jueves, 26 de diciembre de 2013

PASTILLAS PARA EL DOLOR DE VIDA


                                                                                       MARÍA R. SAHUQUILLO (*)





Laura Crespo tomó antidepresivos durante más de seis meses. Su médico de cabecera se los recetó cuando le diagnosticaron cáncer a su madre.

"En su momento la medicación me ayudó. No levantaba cabeza, estaba tristísima y necesitaba sobreponerme rápido para poder asumir con ella el tratamiento; para poderla acompañar y sostener", cuenta. No hizo otra terapia. "La verdad es que prefería el tratamiento con fármacos", reconoce.

Carlos R. acudió al centro de salud porque estaba triste y desganado. "Estaba deprimido...", resume. "Me recetaron antidepresivos, pero después, por mi cuenta, decidí ir al psicólogo. Creo que eso fue lo que más me ayudó, aunque estuve combinando ambas cosas hasta que dejé progresivamente la medicación", relata. En su caso fueron problemas laborales y familiares los que le provocaron el sufrimiento. "Sigo yendo al psicólogo, aunque hemos espaciado las visitas", dice.

La extensión del diagnóstico de lo que se considera una depresión, la medicalización del sufrimiento más cotidiano y la indicación de fármacos antidepresivos como la fluoxetina para otras patologías (como para algunos trastornos endocrinos o para la fibromialgia), son algunas de las razones con las que los expertos explican el incremento del uso de estos químicos en toda Europa. Pero mientras su consumo no decae, la utilidad y la efectividad de estos medicamentos para combatir las depresiones leves y moderadas están en cuestión.

El País, junto con otros cinco grandes diarios que comparten el proyecto Europa ­The Guardian, Le Monde, La Stampa, Gazeta Wyborcza, Süddeutsche Zeitung­, han preguntado durante varias semanas a los lectores si han prescrito (a los sanitarios) o tomado antidepresivos, y si han funcionado. Más de 4.000 personas de Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y España han aportado sus experiencias a través de un cuestionario online. La mayoría de ellos aseguran que los fármacos les han ayudado, aunque particularmente aquellos que los han acompañado de otro tipo de terapias.

En los últimos años varias investigaciones científicas han analizado la efectividad o el beneficio de los antidepresivos para combatir los síntomas leves o moderados de la depresión ­para los severos no está en cuestión­. Las conclusiones han sido similares en todos ellos: por sí solos su eficacia es muy limitada. Así lo determinó, por ejemplo, un amplio estudio realizado en 2008 por investigadores británicos sobre tres de los principios activos que, aunque ya no lo son, eran los más vendidos en ese momento: fluoxetina (el popular Prozac, que durante años se denominó "la píldora de la felicidad"), venlafaxina (Efexor) y paroxetina (Serotax, conocida también como "píldora de la timidez"). El análisis, publicado en la revista Plos Medical, determinó que para aquellos pacientes que no tenían síntomas graves, los antidepresivos eran igual de útiles que una pastillita de azúcar; es decir, un placebo.

"Hay un consumo indicado por los médicos, y reclamado por el paciente, para problemas relacionados con el sufrimiento y el dolor. Para afrontar un duelo, para paliar el malestar tras una ruptura amorosa, también para los problemas laborales", apunta Eudoxia Gay, presidente de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Los médicos, reconoce, los prescriben para afrontar estas realidades y también para los síntomas leves y moderados. Y estos fármacos, precisan desde el laboratorio Lilly ­fabricante de algunos de ellos­, están indicados para el trastorno depresivo mayor.

"Para ello sí son útiles. Pero, aunque hay que revisar caso a caso, para paliar el sufrimiento cotidiano, al igual que para los cuadros menores de ansiedad, son más eficaces otras terapias que mejoran y no cronifican el sufrimiento humano que tan mal se tolera hoy y al que se responde farmacologizándolo", sigue Gay.

No saber sufrir.
El psiquiatra Alberto Ortiz Lobo cree que bajo la etiqueta de "depresión" se están patologizando emociones normales. Asegura que en los años noventa la industria farmacéutica y
algunas sociedades médicas hicieron programas específicos y campañas de difusión para ayudar a detectar la depresión. "Desde entonces ha sido un no parar, porque se han ampliado los límites. Ahora tras ese constructo, bajo ese paraguas de la depresión, se mete cualquier sintomatología de tristeza o desánimo que se pueda tener, aunque sea sana, legítima y proporcionada", asegura.

Tanto la detección actual de la depresión como la prescripción de antidepresivos, apunta, son parámetros que están lejos de las cifras de prevalencia de esta patología en la población general de los estudios epidemiológicos clásicos.

José Antonio Sacristán, director médico de Lilly España, señala otros factores que podrían haber contribuido al aumento del uso de estos fármacos.

"Primero, que los actuales son más seguros y mejor tolerados que los primeros antidepresivos", explica. Segundo, asevera, "que se ha demostrado su eficacia y han sido aprobados por las agencias reguladoras para el tratamiento de otras patologías mentales como los trastornos de ansiedad".

En otros países, con algunas tímidas excepciones, como Holanda, la situación es similar. En Alemania, Bélgica o Reino Unido el consumo de medicamentos indicados para este problema ha aumentado tanto como en España. "Se suelen prescribir estos fármacos con mucha facilidad. Y muchas veces los pacientes piensan que si están medicándose y no les funciona es porque necesitan algo más fuerte, no porque quizá no estén deprimidos", remarca Alain Vallée, psiquiatra en Nantes y uno de los más de cien profesionales sanitarios que contestó a la encuesta puesta en marcha por los seis diarios europeos. La mayoría de ellos, como recoge The Guardian ­que ha verificado y ha hecho un tratamiento a fondo de los datos­, sostiene que en gran parte de Europa hay una amplia "cultura de la prescripción". Subrayan que los antidepresivos son un buen recurso, y necesario, para tratar la depresión severa, pero también hablan de su frustración para abordar los casos leves o moderados debido a los escasos procedimientos, tanto de tiempo como de disponibilidad de otras terapias.

"Aunque en algunos casos pueden ayudar a superar una situación puntual, los fármacos no van a dar solución a las depresiones o problemas cuyo origen es social o psicológico. Son fármacos, además, que aunque se han perfeccionado mucho, tienen efectos adversos y su tratamiento no se puede discontinuar así como así", aclara Carlos Mur, director científico de la Estrategia Nacional de Salud Mental del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Este experto, que además es gerente de un instituto psiquiátrico de Leganés (Madrid), afirma que cada vez son más los médicos de atención primaria que derivan a los servicios de salud mental ­aunque la gran mayoría ya llevan pautado el tratamiento farmacológico­ y que recomiendan otras terapias que pueden ayudar a superar el problema o a lograr mayor bienestar. "Está ganando terreno la psicoterapia y opciones como el yoga o el mindfullness", declara.

A Adrián, funcionario de 43 años de edad, el médico le recomendó varios libros, y a Lucía, de 17 años de edad, la remitieron a la consulta de salud mental de su ambulatorio. "Allí, la psicóloga me dijo que viera varias películas, todas protagonizadas por mujeres; la idea era que tomase referentes", narra.

El psicólogo Antoni Bolinches, que ha escrito varios libros de autoayuda como Tú y yo somos seis o Peter Pan puede crecer, expone que en las depresiones leves o moderadas los fármacos tratan los síntomas, pero no la causa. Por eso, a veces, cuando el tratamiento acaba el problema sigue ahí. "Las depresiones exógenas o reactivas, es decir aquellas que vienen de fuera, de algo que te está afectando o que te ha sucedido, deberían tratarse sobre todo, o también, psicológicamente. Porque si el paciente aprende a llevar bien el problema obtiene el doble de beneficio: lo supera, pero además aprende". Sin embargo, reconoce que hay personas que prefieren tomar medicación.

"Hemos creado un modelo social en el que no estamos acostumbrados al esfuerzo y a las dificultades, por eso recurrimos a la farmacología", expresa.

El psiquiatra Ortiz Lobo explica que los fármacos para tratar la depresión inducen ciertos estados psicológicos. "Suelen producir un distanciamiento emocional, para bien o para mal, de lo que está pasando.

Si estoy tristísimo eso me viene bien, pero ya no vivo tan intensamente. Eso, por ejemplo, provoca una pérdida de deseo sexual o una lejanía de otras cosas".

(*) Publicado originalmente por / EL PAÍS SERVICIO EXCLUSIVO DE EL NACIONAL 
2 de diciembre 2013 - 08:41 am





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