miércoles, 10 de septiembre de 2014

DE COMO ESTUVIMOS A PUNTO DE SALVARNOS DEL RACIONALISMO

                             

                                                                   


No es de asombrar que se asesine a príncipes y estadistas. A
menudo hay cambios muy importantes que dependen de sus
muertes, y en vista de la eminencia en que se encuentran se
hallan particularmente expuestos a la mano de cualquier
artista a quien anime el deseo de lograr un efecto escénico.
Pero hay otra clase de asesinatos que ha prevalecido desde
comienzos del siglo diecisiete y que sí me sorprende: me
refiero al asesinato de filósofos. Señores, es un hecho que
durante los dos últimos siglos todos los filósofos eminentes
fueron asesinados o estuvieron muy cerca de ello, hasta tal
punto que cuando un hombre se llame a sí mismo filósofo y
no se haya atentado nunca contra su vida, podemos estar
seguros de que no vale nada; por ejemplo, creo que una
objeción insalvable a la filosofía de Locke (si acaso hiciera
falta) es que, aunque el autor paseó su garganta por el mundo
durante setenta y dos años, nadie condescendió nunca a
cortársela. Como estos casos de filósofos no son muy
conocidos y, en general, los tengo por interesantes y bien
compuestos en sus detalles, procederé ahora a una digresión
sobre el tema, cuyo principal objeto será mostrar mi propia
erudición.








El primer gran filósofo del siglo diecisiete (si exceptuamos a
Bacon y Galileo) fue Descartes, y si alguna vez se dijo de
alguien que estuvo a punto de ser asesinado —a una pulgada
del asesinato— habrá que decirlo de él. La historia es la
siguiente, según la cuenta Baillet en su Vie de M. Descartes,
tomo I, págs. 102-3. En 1621, Descartes, que tenía unos
veintiséis años, se hallaba como siempre viajando (pues era
inquieto como una hiena) y al llegar al Elba, ya sea en
Gluckstadt o en Hamburgo, tomó una embarcación para
Friezland oriental. Nadie se ha enterado nunca de lo que podía
buscar en Friezland oriental y tal vez él se hiciera la misma
pregunta ya que, al llegar a Embden, decidió dirigirse al
instante a Friezland occidental, y siendo demasiado impaciente para tolerar cualquier demora alquiló una barca y contrató a unos cuantos marineros. Tan pronto habían salido al mar cuando hizo un agradable descubrimiento, al saber que se había encerrado en una guarida de asesinos. Se dio cuenta, dice M. Baillet, que su tripulación estaba formada por «des scélérats», no aficionados, señores, como lo somos nosotros,
sino profesionales cuya máxima ambición, por el momento, era degollarlo. La historia es demasiado amena para resumirla y a continuación la traduzco cuidadosamente del original francés de la biografía: 

«M. Descartes no tenía más compañía que su criado, con quien conversaba en francés. Los marineros, creyendo que se trataba de un comerciante y no de un caballero, pensaron que llevaría dinero consigo y pronto llegaron a una decisión que no era en modo alguno ventajosa para su bolsa. Entre los ladrones de mar y los ladrones de bosques hay esta diferencia, que los últimos pueden perdonar la vida a sus víctimas sin peligro para ellos, en tanto que si los otros llevan a sus pasajeros a la costa corren grave peligro de ir a parar a la cárcel. La tripulación de M. Descartes tomó sus precauciones para evitar todo riesgo de esta naturaleza. Lo suponían un extranjero venido de lejos, sin relaciones en el país, y se dijeron que nadie se daría el trabajo de averiguar su paradero cuando desapareciera «(quand il viendrait à manquer)». 
Piensen, señores, en estos perros de Friezland que hablan de un filósofo como si fuese una barrica de ron consignada a un barco de carga. 
«Notaron que era de carácter manso y paciente y, juzgándolo por la gentileza de su
comportamiento y la cortesía de su trato, se imaginaron que debía ser un joven inexperimentado, sin situación ni raíces en la vida, y concluyeron que les sería fácil quitarle la vida. No tuvieron empacho en discutir la cuestión en presencia suya
pues no creían que entendiese otro idioma además del que empleaba para hablar con su criado; como resultado de sus deliberaciones decidieron asesinarlo, arrojar sus restos al mar y dividirse el botín.»






Perdonen que me ría, caballeros, pero a decir verdad me río siempre que recuerdo esta historia, en la que hay dos cosas que me parecen muy cómicas. Una de ellas es el miedo pánico de Descartes, a quien se le debieron poner los pelos de punta, como suele decirse, ante el pequeño drama de su propia muerte, funeral, herencia y administración de bienes. Pero hay otro aspecto que me parece aún más gracioso, y es que si los mastines de Friezland hubieran estado «a la altura», no tendríamos filosofía cartesiana y, habida cuenta de la infinidad de libros que ésta ha producido, dejaré que
cualquier respetable fabricante de baúles explique cómo nos hubiera ido sin ella.





Pero sigamos adelante: a pesar de su miedo cerval,
Descartes demostró estar dispuesto a luchar y con ello
intimidó a la canalla anticartesiana. «Viendo que no se trataba
de una broma» —dice M. Baillet—, «M. Descartes se puso de
pie de un salto, adoptó una expresión severa que estos
miserables no le conocían y, dirigiéndose a ellos en su propio
idioma, los amenazó con atravesarlos de parte a parte si se atrevían a ofenderlo en lo que fuera.» Sin duda para los viles rufianes hubiese sido honor muy superior a sus méritos el quedar ensartados como pajaritos en una espada cartesiana, y me alegro que M. Descartes no cumpliera su amenaza, robándole así sus presas a la horca, sobre todo cuando pienso que, tras asesinar a la tripulación, no hubiera conseguido regresar a puerto: habría quedado navegando eternamente en el Zuyder Zee para que los marineros lo tomaran por el Holandés Errante que volvía a casa. 
«El valor que mostró M. Descartes» —dice su biógrafo— «obró como por arte de magia sobre los bribones. Lo súbito de la sorpresa los hundió en la más ciega consternación, por fortuna para él, y lo llevaron a su lugar de destino sin más molestias».
Tal vez, caballeros, crean ustedes que, siguiendo el ejemplo del discurso de César a su pobre barquero «Caesarem vehis et fortunas eius»— M. Descartes no tenía sino que decir:
 «¡Perros, no podéis cortarme la garganta, pues lleváis a Descartes y a su filosofía!», después de lo cual ya podía desafiarlos a que hicieran lo que se les antojase








Thomas De Quincey
Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes.
Literatura. Alianza Editorial. Madrid 1985
Traducción de Luis Loayza

1 comentario:

  1. Nadie dijo que los pensadores son cobardes. Desde Sócrates sabemos lo poco que estiman su cuerpo y su vida.
    De todas formas Platón, Aristóteles y Descartes, conforman la cultura Occidental y comenzamos a sufrir por cuenta de Locke, Hume y Hobbes, descontando a Marx que está muerto y enterrad

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