miércoles, 6 de octubre de 2021

BARAGUA EN VACACIONES

  

                       


                                                             MARITZA CHAVIER ALMAO
(*)


"Ya se terminan las sabias explicaciones, 

ya van a dar principio las vacaciones

bendito día, bendito día

que a nuestro pecho lleva dulce alegría"…

 

Rezaba el himno que entonábamos en la escuela de mi pueblo, en el mes de julio. Cada día que pasaba nos hacía redoblar el vigor con que lo cantábamos, las estrofas se escapaban por las ventanas y recorrían los caminos alertando al río y sus matas de mamón, a los cardones y sus dulces frutos, a las cabras y sus cabritos, a las abejas y su miel. Una bandada de loros voló con su algarabía para celebrar que volveríamos a los campos con todo el tiempo para los juegos y el retozo, a la plaza, a los corredores y los patios donde se nos permitiera dar rienda suelta a tanto júbilo que salía de nuestras gargantas. Podría correr tras las mariposas amarillas, las naranjas y las celestes, danzar con mi hermana bajo un árbol de vera, mientras el viento lanzaba sobre nuestras cabezas confites de hojas y flores. Sentir de cara a la tierra el olor de la verdolaga, correr tras las perdices hasta oír el llamado de mamá: "¡MUCHACHOS, A COMER!". 

 

Más tarde, nos mandaban a reposar; entonces jugábamos metras tendidos en el corredor, apuntando a los agujeros de los ladrillos. El largo corredor con sus pretiles era el sitio más concurrido de la casa en El Bubal, orientado al norte, frente a la cumbre de Torore; hacia él abrían las puertas de la sala, la habitación de la abuela, la alcoba y la alcobita. De los aleros del corredor colgaban matas de bella a las once y mala madre; en sus paredes lucían unos cuadritos que adornaban con imágenes de paisajes de lugares desconocidos y fríos, un espejo con la imagen de una hermosa mujer en la parte superior y el viejo almanaque de los hermanos Rojas, ilustrado con un chivo, que había originado la frase repetida en el pueblo: “Es más viejo que el chivito del almanaque”. 

 


El almanaque con su chivo parecía muy apropiado para adornar nuestra casa; total, vivíamos en un hato de chivos; además, era el lugar de consulta para papá y mamá sobre los nombres que deberían llevar sus hijos, las celebraciones de fiestas, sobre todo las religiosas y, algo muy importante para papá, la información sobre las fases de la luna. Él conocía el cielo tan bien como sus caminos de arriero, y en las noches sin luna, bajo el bordado de estrellas, nos daba lecciones de astronomía: "Allá las que brillan, la osa menor; por allá vendrá el lucero del alba”. Una luz parpadeaba a lo lejos y papá con cierta melancolía decía: "Llueve en los confines del mundo". Le preocupaba la sequía tan prolongada para sus animales, para su siembra, pero recuperaba rápidamente la alegría para hacernos cantar: "Mira la luna, mira el lucero, mira tu papa comiendo suero”.

Al caer la noche: "¡A dormir niños! ", reclamaba mamá.

 

"¡Bendición papá, bendición mamá!". 

 

 

Maritza Chavier Almao

(*) Psiquiatra

Miembro titular de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría.

Taller de escritura y narrativa




4 comentarios:

  1. Gracias querido Franklin por traer a tu blog mi pequeño relato,me siento previligiada. Y que alegría ver esas imágenes de mi pueblo Baragua.

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  2. Qué bueno que estés publicando, querida Maritza.
    Enhorabuena y que la creatividad siga fluyendo.

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  3. Maritza, Íqué belleza de relato! Hiciste que me asomara a mis recuerdos de infancia en Barquisimeto! Gracias, muchas gracias. Jorge Posadas

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