lunes, 24 de junio de 2013

10 GUÍAS SOBRE LÓGICA POLÍTICA

Abstenerse de votar en nombre de la lógica natural es abandonar espacios y con ellos a los venezolanos, a quienes no puede serles indiferente que la Alcaldía Mayor sea dirigida por ese excelente líder que es Antonio Ledezma y no por cualquier fundamentalista dominado por el odio, o que en el Municipio Sucre el alcalde sea el gran Ocariz y no el lamentable Ojeda, para poner solo esos ejemplos.
                                                     AMÉRICO MARTÍN (*)
MUD
1Emil Littré definió la política como ciencia. Paul Robert, como arte. Si me tocara zanjar la discusión optaría por la cómoda respuesta ecléctica: es las dos cosas, pero serán la improvisación, la intuición, el pálpito, los determinantes en cada momento del peso de una o de la otra. Como ciencia, la política se fundamenta en datos, números, hechos comprobables. Como arte, en "olfato", sutileza y sentido de la oportunidad. Hay pues una lógica tradicional, científica y una lógica intuitiva, "artística". A veces no es posible que coincidan y entonces una sana y bien adiestrada dirección política deberá escoger
2 Como no estoy escribiendo un tratado de Lógica, no citaré a Aristóteles, Averroes, Kant o Hegel. Hablaré de la lógica natural, la destreza común de razonar sin esgrimir datos científicos. En nombre de ella, se reprocha a Capriles la supuesta enormidad de llamar a participar en las elecciones de 8D, pese a haber denunciado un fraude en las de 14A. Ese llamado ­enfatizan- no resiste el silogismo lógico porque se es o no se es. Si usted dice que en abril hubo un fraude no puede convalidarlo en diciembre. Es ilógico, por decir lo menos. Y sin embargo, en lo que sigue demostraré que desde el punto de vista del arte político es perfectamente lógico.
3 El objetivo de la política es el poder. ¿Alcanzarlo para qué? Ahí se bifurcan los caminos: para instalar una dictadura mesiánica, enriquecerse y colmar el apetito del mando, o para desarrollar un país en libertad, con alto nivel de vida y sometiéndose ­humildemente-a la alternación del poder y las exigencias de la democracia. Ambas fórmulas pueden haberse ajustado a la lógica para lograr sus fines, aunque una sea inmoral y la otra moral.
4 En busca de ese objetivo, la lucha política se libra todo el tiempo en muchos espacios. Los desniveles culturales -según los lugares- son profundos, las motivaciones también. Hay que adaptar el lenguaje. Las razones válidas para unos pueden no convencer a otros. La Autonomía Universitaria le dice más a ciudadanos, docentes, estudiantes y trabajadores de la educación, que a comunidades indígenas o pobladores diezmados por el hambre y el desempleo. Pero todo es importante. La autonomía, calmar el hambre, combatir la discriminación étnica por razones de sexo y de minoría marginada. En todos hay que ganar voluntades, reunir mayorías.
5 La pelea por pulgadas en tantos tableros simultáneos impone flexibilidades, siempre que sean compatibles con la moral política si es que nos referimos a demócratas sinceros. La lógica natural podría conducir a calles ciegas, a embarcar todo el cacao en una sola batalla final, a disputar en el terreno del otro, y abandonar retos y oportunidades alegando incompatibilidades formales. Sus propiciadores a veces reducen el asunto a un desahogo emocional.
6 El fraude nunca es absoluto: no ocultó el descomunal crecimiento de la oposición y el enorme desconcierto de los cuestionados ganadores. El "perdedor" emergió unido, consciente por primera vez de su condición de mayoría, con un líder y provisto de tarjeta única. El "ganador" quedó dominado por el amargo sabor de la derrota. Típico caso del perdedor-ganador y del ganador-perdedor.
7 Los manejos maliciosos tampoco pudieron evitar la derrota oficialista en un referendo, ni la elección de Capriles, Ledezma, Henri Falcón y otros odiados "apátridas". Porque para saber cuánto puede lograrse, cuánto obtenerse, es menester meterse en la candela con argumentos sólidos y tenacidad animada por el hambre de la victoria.
8 Abstenerse de votar en nombre de la lógica natural es abandonar espacios y con ellos a los venezolanos, a quienes no puede serles indiferente que la Alcaldía Mayor sea dirigida por ese excelente líder que es Antonio Ledezma y no por cualquier fundamentalista dominado por el odio, o que en el Municipio Sucre el alcalde sea el gran Ocariz y no el lamentable Ojeda, para poner solo esos ejemplos.
9 Además de una lógica política hay una moral de esa índole. ¿Niegan la lógica natural y los principios morales?  Para nada. Tienen ámbitos propios, pero no se excluyen. Por ejemplo: la corrupción es aborrecible. En nombre de la Moral es justo castigar a todo corrupto al mismo tiempo y sin distingos, pero en nombre de la política el asunto es ligeramente distinto. Caben los gradientes. Centrando el ataque en la cumbre del poder corrupto, podrá dejarse de lado o llevados a lavarse las manos a quienes estén en las orillas. Y por eso la victoria política supone reducir el campo contrario, silenciar baterías, desarbolar de respaldos y seguidores al adversario, cosa que no ocurriría si se usan las armas de la crítica contra todos al mismo tiempo. El resultado sería bien inmoral desde cualquier punto de vista: la perpetuación del poder.
10 Hay muchas definiciones de lo que sea la política. Aportaré una mía, puramente instrumental: si quieres impulsar desde el poder un cambio debes ganar a todo el que puedas ganar, neutralizar a quien no puedas ganar, y enfrentar a quien ni siquiera puedas neutralizar. La MUD debería atenerse a esa regla. Se ha consagrado al cambio progresista y no puede regalarle espacios ­en este caso los municipales- a quienes pretende sustituir. En nombre de cierta moral la política como arte-ciencia suele ser injustamente cuestionada. Pero tomemos el caso y preguntemos: ¿Será preferible hundirse en la fetidez agitando vigorosamente el banderín de los "principios"?
(*) Escritor. Abogado. Ex-candidato presidencial. Artículo publicado originalmente en Tal Cual el 23-06-2013

viernes, 14 de junio de 2013

ANTIPOLITICA Y RECONCILIACIÓN

                                                                                   Nelson Hamana Hobaica



En Venezuela hay un acuerdo enunciativo en torno a la necesidad de una reconciliación no solo política sino social, pero hay un obstáculo que se está haciendo insuperable como es la imposibilidad de acceder a la verdad en lo relativo a la responsabilidad del inicio y el desarrollo del deterioro político que nos está carcomiendo el alma.

            La pregunta que se ha venido evadiendo desde hace tiempo, es la verdadera responsabilidad de los partidos políticos que se fueron erosionando por una cultura que aún ahora no es extraña, como es la cultura del bienestar, ya que su desarrollo en un país sin balances, requiere el sacrificio de derechos en sectores amplios de la población y con ello, el de la verdad y la justicia.

            En nuestro medio, la reincidencia sobre los mismos problemas, nos ha hacho pensar que el fracaso que deteriora nuestra economía es el producto inmediato de la presencia de los partidos políticos que se convirtieron en una máscara grotesca de la corrupción, por lo que entramos en una prolongada fase de anti política, por cierto plagada de contradicciones, práctica que en cierta medida ocultó la entusiasta participación de grandes sectores de nuestra población en ese deterioro.

            Lo primero que debemos preguntarnos es a quien favorece la anti política, y en manos de quien se queda el ejercicio del poder cuando deja de ser responsabilidad de los que están organizados para ejercerlo y tienen al menos en su estructura, la posibilidad de ser balance de las desproporciones sociales, inevitables en un sistema fundado sobre la competencia.

            Quienes éramos adultos antes de 1980 sabemos que el país avanzó de una manera vertiginosa no solo en lo material, sino en los mecanismos de organización social, a partir de 1958 los venezolanos se iban acostumbrando al significado de la ciudadanía. Desde las humildes juntas de condominio hasta los grandes sindicatos y partidos políticos, y los sistemas electorales, de una u otra forma eran instrumentos de participación ciudadana. Había indiferentes, pero eran tenidos por frívolos e inadecuados miembros de la sociedad. En estos organismos se podía tener pretensiones hegemónicas, pero la conciencia de participación pugnaba por neutralizarlas. Se entendía la organización social como una forma de practicar la libertad.

            En 1958 se gestó lo que fue un acto de reconciliación política que fue posible porque había una base ciudadana conciliada en torno a la libertad. A la luz del llamado “Espíritu del 23 de Enero” se hizo posible el llamado Pacto de Punto Fijo, un pacto de gobernabilidad para un país cuyas instituciones estaban arrasadas.

            Muy en contra de lo que se sostiene, no fue un vulgar acuerdo de tres partidos políticos, sino que incluyó a las Fuerzas Armadas, al acuerdo de la sociedad entera hacia la democracia, a los dueños del poder económico quienes aceptaron la conveniencia de progresar sin ventajismos y sin injusticia laboral, si querían ser empresas modernas, competitivas y a los intelectuales que ponían su creatividad al servicio de la causa prioritaria.

            Es lamentable que las euforias revolucionarias de quienes admiraban el sistema de gobierno comunista y el entusiasmo producido por la revolución cubana, que aún podían aceptarse como promesas de justicia y reivindicación para los desposeídos a través de la lucha de clases, dieran al traste con la reconciliación nacional de base popular y se entrara en una década de guerra donde los venezolanos se mataban sin piedad y provocaban un desprestigio creciente a la protección que el Estado daba a las empresas nacionales, actuando como escudo ante la fuerza competitiva de las transnacionales.

            El miedo de los privilegiados y la angustia de los gobernantes convirtió en irrelevante la necesidad de la vida reconciliada que había sido entendida como un camino viable hacia el futuro y nos fue convirtiendo de a poco la libertad en una defensa de los privilegios. Se asimilaron y se confabularon el poder político y el económico.

            Cuando los que tienen poder económico temen, expresan la intención de mantener sus posiciones, refugiándose en la acumulación de dinero y en su expatriación, reduciendo la economía del país a los sistemas financieros que son los que les hacen posible manejar ese rescate. No podemos olvidar que los privilegiados que fueron promovidos durante el primer gobierno  de Carlos Andrés Pérez, cuando se pretendió constituir un nuevo grupo de élite económica, fueron los de los sistemas financieros y los grandes nombres del poder  giraron en torno a los  Bancos, nuevos y viejos.

            Por otra parte la acción eficiente en la promoción del desarrollo se vio menguada por la necesidad de acabar con la guerra interna que afectaba fundamentalmente a los pobres y a los campesinos, porque fue en los barrios de los débiles económicos y en los campos venezolanos donde se dieron los combates que tuvieron la consecuencia de envilecer a nuestras fuerzas armadas y reforzar los argumentos de los concentradores de poder.

            La apariencia  generada por intentos de desarrollo tecnocráticos impracticables, hizo que se dispararan y distorsionaran las expectativas de bienestar, particularmente en los sectores medios de la población, lo que unido a las guerras internas comenzó a generar la separación entre sectores de la sociedad que desde entonces se ven con desconfianza. El país dejó de crecer porque los motores del trabajo creativo quedaron averiados.

            Las ilusiones de bienestar de una sociedad deforme llevaron a los sectores medios de la sociedad hacia aspiraciones insaciables que aún persisten, lo que los incapacitó para responder a la crisis inminente que estaba provocando la hipertrofia de “La Gran Venezuela” que introdujo formas de consumo imposibles de satisfacer en medio de una tradición social aún modesta, lo que solo aparentó lograrse con el desplazamiento de los sectores socialmente débiles del acceso a los bienes que producía el país y el aprovechamiento desmedido por parte de los sectores medios, que se asociaron impúdicamente a las manipulaciones de la cultura consumista. Llegamos a conocer profesionales que aun no tenían una vivienda en el país y eran propietarios de residencias vacacionales fuera de Venezuela.

            No fue difícil para los concentradores de poder y privilegios asociar los males nacionales con la actuación de los partidos políticos penetrados por el economicismo y el desarrollismo y entre todos fueron convirtiendo la reconciliación nacional del pacto político en un manejo de contubernios para la corrupción económica que fueron convirtiendo el bienestar creciente fundado en la justicia social, en una dramática separación de grandes detentadores de bienes y de un volumen inaceptable de pobres extremos. Entonces también empezaron a decrecer esos sectores medios que se habían estado apoyando en la instrucción y en el trabajo capaz y socialmente eficiente. Las crisis monetarias los golpearon duramente en sus compromisos y costumbres foráneas. Al fin y al cabo las decisiones y las medidas de la crisis eran decididas y ejecutadas por el partido gobernante y las devaluaciones se asociaron a la asunción de deudas internacionales, cuya satisfacción fue postergada por las ilusiones petroleras sin considerar que la misma no tenía solo una implicación económica y financiera, sino que tenía además una consecuencia inevitable de envilecimiento moral y de debilidad política, ya que se asumían con instituciones financieras voraces e implacables.

            La desconfianza mutua fue derivada íntegramente hacia los partidos políticos y las  fuerzas armadas envilecidas por la ineficiencia del poder, volvieron a la carga secular contra el civilismo que ya estaba arraigado en numerosos sectores de la población, la que guardó silencio o hasta dio su asentimiento porque se sentía oprimida por metas inalcanzables por la limitación económica que sentían producida por la corrupción y el ejercicio tortuoso del poder, ambos permanentemente remachados por los medios de opinión, como siempre terriblemente oportunistas, desviando la mirada de los ciudadanos de la necesidad de recuperar una sociedad reconciliada y sensata que supiera lo que debía exigir de sus dirigentes,

            Cuando las crisis se hicieron temibles se intentó recuperar un pacto político sin considerar la ausencia de reconciliación ciudadana y negándose a contestar una pregunta básica que se consideró traidora: ¿Donde estaba ese pueblo del 23 de enero que rodeaba a Miraflores ante los intentos de golpes militares que se dieron en los comienzos de la democracia, para evitar el paso de los tanques de guerra?

            También se ignoró el resentimiento contenido en la insurrección del llamado Caracazo y se trató de conjugar con un populismo ineficiente que en nada superaba el dolor de los pobres ni limitaba los privilegios que atormentaban la justicia.

            Ambas repuestas de los partidos dominantes, impidieron la abierta discusión de lo ocurrido y el tratar de dilucidar las causas reales de hechos inconcebibles en la Venezuela democrática que en ese momento era quien moría.

            El camino hacia el desprestigio de la libertad y el reinicio del camino militarista y autoritario comenzó en el momento en el que las fuerzas políticas ignoraron su tarea y las económicas intentaron salvaguardar sus privilegios controlando sectores del gobierno con el pretexto de la tecnocracia.

            Todo ejercicio político se consideró desviado y la libertad dejó ser un bien estimable ante el progreso de la necesidad, el país se fue enfrentando y los logros  tecnológicos no tuvieron ninguna eficiencia integradora, por el contrario, si miramos el desarrollo de la historia presente, lo que logran es dar más rigidez a la estratificación social que se va instalando cada vez con separaciones más extremas.

            Todo país de extremos rígidos y separados, donde los sectores sociales medios se hacen totalmente ineficientes como instrumento de balance y compensación por la preparación y el trabajo, desestima la libertad ante el progreso implacable de las carencias. La repuesta tecnocrática solo dio esperanzas a los que no la necesitaban porque ya tenían acceso a los bienes de la tierra y los débiles de la sociedad se dejaron cautivar por las palabras de amor de un profetismo con pretensiones redentoras que al final lo pide todo y da muy poco, pero en lo poco que da deja entrever esperanzas que es lo único que el ser humano siente que no se le puede arrebatar, pero las esperanzas terrenas se refieren a la vida concreta y cotidiana y no a la vida eterna y por eso se agotan.

Realmente en lo ocurrido, no hubo una insensatez de los débiles, sino la ilusión legítima de una justicia que se les negaba con la manipulación de un poder político responsable de la ineficiencia, ilusión que había sido cultivada por el populismo durante más de veinte años, lo que arrebató de las manos de los ciudadanos su conciencia de participación, solidaridad y conciliación. Cuando los beneficios de la salud, la educación, la seguridad, el trabajo, la vivienda y la alimentación se desplomaron, lo hicieron de repente y la polvareda del derrumbe aturdía la mirada e impedía ver hacia el pasado, lo único que quedaba era la urgencia del momento y no había espacio para pensar el futuro. La esperanza del ascenso hacia el bienestar que se fundaba en el esfuerzo y la educación, se vino abajo. No se trata de una especulación, sino de un dato verificable.  El orgullo de nuestra educación que se hizo masiva y accesible en todos los niveles, con una altísima participación de los pobres en los sistemas educativos, se hizo pedazos, y las mediciones que hacía la Oficina de Planeamiento del Sector Universitario mostraban que los hijos de los trabajadores, ya no los pobres marginados, constituían menos del 2% de la matrícula en las Universidades Nacionales, y que el acceso a las carreras de prestigio social era virtualmente hereditario, es claro entonces que la educación se convirtió en un instrumento de exclusión.

Todo lo que antecede es el relato de un proceso que no podía ser instantáneo, es imposible referirlo a decisiones puntuales, aunque no fuera visible, lo que siguió no fue tampoco el descubrimiento providencial de la situación, ni se trató de un fenómeno aislado en Venezuela.

La desaparición de los obstáculos que impedían la integración al mercado universal de los capitalismos de estado, que pasaron a ser liberales, soportados sobre el dinero concentrado por las élites políticas, que devinieron en mafias, a expensas del bienestar de la población, en conjunto con los mercados del liberalismo tradicional, donde la influencia de los sistemas financieros se hizo cada vez más importante, mundializada y determinante de la política, a partir del decálogo llamado Consenso de Washington, el poder se fue haciendo externo a los gobernantes, e incontrolable por su anonimia y su transnacionalidad. A pesar de que los beneficios económicos permearon hacia los países de donde obtenían fuerza de trabajo y materia prima, su diseminación no fue universal y   donde se lograban crecimientos y balances macroeconómicos, no se lograba conjugar la pobreza.

En Venezuela era evidente y mientras más se corría detrás de las fórmulas del balance financiero del país, tanto más aumentaban las complicidades entre la política y el capital, y el tormento de las carencias dejaba espacio para los hombres providenciales, a cuya sombra se hacen más expeditas las corrupciones.

La repuesta providencial entró abiertamente en el país con la misma complacencia que tuvo en amplios sectores de la población la asonada militar mal discutida, se repitió la historia de los amplios apoyos de los sectores influyentes a la conjura contra el civilismo de 1948.

Entonces y ahora nos parece imposible recuperar la reconciliación, que es y será diferente al diálogo, el Espíritu del 23 de Enero no floreció a la vera de Marcos Pérez Jiménez, y así como ahora se festejaba al Balcón del Pueblo, entonces se cortejaba al Salón Venezuela del Círculo Militar y a mediados de diciembre de 1957 nadie se atrevía a discutir la solidez del régimen, pero repentinamente, el escamoteo de una nueva elección comenzó a desmoronar el poder y se empezó a gestar una reconciliación nacional que entendió el valor de la democracia, de las elecciones, de la discusión y de la participación y no se equivocó, porque progresó con ellas durante dos décadas.

Los diálogos, los consensos y los acuerdos solo son útiles cuando se tiene el fundamento de la reconciliación, el problema de nuestra democracia post-reconciliatoria fue el de olvidarse de algo, de un amplio sector de la población que se hizo invisible, irrelevante y cuando asomaba la cara lo tratábamos como culpable. En estos catorce años se nos hizo visible, por desgracia de la manera más grotesca y con su peor cara, con su inmensa delincuencia, con su espeso tributo de muertes, con su exagerada violencia, con sus presos maltratados y con la mascarada de unos servicios mediocres, mal intencionados, destinados a cubrir los grandes espacios de la corrupción en complicidad con los países más permisivos y aunque muy predicadores, los menos interesados en el bienestar de las mayorías. Los pobres sufrientes siguieron en la sombra y aunque se derramaron dádivas económicas no se les reivindicó de la verdadera miseria, como es la de desconocerse a sí como seres humanos, como parte del país y como indispensables para su sobrevivencia armónica.

A estas alturas hemos superado una de las graves dificultades para nuestra reconciliación, el saber que están allí, pero la superamos a los golpes, y aún no hemos podido verles como víctimas sino como culpables.

Además de adquirir esta conciencia, tendremos que iniciar el camino que nos causa mayores problemas, el de ser capaces de renunciar a un poco de nuestro bienestar, el de moderar nuestras aspiraciones, el de atenuar nuestro interés de lucro, el de buscar nuestro futuro en un ambiente de serias dificultades, el de lograr en resumen, reconocerlos a ellos tal como son y hacerlos parte de nuestra vida cotidiana, para lograr estar disponibles para ellos como una actividad normal y no excepcional y para lograr de ellos no la gratitud sino la disposición hacia nosotros para tratarnos de una vez como seres humanos con la misma consistencia y definición.

Esta es una forma de convertirnos mutuamente a un acceso al poder y el diálogo y los acuerdos tendrán un  fundamento real y viable. Parece utópico, pero no lo es, porque se trata de un camino y de un sentimiento, no de un logro concreto, corresponde a la política desarrollar y convenir los instrumentos para andar ese camino, será a ella a la que le corresponda equivocarse y enmendar, pero a estas alturas parece difícil que se pueda progresar en el sentido de la humanización llamada desarrollo sin el componente de la libertad que debe sentirse en una sociedad reconciliada.

Amartya Sen, un bengalí, profesor de Harvard y ganador de un Premio Nobel de Economía, ha sido uno de los inspiradores de la PNUD, organización de las Naciones Unidas para el desarrollo, para cambiar la visión economicista incluso de los organismos financieros internacionales, sosteniendo en resumen que si no hay libertad no hay  desarrollo humano y si no hay desarrollo humano no hay desarrollo económico y que el desarrollo humano pasa por el rescate de los pobres.

Llegados a este punto, tendremos que convenir que la anti política no tiene sentido, negarse a participar organizadamente en la conducción de un país no es razonable, no podemos renunciar al sistema conciliador de los interesas particulares, no podemos renunciar a nuestra propia vida y no podemos aceptar que los partidos políticos nazcan y crezcan después que se han desarrollado intereses particulares y no como propuestas previas hechas a la sociedad. Si no nos gustan los que existen, estamos obligados a substituirlos y eso lo hacemos oyéndonos unos a otros y aguzando la imaginación. No tenemos que lograr acuerdos, solo tenemos que mirarnos y aceptarnos.

La necesidad y el miedo ya hicieron unificar a un sector de la sociedad, debemos salir a la búsqueda no de un líder, sino de una ocasión para tener sentimientos comunes y de incorporar a ellos a los excluidos, sean o no pobres, entonces podremos hablar de paz y de progreso.

 

 

 

           

 

 

martes, 11 de junio de 2013

SIMÓN BOLÍVAR, EL DEMONIO DE LA GLORIA

Héroes sin maquillaje 

Por Enrique Krauze (*) 

El discurso de Simón Bolívar es claramente republicano pero no democrático. La publicación de Bolívar: American liberator, de Marie Arana, da pie a una reflexión de Enrique Krauze sobre el apego de Bolívar al mando: el temor criollo a la “pardocracia”, a la revolución étnica, a la cruel “guerra de colores”.

 
a la memoria de Simón Alberto Consalvi
En las Obras completas de Simón Bolívar, perdido entre 2,923 cartas y discursos, hay un documento tan extraño que algunos historiadores han dudado de su paternidad. Es “Mi delirio en el Chimborazo”, deliquio literario que data quizá de 1822 y refiere la ascensión, seguramente parcial y tal vez imaginaria, de Bolívar al volcán ecuatoriano. En su “Marcha de la Libertad” había atravesado “regiones infernales, surcado los ríos y los mares, subido sobre los hombros gigantescos de los Andes” hasta llegar a esa “atalaya del Universo”. Ni el tiempo había logrado detenerlo. De pronto, poseído del “Dios de Colombia” (la inmensa y promisoria nación fundada en lo que hoy es el territorio de Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá), “el Tiempo” mismo (viejo venerable, hijo de la Eternidad) se presenta ante él para recordarle la pequeñez de sus hazañas. “He pasado a todos los hombres en fortuna –respondió Bolívar– porque me he elevado sobre la cabeza de todos”, pero la visión le revela el secreto del “Universo físico y moral” que, al despertar, debía trasmitir a sus semejantes.
Bolívar nunca compartió aquel secreto, pero sin duda sentía haber “demostrado a Europa que América tenía hombres equiparables a los héroes del mundo antiguo”. Nuevas empresas lo esperaban: la derrota de las fuerzas realistas en el Perú (1824) y la creación (en el Alto Perú, en 1825) de una nación que llevaría su nombre, Bolivia. Y poseído por “el demonio de la Gloria” quería llegar hasta Tierra de Fuego. A principio de 1826, solo un capítulo faltaría en su libreto: “el laudable delirio” anunciado en su famosa “Carta de Jamaica” de 1815: un gobierno confederado de las naciones americanas: “¡Qué bello sería –había escrito entonces– que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar ahí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios...” En junio de 1826, Panamá sería, en efecto, la sede de ese Congreso Anfictiónico. Para entonces, según estimaciones, Bolívar había recorrido 23,000 kilómetros de campaña y comenzaría a dar señales serias de la tuberculosis que a fines de 1830 acabaría con su vida.
Tratándose del inabarcable Bolívar, es difícil sustraerse a la teoría del “Gran hombre”, más aún si el mismísimo Thomas Carlyle dejó en 1843 un pequeño perfil en el que lo llama “el Washington de Colombia”, lo compara con Aníbal, y va más allá: “Si este no es un Ulises [...] ¿en dónde ha habido uno? ¡En verdad un Ulises cuya historia valdría su tinta, si apareciera el Homero capaz de escribirla!” A lo largo de los años, cientos de autores han buscado encarnar a ese Homero. Ahora recoge el desafío de Carlyle una distinguida escritora peruana: Marie Arana. Su libro Bolívar: American liberator (editado este año en Estados Unidos por Simon & Schuster) no pretende nada menos que eso: recrear la saga homérica del Ulises americano que, según Arana, “por sí solo concibió, organizó y encabezó los movimientos de independencia de seis naciones”.
Con una óptica abiertamente carlyleana, Arana (antigua editora del Washington Post, autora de un par de novelas y de un best seller de National Geographic) se propuso intentar “una narrativa arrolladora, atractiva, más una épica cinematográfica que un tomo académico”. En ese sentido logró su propósito. Su libro no descubre información importante ni aporta interpretaciones originales, pero se lee como una novela escrita con color y brío, poblada de personajes, paisajes, episodios y escenas memorables. Se ha dicho que hay historiadores del verbo e historiadores del sustantivo. Arana pertenece al primer grupo: su historia, como la de Bolívar, no conoce un momento de calma y en su mismo tempo trasmite la irrefrenable pasión del hombre que en la mañana del Jueves Santo de 1812, caminando por las ruinas de su natal Caracas tras un devastador terremoto, exclamó: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca.”
Arana describe el origen de esa intensa y furiosa determinación. Nacido en 1783 en el seno de la más alta aristocracia criolla, descendiente de un fundador de Venezuela del que provenía su nombre y linaje, Bolívar heredó una inmensa fortuna: doce casas y solares en Caracas y La Guaira, minas de cobre, haciendas de azúcar e índigo, plantaciones de cacao, rebaños de ganado y cientos de esclavos. Pero desde la más temprana niñez la propia naturaleza había decidido oponérsele: huérfano de padre a los dos años y de madre a los nueve, el niño Simón agrega a su riqueza enormes plantaciones de cacao legadas por el sacerdote que lo bautiza, pero nada mitiga su tragedia: “irascible, caprichoso, necesitado con urgencia de una mano firme, se volvía cada vez más ingobernable”. Según testimonio de un pariente, Simón vagaba solo por las calles, a pie o a caballo, acompañado de muchachos que no eran de su clase. Y “toda la ciudad de Caracas lo había notado”. Tras procurarle una esmerada aunque inconstante educación científica y literaria, y el ingreso a la Academia Militar, en 1799 sus tutores discurren la solución de un viaje a Madrid, donde el joven aristócrata frecuenta la Corte imperial, con incidentes chuscos que mucho tiempo después recordó o acaso inventó (como haber estrellado un gallo de bádminton en la cabeza del futuro Fernando VII). Lo cierto es que en ese primer viaje a Europa encuentra el amor que debía redimirlo. Su matrimonio con María Teresa Rodríguez del Toro ocurre bajo los mejores auspicios. La joven pareja se instala al lado de la catedral en Caracas. Pero el idilio es efímero. María Teresa muere a los cinco meses de su arribo, víctima de fiebre amarilla. Bolívar queda viudo a los diecinueve años de edad. Sus duelos son el anuncio del rebelde que vendrá.
Su preceptor, el rousseauniano Simón Rodríguez, le “hizo comprender que existía en la vida de un hombre otra cosa que el amor”, escribía Bolívar a su amiga Fanny du Villars en 1804, durante el nuevo viaje europeo que había comenzado en 1803 y se extendería hasta 1807. En las principales capitales frecuenta la vida galante y los salones ilustrados, atestigua el ascenso de Napoleón, el “gran hombre” a quien siempre tuvo presente como emblema heroico, pero cuya coronación en Notre Dame en 1804 le pareció abominable. Y en la primera ascensión febril de su vida (en el Monte Sacro de Roma, en 1805), acompañado por Rodríguez, jura liberar América del yugo español. Arana cubre con vivacidad esta etapa, aunque no deja de incurrir en tópicos de la historia tradicional. Un ejemplo es su relación con Humboldt, el sabio alemán cuyas obras habían abierto al público europeo (y a Thomas Jefferson) el interés y el apetito por los riquísimos dominios de España en América. Arana recrea los encuentros casi como señales de predestinación, pero muchos años después Humboldt –sorprendido por la buena estrella de Bolívar– recordaba a su interlocutor como “un hombre pueril”.
***
Simón Bolívar: el demonio de la gloria 1
Raúl Arias

El enfoque carlyleano es popular pero como método y teoría del conocimiento histórico, además de anacrónico, tiene al menos dos inconvenientes: tiende a dejar de lado contextos pertinentes (sociales, culturales, históricos), y a cancelar la distancia entre el biógrafo y el biografiado. Arana incurre en esta doble falla desde el instante en que asume el libreto de Bolívar según el cual los hechos que conmovieron el subcontinente americano en la segunda década del siglo xix fueron provocados por la “incompatibilidad fundamental” entre el viejo, decadente pero aún poderoso Imperio Español, que había oprimido a sus colonias de ultramar por trescientos años, y la voluntad de los americanos por conquistar su libertad e independizarse. A estas alturas, con los aportes diversos al conocimiento histórico que Arana desestima, es inadmisible esta variante de la leyenda negra española aplicada a los movimientos de independencia.


Reproducido de "Letras libres" en http://www.letraslibres.com/autores/enrique-krauze

(*)   Historiador, ensayista y editor mexicano, director Letras Libres y Editorial Clío.

viernes, 7 de junio de 2013

LA CUCARACHA GREGORIO SAMSA


                                                                       Julieta León (*)





La cucaracha Gregorio Samsa (**)
encerrada en su cuarto prisión
 
reflexiona sobre las circunstancias de la vida
 
entiende cuán lábiles son los sentimientos humanos
 
algo allí dentro de su caparazón aún late
cree que su madre y su hermana lo amarán
 
pese a su aspecto
una cruel pesadilla
que pronto pasará
 
piensa en sus deberes                  en su familia
en su trabajo
en su jefe maltratador
 
se preocupa por los otros
que lo incordian
lo gritan
lo insultan
 
le cuesta aceptar que sólo lo quieren
                                    si produce dinero
 
si cancela la deuda inexistente del mentiroso padre
 
si va a trabajar a las cuatro de la mañana
para que el señor Samsa pueda levantarse tarde
desayunar bien   confortablemente
pasar el resto de la mañana leyendo los periódicos
 
no lo quiere creer
no lo puede creer
 
daddy levanta el puño en alto
lo amenaza con el bastón
 
le da una patada que lo catapulta a su cuarto
 
sólo le queda la metáfora del hospital
el negro edificio  tras su ventana
 
la cucaracha Gregorio Samsa
descubre cómo son rechazadas las minorías
 
los Gregorio Samsa de hoy día
homosexuales
presos de conciencia
sidosos 








(*)   Caracas.  Poeta. Licenciada en Filosofía y Letras.
Premio XV Bienal Internacional  "José Antonio Ramos Sucre"
 

 
(**)     Gregorio Samsa: protagonista de "La Metamorfosis" de Franz Kafka (N. del E.)