grande en la manga, un soldado que estaba escribiendo, y dos tipos delante de él, y allí había más tipos, o a mí me lo pareció. Me parece recordar que allí había bastantes más tipos.
      Me acerqué a la mesa en la que estaba escribiendo el soldado.
      — ¿Dónde está Pete? —le dije, y él me miró—. Mi hermano —le dije—. Pete Grier. ¿Dónde está?
      — ¿Cómo? —dijo el soldado—. ¿Quién dices?
      Y se lo volví a contar.
      —Ayer mismito se alistó en el ejército. Se marcha a Pearl Harbor. Y yo también. Lo que quiero es dar con él. ¿Dónde lo han metido, si se puede saber? —todos me estaban mirando, pero a mí me dio lo mismo—. Vamos, hombre —dije—. ¿Dónde está?
      El soldado había dejado de escribir. Había apoyado las dos manos sobre la mesa.
      —Ah, ya —dijo—. Tú también vas, ¿eh?
      —Sí —dije—. Allí habrá que llevar leña y agua. Yo me encargo de cortar la leña y de llevar el agua. Vamos, ¿dónde está Pete?
      El soldado se puso en pie.
      — ¿A ti quién te ha dejado entrar aquí? —dijo—. Anda, lárgate.
      —Mierda —dije—. He dicho que me digas dónde está Pete…
      A mí que me cuelguen si no se movió aún más deprisa que el tipo del autobús. No saltó por encima de la mesa, sino que le dio la vuelta, pero estaba encima de mí casi antes de que me diera cuenta, así que tiempo tuve de echarme atrás y sacar la navaja de bolsillo y abrirla de un golpe y tirarle un tajo, y él dio un alarido y retrocedió de un salto y se sujetó una mano con la otra y se quedó soltando maldiciones y alaridos.
      Uno de los otros tipos que estaban allí me sujetó por la espalda, y le tiré un tajo con la navaja, pero no lo pude alcanzar. Luego eran dos los que me sujetaban por la espalda, y otro soldado apareció por una puerta. Llevaba un cinto con una correa por el hombro.
      — ¿Qué demonios está pasando aquí? —dijo.
      — ¡Este pequeño hijo de la gran me ha soltado un navajazo! —gritó el primer soldado.
      Cuando lo dijo, intenté irme otra vez a por él, pero me sujetaban otros dos por la espalda, dos contra uno, y el soldado con la correa al hombro me habló entonces.
      —Calma, calma. Deja en paz esa navaja, muchacho. Aquí ninguno vamos armados. Y un hombre hecho y derecho no se lía a navajazos con hombres que van sin armas —sólo entonces empecé a oír lo que me decía. Hablaba igualito que cuando me hablaba Pete—. Suéltenlo —dijo. Me soltaron—. Y ahora… ¿se puede saber a qué viene todo esto? —y se lo conté—. Ya entiendo —dijo—. Y tú has venido a ver si estaba bien antes de marcharse.
      —No —dije—. He venido a…
      Pero él ya se había vuelto al primer soldado, que se estaba envolviendo la mano con un pañuelo.
      — ¿Lo tienes? —dijo. El primer soldado volvió a la mesa y miró unos papeles.
      —Aquí está —dijo—. Se alistó ayer mismito. Está destinado a un destacamento que esta mañana sale para Little Rock —llevaba un reloj de correa en la muñeca. Lo miró—. El tren sale dentro de cincuenta minutos. Si no conozco mal a los chicos del campo, me apuesto cualquier cosa a que ahora están ya todos en la estación.
      —Que lo traigan aquí —dijo el de la correa al hombro—. Llamen por teléfono a la estación. Que el mozo de turno le busque un taxi. Y tú ven conmigo —dijo.
      Pasamos a otro despacho detrás del primero, con una mesa y unas sillas. Allí nos sentamos mientras el soldado fumaba, pero no fue mucho rato; supe que eran los pasos de Pete nada más oírlos. Entonces el primer soldado abrió la puerta y entró Pete. No se había puesto ninguna ropa de soldado. Tenía la misma pinta que cuando montó en el autobús el día anterior, sólo que a mí me pareció que hubiera pasado por lo menos una semana entera, porque habían pasado muchas cosas, y era mucho lo que había viajado yo. Entró en el despacho y allí se quedó mirándome como si no se hubiese marchado de casa, sólo que estaba allí y aquello era Memphis y ya estaba en camino a Pearl Harbor.
      — ¿Qué carajo estás haciendo aquí? —dijo.
      Y se lo dije.
      —Tendrán que llevar leña y agua para hacer la comida, digo yo. Yo me encargo de cortar leña y de llevarles agua a todos.
      —No —dijo Pete—. Tú ya te estás volviendo a casa.
      —No, Pete —le dije—. Yo también tengo que ir. Es que tengo que ir. Se me parte el corazón, Pete.
      —No —dijo Pete. Miró al soldado—. Ni hablar. Teniente, no entiendo qué le puede haber pasado —dijo—. Nunca había sacado la navaja delante de nadie, nunca en su vida —me miró—. ¿Se puede saber para qué lo has hecho?
      —No lo sé —dije—. Tuve que hacerlo. Tenía que llegar aquí como fuera. Tenía que encontrarte.
      —Bien, pues que no se te ocurra hacerlo nunca más, ¿me oyes? —dijo Pete—. Te guardas la navaja en el bolsillo y la dejas bien guardada. Como me entere de que la sacas alguna vez contra alguien, vuelvo de dondequiera que esté y te quito a pescozones las ganas de sacarla. ¿Me has oído?
      —Le cortaría el pescuezo a quien fuese si así pudiera lograr que volvieras y te quedaras —dije—. Pete —dije—. Pete…
      —No —dijo Pete. No lo dijo con dureza en la voz, no lo dijo deprisa; casi lo dijo en voz baja, y entonces sí supe que nunca le haría cambiar—. Tienes que volver a casa. Tienes que cuidar de mamá, y también cuento contigo para que me cuides mis diez acres de terreno. Quiero que vuelvas a casa y que vuelvas hoy mismo. ¿Me has oído?
      —Te he oído —dije.
      — ¿Podrá volver a casa por sus propios medios? —dijo el soldado.
      —Ha venido por sus propios medios —dijo Pete.
      —Digo yo que sí podré volver —dije—. No vivo más que en una casa, y no creo que me la hayan cambiado de sitio.
      Pete sacó un dólar del bolsillo y me lo dio.
      —Con eso te puedes pagar el pasaje del autobús que te dejará delante del buzón de casa —dijo—. Quiero que hagas caso de lo que te diga el teniente. Él se encarga de mandarte al autobús. Y tú te vuelves derechito a casa y te ocupas de cuidar a mamá y de cuidarme mis diez acres de tierra, y todo con la dichosa navaja bien guardadita en el bolsillo. ¿Me has oído?
      —Sí, Pete —dije.
      —De acuerdo —dijo Pete—. Ahora me tengo que ir.
      Otra vez me puso la mano en la cabeza, aunque esta vez no estuvo a punto de arrancármela de cuajo. Sólo dejó la mano encima de mi cabeza durante un minuto. Y a mí que me cuelguen si no se agachó a darme un beso, y luego oí sus pasos y oí la puerta sin levantar nunca los ojos, y eso fue todo, allí me quedé sentado, frotándome el sitio en que Pete me dio un beso, y el soldado apartó la silla de la mesa y se levantó a mirar por la ventana y tosió. Se metió la mano en el bolsillo y me dio algo sin darse la vuelta a mirarme. Era un trozo de chicle.
      —Muy agradecido —dije—. En fin, pues digo yo que ya va siendo hora de volver. Me queda un trecho largo.
      —Espera —dijo el soldado. Volvió entonces a llamar por teléfono y le dije otra vez que más me valía ponerme en camino—. Espera. No te olvides de lo que te ha dicho Pete.
      Así que esperamos, y entonces vino otra señora, otra señora también vieja, y también con abrigo de pieles, aunque tenía muy buen olor y no sacó ninguna pluma artomática ni dijo nada de la historia del caso. Cuando entró en el despacho se puso en pie el soldado, y ella miró en derredor hasta que me vio, y vino a ponerme la mano sobre el hombro con la misma ligereza y suavidad con que lo hubiera hecho mamá.
      —Vamos —dijo—. Vámonos a casa a comer algo.
      —No, ni hablar —le dije—. Tengo que coger el autobús a Jefferson.
      —Ya lo sé, pero tenemos tiempo de sobra. Primero iremos a casa a comer algo.
      La señora tenía un carro. Y en un visto y no visto estuvimos en medio de todos los demás carros. Estuvimos casi debajo de los autobuses, y todo el gentío que andaba por las calles se acercó tanto que podría haberme puesto a hablar con cualquiera si hubiese sabido quiénes eran. Al cabo de un rato la señora paró el carro.
      —Ya estamos —dijo, y miré aquello, y si todo aquello era su casa, muy grande tenía que ser su familia. Pero no todo era su casa. Pasamos por un vestíbulo en el que había árboles plantados y entramos en un cuartito donde no había más que un negro que llevaba un uniforme mucho más brillante que los de los soldados, y el negro cerró la puerta y yo di un alarido.
      — ¡Cuidado! —y me agarré, pero allí no pasaba nada; todo el cuartito no hacía más que subir a toda caña, y luego se abrió la puerta y salimos a otro vestíbulo y la señora abrió una puerta con llave y entramos y allí había otro soldado, un tipo ya mayor, también con una correa al hombro, y con un pájaro plateado en cada hombro.
      —Ya estamos —dijo la señora—. Te presento al coronel McKellogg. Bueno. ¿Qué quieres para comer?
      —Pues yo creo que me conformo con unos huevos con jamón y un poco de café —dije.
      Ella ya había agarrado el teléfono, pero se quedó quieta de pronto.
      — ¿Café? —dijo—. ¿Desde cuándo has empezado tú a tomar café?
      —Pues no lo sé —dije—. Supongo que fue antes de que me alcance la memoria.
      —Tú tienes unos ocho años, ¿no? —dijo.
      —Qué va —dije—. Tengo ocho y diez meses. Para once meses.
      Entonces llamó por teléfono. Allí nos sentamos y les conté que Pete se había marchado aquella misma mañana a Pearl Harbor, y que yo había hecho todo lo posible por ir con él, pero que tenía que volverme a casa para cuidar de mamá y atender los diez acres de tierra que tenía Pete, y la señora contó que tenían un hijo más o menos como yo, pero que estaba en un colegio en la Costa Este. Entonces apareció un negro distinto del de antes, con una especie de chaqué de faldón corto, empujando una especie de carrito. En el carrito estaban mis huevos con jamón y un vaso de leche y un pedazo de torta, y me pareció que tenía hambre, pero nada más probar el primer bocado me di cuenta de que no podía tragar, así que me levanté muy rápido.
      —Me tengo que ir —dije.
      —Espera —dijo ella.
      —Me tengo que ir —dije.
      —Sólo un momento —dijo—. Ya he llamado para pedir un auto. No tardará nada. ¿No te puedes tomar la leche al menos? ¿O es que prefieres el café?
      —Ni hablar —dije—. Es que no tengo hambre. Ya comeré algo cuando llegue a casa.
      Entonces sonó el teléfono, pero ella ni lo cogió.
      —Ya está —dijo—. Ha llegado el auto.
      Y volvimos abajo en el cuartico que se movía con el negro todo uniformado. Esta vez era un carro grande que manejaba un soldado. Yo me senté delante, con él. Ella le dio un dólar al soldado.
      —A lo mejor le entra el hambre —dijo la señora—. Intente encontrarle un buen sitio.
      —Entendido, señora McKellogg —dijo el soldado.
      Y nos marchamos otra vez. Y entonces vi muy bien todo Memphis, que brillaba con la luz del sol, mientras dábamos vueltas por la ciudad. Y sin tiempo para darme cuenta del todo volvimos a estar en la misma carretera por la que había rodado el autobús aquella mañana, los trechos con tiendas, almacenes, las grandes desmotadoras y las serrerías, y Memphis se extendía a lo largo de millas y más millas, o a mí me lo pareció, antes de que empezara a terminarse. Entonces viajamos entre los campos y los bosques, el carro a más velocidad, y quitando aquel soldado fue como si nunca hubiera ido de veras a Memphis. Íbamos muy deprisa. A ese paso, antes de que me diera cuenta íbamos a llegar a casa, y pensé en cómo llegaría a Frenchman’s Bend en un carrazo enorme, con un soldado al volante, y de repente me eché a llorar. Ni cuenta me di de que me iba a pasar, y tampoco lo pude impedir. Seguí sentado junto al soldado, llorando. Íbamos muy deprisa.


William Faulkner
(1897-1962)

Dos soldados
Two Soldiers”
Originalmente publicado en Saturday Evening Post, CCXIV (28 de marzo de 1942).
Collected Stories (1950)




Notas de la traducción:
[1]

[1] Bahía de perla, entiende el pequeño de los hermanos Grier al oír por la radio la noticia del ataque japonés contra la base naval de Pearl Harbor, en la isla de Oahu, Hawai, el domingo 7 de diciembre de 1941. Es el acontecimiento que provocó la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El narrador del cuento, como el del que lo sigue en esta primera sección, es un chiquillo típico del medio rural, un «tipo al que admiro —dice Faulkner— no sólo por ser un chiquillo… sino por ser un auténtico americano y un individuo independiente y valeroso, de buen fondo y buen corazón»; lo aclara en una carta a su agente, Harold Ober, que en mayo de 1944 comunicó a Faulkner que una emisora de radio estaba deseosa de hacer una adaptación radiofónica (Selected Letters, p. 184). En otra de sus cartas añade la aclaración de que es «una especie de Huck Finn» (Ibíd., p. 123).

[2] La algarroba es una legumbre que se planta en Mississippi después de la cosecha, para renovar el nitrógeno de la tierra, que se ara en primavera antes de plantar el cultivo de valor comercial.

[3] La noticia data de finales de diciembre de 1941: a finales de mes los japoneses ocuparon Manila y Douglas MacArthur tuvo que abandonar las islas con su famoso «volveré». En 1942 fue nombrado comandante de la región del Pacífico Suroccidental y retomó las islas Filipinas en octubre de 1944. MacArthur volvió a Manila en 1945.

martes, 5 de julio de 2016

LOS ENIGMAS DE CALDERA:

Poniendo las cosas en su sitio
                                                                                                                                                                                                       


                                                                                




Parece que la suerte de una vida dedicada al servicio, es hacerse procelosa y poco agradecida por aquellos a quienes sirve.
En torno a Caldera se han tejido varias aseveraciones cuyo origen es misterioso, pero que han pasado a ser parte de la leyenda urbana y que de acuerdo a lo que pude ver como testigo de excepción no se corresponde ni de cerca con la realidad.
Debo aclarar que fui beneficiario del sistema de Educación Pública en mis tiempos universitarios porque era la manera de hacerlo y de cumplir con mi responsabilidad de ciudadano. No fui nunca funcionario administrativo del estado, no era esa mi vocación ni estaba preparado para ello, mi servicio a la política se hizo siempre a expensas de mi patrimonio, no fui alto dignatario,  no fui amigo ni del Presidente ni de su familia y si lo vi personalmente fue para prestarle algún servicio político o por coincidir en algún evento social fortuito, pero sí seguí, desde 1958 hasta su muerte, la coherencia de su vida pública y siento la necesidad de hacer justicia.
Esta aclaratoria la intento para localizar con precisión el valor de mi opinión.
No pretenderé que Caldera fue el único que hizo grandes esfuerzos por la libertad, eso lo hicieron muchos, una gran concurrencia de esfuerzos, ni siquiera fue el único vituperado, eso ha sido una triste costumbre de nuestra política y parece que la de todo el continente y siempre he tenido la impresión de que hay quienes apuestan al fracaso, para luego llorar sus consecuencias.
Resaltaré solo cuatro de los grandes reclamos que en algún momento se le ha hecho a sus gestiones y da la impresión de que sólo atendió a su vanidad o a su capricho y que no ocurrió otra cosa durante sus mandatos.





EL CRIMEN DE LA EDUCACION TÉCNICA.
La Escuela Técnica Industrial de los Chaguaramos era un rincón en el campus de la U.C.V. separado por una cerca ignominiosa, símbolo de la discriminación  entre el que es preparado para crear con las manos y el que lo es para crear con las ideas. De allí salió a su propia sede bajo el nombre de quien nos hizo más fácil y barato comer nuestras arepas. Dejó de ser un centro productor de carne de cañón para la lucha política donde solo se fabricaban bombas incendiarias a ser un centro para llenar el sueño de los jóvenes que querían cargar en sus hombros al país.
La educación técnica adquirió rango universitario y la Educación Secundaria Diversificada derrumbó el escollo para el joven que por la premura del trabajo debía abandonar los estudios y se eliminó el dilema de “Doctor o Ladrón”, estigma rescatado en la actualidad por las manos de una izquierda que no se entiende ella misma. Lo que no funcionó es culpa de los prejuicios y no de los conceptos, pero desde entonces explotó la educación en Venezuela y las grandes concentraciones de estudiantes hasta altas horas de la noche, haciendo esfuerzos admirables, son el fundamento de nuestra esperanza como país. No olvidemos que la dignidad que otorga el conocimiento es un fuerte obstáculo para el avance del totalitarismo o del autoritarismo. No hay dictadura sin ignorancia.
Por supuesto que no era el único factor ponderable, pero en un mundo donde se exigía una modernización tecnológica para el desarrollo, se dejaría de lado al que no estuviera preparado para asumirlo y no habría espacio ni para la legislación laboral ni para la humanización patronal.
En  Alemania los que hicieron posible el prodigio del automóvil egresaron de Institutos Tecnológico y los filósofos y teólogos salieron de sus Universidades,  no había dignidades sino diferencias. Considerar el título universitario  como nobiliario es una gran necedad, lo que varía es el rango de la responsabilidad.
Sin embargo también en este punto se extendió en tareas prodigiosas y por una Escuela Técnica que mudó de sitio abrió la Universidad Simón Bolívar de hermoso diseño y envidiable ubicación que fue pensada para la tecnología y logra enseñar filosofía y que tuvo y tiene un innegable prestigio y extendió la enseñanza superior a cada capital de Estado; ya no hay que viajar a Caracas para ser doctor.





EL DISCURSO DEL 4 DE FEBRERO, UN  CRIMEN OPORTUNÍSTA.
Más que injusta es una afirmación temeraria y peligrosa y por supuesto en nada se parece a esa muy aplaudida exigencia de “mueran los golpistas” proferida por un triste dirigente de menguado prestigio que debió dar con sus tristes huesos y su generosa fortuna en Florida.
No se trataba de sentenciar o no la legitimidad de un golpe de estado, quien ha vivido y sufrido por la democracia no se hace esa pregunta, pero sí quiere saber  porqué ocurrió.
No puedo invocar mi autoridad, porque soy un total desconocido, pero sí la de Luis Castro Leiva, el mejor filósofo de la política que ha tenido Venezuela en nuestros tiempos, quien en un análisis de dos memorables discursos, el del Caracazo y el del Golpe, estima que con ellos Caldera demostró su vocación republicana.
Hay dos preguntas que nuca recibieron repuesta:

  1. ¿Como es posible que después de 40 años de democracia haya sido posible un intento militar de fuerza?
  2. ¿Como es posible que esto ocurriera sin que hubiera una sola manifestación popular?
Si bien es cierto que los primeros gobiernos posteriores al 58 sufrieron intentos militares fueron también numerosas las inmolaciones en defensa de la democracia y hay quienes recuerdan a los civiles apostados en los alrededores de Miraflores para impedir el paso de los tanques, reedición del plantón de las señoras en los tiempos del 321 del maestro Prieto para obligar a Betancourt.
Los hechos del 92 fueron extraños y confusos, da la impresión de que hubo muchos que entraron y salieron, que hablaron y callaron, que se comprometieron y cedieron y que se conjuraron y luego se escondieron tras juramentos de lealtad y hubo quienes sobreestimaron la fuerza de la innegable popularidad presidencial.
Caldera solo se dio cuenta y empezó a preguntar por qué. Él sabía que el virus del populismo era deletéreo para la democracia,  se arriesgó poniendo en juego su prestigio y tenía razón. No se podía pasar como un incidente ocasional, quiso llamar la atención sobre algo que podía ser arrollador y lo fue.
No se trataba de criticar las políticas económicas, pero sabía que una vez atrapados en las redes de los cobradores no podríamos salir de ellas y que serian asfixiantes y dolorosas y hasta el cobrador tuvo que entender que si mataba a la gallina no podía recoger los huevos y Caldera tuvo que someterse con el sabor amargo de la desesperanza y la tristeza, como parece que quieren ceder los que nos gobiernan a riesgo de caer en manos de los chinos, acreedores de muy mala fama y menor piedad.
No se puede pedir sacrificios a un pueblo hambriento que está viendo romperse las costuras de las alforjas repletas pero mal jugadas en la gallera. ¿Quién traicionó entonces? ¿El Pueblo a la Democracia o la “Democracia” al pueblo? Esa es la pregunta fundamental que no se contesta mandando matar a los golpistas.

EL DIABLO SUELTO, UN CRIMEN IMPERDONABLE.

Atender a la voz del pueblo aunque el pueblo se equivoque es una consigna muy actual y muy real, y fue lo que Caldera quiso expresar a las puertas de su comando cuando perdió unas elecciones.
Fue liberado un golpista menguado, feo y parlanchín en cuyo carril se montaron los oportunistas que ahora “lloran como mujeres lo que no defendieron como hombres”.
Caldera no fue quien lo dejó hablar en El Ateneo, entonces dirigido por la que era esposa de uno de los llorones perseguidos, ni tampoco se entusiasmó cuando él ofreció en su discurso cortar cabezas de adversarios, ni lo entrevistó en televisión, ni para hacerse el gracioso renegó de sus antecedentes de parlamentario democrático o por el que con pinta de patiquín de los años 30 pensó que le lloverían del cielo los negocios y luego lo dejaron con los crespos hechos.
Los que detentaban el poder económico quisieron repetir lo de Castro y Gómez. Les salieron mal las cuentas porque le salieron igual de voraces los compadres y solo se lograron anotar los que llegaron a tiempo para repartir la torta. Chávez llego al poder de la mano del Este resentido, no del Oeste sufriente y adolorido, luego funcionó el populismo y la torta se volteó, para algunos que no por todos.



LA MUERTE DE LOS DELFINES ¿CRIMEN O SUICIDIO?



Con Oswaldo Álvarez Paz
Con Eduardo Fernández







Parece que no basta ser ungido para tener liderazgo. La fuerza en la política no se hereda, se construye. No basta estar a la vera del maestro para tener la ciencia, no basta caminar a su lado para vivir en su escuela.
La Democracia Cristiana es nítida en sus propósitos, es un compromiso profundamente humano pero radical, es ante todo una forma de vida presentada como opción de poder político, no es una doctrina liberal, no le da preeminencia a lo económico, sino que establece pautas dinámicas, ajustadas al tiempo cuyo único propósito es promover al hombre como constructor de la sociedad.
El gran mérito de la Democracia Cristiana en Venezuela, fue el de introducir los programas de gobierno en el debate electoral, fue el de hacer públicos sus propósitos y aspiraciones. El cumplirlos entra en la ciencia de lo posible y en el respeto a la diversidad y las diferencias que son obligatorias en una sociedad democrática.
Renegar de los principios para obtener el poder además de inútil es contraproducente, y nos convierte en nuestros propios adversarios y tarde o temprano se vuelven en contra de quien lo practica y si se trata de una autoridad pública puede provocar conmociones como las que sufrió Carlos Andrés Pérez, que han llevado al colapso de la República, tal como se esperaba de manos del oportunismo primero y del rencor después.
Creo que sus delfines se confundieron. Contaron con un apoyo incondicional y se equivocaron: a un hombre como Caldera, que había optado por el camino incómodo de la política, el tratar de imponerle la estructura de una organización fue una vana pretensión, porque lo retaron a enfrentar sus proyectos, lo hizo y los venció, cayeron y con ellos cayeron pedazos de la democracia, pero Caldera la montó en sus hombros y muy pocos le ayudaron a llevarlos y fueron bastantes los que muy pronto lo abandonaron haciéndole honor al mote que entonces les pusieron.
Fue un grave error no haber intentado entonces la reconciliación y a lo mejor no hubiera tenido resultados, lo prudente hubiera sido partir de acuerdos, ser consecuentes con la historia y no precipitar los acontecimientos.
El partido de Caldera se caracterizó por las disputas entre líderes que no rompían su armonía, solían estar juntos aunque fuera para rezar el rosario, frase que alguien le atribuyó a Betancourt cuando enfrentaba las disoluciones de Acción Democrática.

Con Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez

CONCLUSION:
Yo no sé si Caldera fue ambicioso, vanidoso o soberbio, pero como hombre público fue un servidor sin dobleces ni pliegues, fue claro y predecible. Todo el que haya sido formado en los principios cristianos, podía predecir sus repuestas ante cada situación y como las del Evangelio, eran confrontadoras y difíciles, aunque la realidad le haya doblado la cabeza y lo haya sumido en la tristeza en sus ejecutorias de gobernante, que aunque fueron generosas no fueron todo lo que él hubiera querido.

Prefiero pensarlo así para que se me haga más liviana la historia y para sentir que se le hace justicia a un hombre de buena voluntad.

                                                                           NELSON HAMANA H.






Del mismo autor en este blogO nos reconciliamos o nos matamos y Principios para la reconciliación en Venezuela.

domingo, 3 de julio de 2016

LOS OLVIDADOS



Oscar [Dancingers] encontraba interesante la idea de una película sobre los niños pobres y 
semiabandonados que vivían a salto de mata (a mí mismo me gustaba mucho Sciuscia [El limpiabotas], de Vittorio de Sica).
Durante cuatro o cinco meses, unas veces con mi escenógrafo, el canadiense Fitzgerald, otras con Luis Alcoriza, pero generalmente solo, me dediqué a recorrer las “ciudades perdidas”, es decir, los arrabales improvisados, muy pobres, que rodean México, D.F. Algo disfrazado, vestido con mis ropas más viejas, miraba, escuchaba, hacía preguntas, entablaba amistad con la gente. Algunas de las cosas que vi pasaron directamente a la película. Entre los numerosos insultos que recibiría después del estreno, Ignacio Palacios escribió, por ejemplo, que era inadmisible que yo hubiera puesto tres camas de bronce en una de las barracas de madera. Pero era cierto. Yo había visto esas camas de bronce en una barraca de madera Algunas parejas se privaban de todo para comprarlas después de casarse.



Al escribir el guión, yo quería introducir algunas imágenes inexplicables, muy rápidas, que habrían hecho decir a los espectadores: ¿he visto bien? Por ejemplo, cuando los chicos siguen al ciego en el descampado pasaban ante un gran edificio en construcción, y yo quería instalar una orquesta de cien músicos tocando en los andamios sin que se les oyera. Oscar Dancingers, que temía el fracaso de la película, me lo prohibió.
Me prohibió incluso mostrar un sombrero de copa cuando la madre de Pedro —el personaje principal— rechaza a su hijo que regresa a la casa. Por cierto que a causa de esta escena la peluquera presentó su dimisión. Aseguraba que ninguna madre mexicana se comportaría así. Unos días antes, yo había leído en un periódico que una madre mexicana había tirado a su hijo pequeño por la portezuela del tren.
De todos modos, el equipo entero, aunque trabajando muy seriamente, manifestaba su hostilidad hacia la película. Un técnico me preguntaba, por ejemplo: “Pero, ¿por qué no hace usted una verdadera película mexicana, en lugar de una película miserable como ésa?” Pedro de Urdemalas, un escritor que me había ayudado a introducir expresiones mexicanas en la película, se negó a poner su nombre en los títulos de crédito.


La película fue rodada en veintiún días. Como en todas mis películas, terminé dentro del tiempo previsto. Creo que nunca he sobrepasado ni en una sola hora el plan de trabajo. Añadiré que nunca he necesitado más de tres o cuatro días para el montaje, debido ello a mi método de rodaje, y que nunca he gastado más de veinte mil metros de película, lo que es poco.
Por el guión y la dirección de Los olvidados cobré dos mil dólares en total. Y nunca he percibido el menor porcentaje.
Estrenada bastante lamentablemente en México, la película permaneció cuatro días en cartel y suscitó en el acto violentas reacciones. Uno de los grandes problemas de México, hoy como ayer, es un nacionalismo llevado hasta el extremo que delata un profundo complejo de inferioridad. Sindicatos y asociaciones diversas pidieron inmediatamente mi expulsión. La prensa atacaba a la película. Los raros espectadores salían de la sala como de un entierro. Al término de la proyección privada, mientras que Lupe, la mujer del pintor Diego Rivera, se mostraba altiva y desdeñosa, sin decirme una sola palabra, otra mujer, Berta, casada con el poeta español Luis Felipe, se precipitó sobre mí, loca de indignación, con las uñas tendidas hacia mi cara, gritando que yo acababa de cometer una infamia, un horror contra México. Yo me esforzaba en mantenerme sereno e inmóvil, mientras sus peligrosas uñas temblaban a tres centímetros de mis ojos. Afortunadamente, Siqueiros, otro pintor, que se encontraba en la misma proyección, intervino para felicitarme calurosamente. Con él, gran número de intelectuales mexicanos alabaron la película.

A finales de 1950, volví a París para presentarla. Caminando por las calles, que volvía a encontrar después de más de diez años de ausencia, sentía llenárseme de lágrimas los ojos. Todos mis amigos surrealistas vieron la película en el “Studio 28” y se sintieron, creo, impresionados por ella. Sin embargo, al día siguiente Georges Sadoul me mandó recado de que tenía que hablarme de algo grave. Nos reunimos en un café cercano a la plaza de l`Etoile, y me confió, agitado e, incluso, demudado, que el partido comunista acababa de pedirle que no hablara de la película. Sorprendido, pregunte por qué.
—Porque es una película burguesa —me respondió.
—¿Una película burguesa? ¿Cómo es eso?
—En primer lugar —me dijo—, se ve a través del cristal de una tienda a uno de los jóvenes abordado por un pederasta que le hace proposiciones. Llega entonces un agente de policía, y el pederasta huye. Eso significa que la policía desempeña un papel útil: ¡No es posible decir tal cosa! Y, al final, en el reformatorio, muestras a un director muy amable, muy humano, que deja a un niño salir para comprar cigarrillos.

Estos argumentos me parecían pueriles, ridículos, y le dije a Sadoul que no podía hacer nada. Por suerte, unos meses después el director soviético Pudovkin vio la película y escribió un artículo entusiasta en Pravda. La actitud del partido comunista francés cambió de la noche a la mañana. Y Sadoul se mostró muy contento de ello.
Este es uno de los comportamientos de los partidos comunistas con los que siempre he estado en desacuerdo. Existe otro, a menudo ligado al primero, que siempre me ha chocado, el que consiste en afirmar después de la “traición” de un camarada: “¡Escondía bien su juego, pero traicionaba desde el principio!”
En París, con ocasión de las proyecciones privadas, otro adversario de la película fue el embajador de México, Jaime Torres Bodet, hombre cultivado que había pasado largos años en España e, incluso, había colaborado en la Gaceta Literaria. También él estimaba que Los olvidados deshonraba a su país.
Todo cambió después del festival de Cannes en que el poeta Octavio Paz —hombre del que Breton me habló por primera vez y a quien admiro desde hace mucho— distribuía personalmente a la puerta de la sala un artículo que había escrito, el mejor, sin duda, que he leído, un artículo bellísimo. La película conoció un gran éxito, obtuvo críticas maravillosas y recibió el Premio de Dirección.
Yo no tenía más que una tristeza, una vergüenza, el subtítulo que los distribuidores de la película en Francia creyeron oportuno añadir al título: Los olvidados, o Piedad para ellos. Ridículo.
Tras el éxito europeo, me vi absuelto del lado mexicano. Cesaron los insultos, y la película se reestrenó en una buena sala de México, donde permaneció dos meses

Buñuel con todo el equipo de "Los olvidados"


LUIS BUÑUEL.  Mi último suspiro [Mon dernier soupir]. PLAZA & JANÉS S.A. Editores, Barcelona 1982,  pp 194-197. Traducido por Ana María de la Fuente.
Como se sabe, el texto fue escrito "con la ayuda" de  Jean-Claude Carrière